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Drácula (Dracula: A Love Tale, 2025)

Duración: 129 min. País: Francia. Dirección: Luc Besson Reparto: Caleb Landry Jones, Christoph Waltz, Zoë Bleu, Matilda de Angelis, Ewens Abid. Música: Danny Elfman. Fotografía: Colin Wandersman. Productoras: Luc Besson Production, Europa Corp. Distribuidora: Leonine Distribution.


Tras la poco afortunada reinterpretación de Frankenstein, comentada la semana anterior, la cartelera se atreve ahora con otro mito fundacional del género de terror: el conde Drácula. La eterna figura del vampiro regresa a la pantalla. Con la promesa, o el riesgo, de reavivar un legado que ha sido revisitado y deformado en tantas ocasiones. La pregunta inevitable consiste en saber si esta nueva propuesta logrará insuflar frescura a la leyenda, o, si permanecerá atrapada en la sombra de sus predecesores.

Partimos de la premisa, quizá ingenua pero inevitable, de que toda adaptación se debate entre dos polos: las buenas y las malas versiones. En ese terreno, donde la fidelidad al original se enfrenta a la necesidad de reinventar, el cine suele revelar tanto sus aciertos como sus tropiezos.

Comentaremos las más notables, comenzando con Nosferatu (1922), del director F.W. Murnau. La primera de las adaptaciones de la novela de Stoker, aunque no utilizaron el nombre de “Drácula” para eludir los derechos de la obra literaria. Posiblemente, es una de las mejores películas de la historia del cine de terror. Por supuesto, no puede faltar Nosferatu, el vampiro(1979), del director Werner Herzog. Reescribe la obra con Klaus Kinski en un papel perturbador. Es una adaptación más lírica y existencial, para enfatizar la melancolía del solitario no-muerto. Por último, la controvertida Drácula, de Bram Stoker (1992), de Francis Ford Coppola. Un reparto estelar con Gary Oldman, Winona Ryder y Anthony Hopkins. Versión exuberante, muy fiel a la novela y desarrollada en estructura epistolar. Aunque polémica, por su romanticismo excesivo, sigue siendo una de las más recordadas.

Y, así, llegamos a Luc Besson, un director que siempre convence a la crítica, hasta el punto de endiosarlo. Pero el público no es ya tan incondicional con él. A nuestro parecer, le vuelve a suceder lo mismo con su actual versión del legendario vampiro. Para comenzar, la elección de Caleb Landry Jones, consigue que este nuevo Drácula pierda magnetismo, desposeído de maldad, y, desde luego, no resulta terrorífico en absoluto. Se asemeja a un adolescente atolondrado, y bobamente enamorado de su amada. Pasando, además, por una puesta en escena con diseño televisivo, de serie B, o como contenido de redes sociales, pero alejado de lo que Besson fuera capaz de lograr. En muchos pasajes, solo es un calco de la versión de Coppola, aunque el director intenta hacer piruetas para aportar alguna novedad a la historia, que desvirtúan a la novela, y a todo cuanto permanece en nuestra memoria colectiva, tanto del personaje como de su historia.

Película innecesaria, ambientada en París, sin saber aprovechar siquiera las localizaciones que la ciudad brinda por sí misma. La inclusión de algunos guiños a la película de Polanski, El baile de los vampiros, tampoco resultan acertados, en un intento de añadir elementos cómicos, cuando ya nos han saturado de gore y de un inapropiado erotismo.

Besson pretende dotar al film de seriedad, mediante la angustia existencial del vampiro, pero lo transmuta en una figura de cómic infantil, sin que ni el propio director sepa a dónde quiere llegar o expresar en determinados momentos del metraje.

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