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100 AÑOS

Octubre 1925

Este artículo tan avanzado para su época, que fue publicado en la portada del periódico, estaba firmado por una mujer de la que únicamente figura su nombre de pila y la inicial de su primer apellido: Julia P.

Imposible recoger en los reducidos límites de un artículo de periódico todas las causas que han influido e influyen sobre la mujer, para que no tenga, dentro de la intelectualidad científica o literaria, el lugar que podría ocupar.

Es cierto que hubo una época en la cual el hombre, olvidando su origen y el de su eterna compañera, consideraba a ésta como una sierva, y claro es que, dada su condición social, ningún fruto podría esperarse de su inteligencia.

Pero nivelada ya la condición social de la mujer, no había dificultad para que cultivase sus aficiones, desarrollase su inteligencia y dedicase sus esfuerzos al estudio de las ciencias. Sin embargo, la tradición, esa atávica tradición que impone al sexo débil ciertas restricciones en su modo de pensar, ha venido obligando a la mujer a no salir de la esfera limitadísima de un colegio sino para entrar en la no menos reducida de su casa, dedicándose exclusivamente al cuidado del hogar, y hoy que hasta el Estado se preocupa y facilita la educación de la mujer, dándola entrada en institutos, universidades y centros oficiales, son pocas que aprovechan tales enseñanzas, siguiendo una carrera o una profesión con la cual puedan obtener, además de su independencia, un nombre en el mundo de las letras.

¿Razones? Todos las conocemos. Apenas la niña abandona su uniforme de colegiala: cuando aún recuerda sus juegos infantiles; cuando todavía no han llegado a su alma otras impresiones que las que en su espíritu dejaron caer las buenas religiosas o la severa maestra, ya se preocupan sus amigas, y hasta sus propias madres, de inclinar el ánimo hacia el porvenir, y lo peor del caso es que ese porvenir, ese nuevo horizonte con el cual hacen soñar a la muchacha, se reduce a encontrar un príncipe encantado que la haga feliz. Y ya sabemos también las consecuencias de esta educación. Esa mujer, esa niña aún, solo tiene tiempo para consultar al espejo los detalles de un peinado, de un traje o de cualquier otro adorno femenino; de exhibirse por calles y paseos; de asistir al té de X, al baile de tal o cual Círculo; porque dominada ya por la ley de la tendencia siente el vértigo del marido –como el automovilista de la velocidad– y piensa constantemente en la llegada del anhelado esposo.

Confesemos, sin embargo, que no está el mal en las interesadas; esas inteligencias bien dirigidas, sin abandonar en su esencia la idea del matrimonio, podría aportar a la sociedad el fruto de su trabajo; y sin dejar de ser esposas amantes y madres cariñosas, ni olvidar tampoco por eso los deberes de su sexo, llegarían a brillar por su labor, dando el ejemplo de progresos y de cultura que de ellas puede esperar la sociedad.



Si todas dedicáramos las horas que malgastamos en cosas fútiles al estudio de aquello que más nos interesa, de aquello por lo que sentimos verdadera afición, se elevaría mucho nuestro nivel intelectual, y los hombres no nos tendrían en el concepto de inferioridad con que hoy nos consideran, estimándonos incapaces de escribir un libro, dirigir un negocio, realizar un análisis científico; en una palabra, de pensar y discurrir como esa otra mitad del género humano, que por su talento y laboriosidad y por nuestra inactividad y nuestra viciosa educación monopoliza el gobierno de todos los negocios del mundo.

Julia P.

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