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Imagen que representa la ruptura del mito del progreso continuo y la búsqueda de nuevos equilibrios entre generaciones a través del diálogo y el entendimiento.

Es un hecho que entre las generaciones siempre han existido diferencias, pero recientemente se observa un incremento constante del número de artículos y debates sobre la tensión o choque intergeneracional, especialmente entre los llamados boomers y millennials. En general, se considera boomers en España a los nacidos entre 1958 y 1977, que crecieron con ciertas limitaciones, pero tuvieron después condiciones de estabilidad laboral y perspectivas de mejora económica, que les permitieron reunir algunos ahorros y convertirse en muchos casos en propietarios de la vivienda que habitaban.

A quienes nacieron posteriormente se les ha ido nombrando como generaciones X, Y, Z y alfa. De entre ellos, vamos a centrarnos especialmente en las características del grupo “Y”, a quienes se suele denominar millennials, ya que adquirieron la mayoría de edad en torno al inicio del milenio. En general, tuvieron una infancia y adolescencia rodeadas del bienestar conquistado por sus predecesores y llenas de posibilidades (acceso al mundo digital, viajes más asequibles, generalización de la educación superior, etcétera), pero han visto frustradas sus expectativas al intentar incorporarse al mundo laboral e independizarse para iniciar su propio proyecto vital (objetivo raramente conseguido hasta tener cumplida la treintena).

Aunque la sociedad capitalista propugnaba que, con esfuerzo y preparación, cada generación viviría mejor que la anterior, los millennials se sienten estafados y se perciben como la generación del esfuerzo sin recompensa porque a pesar de estar, con frecuencia, mucho mejor formados que sus padres, tienen graves problemas a la hora de encontrar un empleo estable y bien remunerado. Ese trabajo, que antaño era considerado un derecho, ha pasado, de alguna manera, a ser un privilegio.

Otra de las grandes preocupaciones de este colectivo es su dificultad para acceder a la vivienda. Las estadísticas indican que en los años 80 se necesitaban alrededor de tres años de salario para comprar un piso mediano, mientras que en la actualidad se precisan hasta catorce. Y la posibilidad de adquisición o incluso de alquiler continúa haciéndose más difícil cada día debido al aumento constante de los precios provocado tanto por la escasez de la oferta como por la ausencia de medidas públicas que atenúen la situación.

Además, considerando, por un lado, que si actualmente por cada 10 trabajadores hay 3 jubilados y se prevé que estos sean 6 en 2050, y, por otro, la escasa aportación que los millennials pueden hacer a la llamada hucha de las pensiones, debido a los bajos sueldos que perciben, ya tienen asumido que ellos no tendrán acceso a esa prestación en las mismas condiciones que sus progenitores.

Hay voces que indican que las diferencias entre estos dos grupos de población que nos ocupan están siendo falsamente amplificadas de manera intencionada, provocando en los jóvenes una sensación de frustración y desesperanza frente al futuro, que los lleva al individualismo, a la escasa valoración de lo público, al conformismo y a una lamentable desafección política. Es verdad que, dado el elevado número de pensionistas, la influencia de sus votos es muy alta y por ello algunos partidos vienen priorizando la revalorización de su prestación contributiva media frente al incremento del salario tanto mínimo como general.

Sin embargo, debe tenerse en cuenta que la actual precariedad laboral que sufren los millennials no es debida a la generalización de las pensiones ni a sus actualizaciones anuales, sino que es el resultado de las enormes crisis que les ha tocado vivir, como la del 2008 y la de la COVID-19. También cabe señalar que, aunque no sea una situación deseable, en muchos casos están siendo los mayores quienes favorecen un mejor nivel de vida en las familias.

Si queremos evitar que la desigualdad existente entre boomers y millennials continúe incrementándose en el futuro, es imprescindible impulsar el diálogo entre generaciones, favoreciendo espacios de encuentro que permitan a la juventud exponer sus inquietudes y aspiraciones. Para ello es preciso que los jóvenes intervengan más activamente en la vida pública y se estimule su mayor presencia y participación en los espacios de influencia y toma de decisiones. De esta manera se podrían desarrollar políticas adecuadas que, sin olvidar al resto de los ciudadanos, favorezcan también la vida presente y futura de los jóvenes.

Firmado: COLECTIVO PENSAMOS
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