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Un buitre sobrevuela la Peña Oroel, en una imagen facilitada por la autora del artículo.

Oroel no se vende

No debo de tener más de un año –a juzgar por la fecha escrita a mano en el reverso– pero por aquel entonces ya había tenido la suerte de conocer Oroel. Me atrevo a suponer que la fotografía que ahora sostengo entre mis manos es la postal de infancia de todo niño o niña jacetanos. No sé si el verbo y la palabra alcanzan para poder contar todo lo que he vivido allí, lo que significa para mí.

En sus pinares, aprendí a distinguir mis primeros boletus, “trompetillas” y robellones. Desde la cumbre, y con la ayuda de unos prismáticos, descubrí quiénes reinan en el cielo pirenaico; y mis ojos siguieron maravillados el suave y majestuoso vuelo de un quebrantahuesos, de un alimoche, o de una hambrienta bandada de buitres leonados. Con los hijos de los amigos de mis padres, formamos una nueva pandilla. La nuestra. Y los días de verano se contaban con interminables tardes de juego en los alrededores del Parador. Cuatro árboles debidamente elegidos nos hacían las veces de portería. El arbusto más alejado era el perfecto escondite para un “polis y cacos”. Con las ramas caídas que encontrábamos a nuestro paso, construíamos las más sofisticadas tiendas de campaña. Y nuestra imaginación convertía un simple palo en una lanza, en una flecha, en una inerme espada. Así crecimos. Asilvestrados.

Mis vivencias en Oroel han cambiado mucho desde aquellos años, pero mi unión con él permanece intacta, porque este monte sostiene y sostendrá siempre una parte de mi nostalgia. Con el paso del tiempo, en la inmensidad que ofrece su Cruz, he podido practicar el bello arte de la contemplación, de la duda, del silencio. Lo he visto llover. Lo he visto florecer. Lo he visto atardecer, contando los segundos que tarda el arrebol en difuminarse en un azul violáceo. Lo he visto dormir coronado por una infinita luna llena. He admirado la ambigüedad estacional de diciembre, con sus faldas todavía teñidas de una cálida paleta otoñal, y la cima amaneciendo cubierta por un fino manto de nieve. Oroel… es inefable.

Es cuna y es origen, pero es también el destino elegido por muchos para ser recordados al final del viaje. Es, desde hace unos años, el lugar al que acudo cada vez que necesito respirar la ausencia de un amigo. Y sentada ahí arriba, entre flores y otros ritos que honran vidas de quienes nunca he llegado a conocer, trato de descifrar la paradoja de que Oroel, como cualquier montaña, es de uno, es de todos y es de nadie. Es la voz de un pueblo hecho himno. «Unid progreso y tradición», canta uno de sus versos. Qué feo homenaje… Debe haber otra manera de dar vida a un espacio.

Y entonces vuelvo a las tardes de verano. Al árbol, al arbusto, al palo. Pienso en lo poco que se necesita. Porque la vida, a veces, es eso y nada más. Un árbol, un arbusto, un palo. No quiero renunciar a eso. No quiero que los que vienen por detrás de mí pierdan tal privilegio. No quiero ver cómo el altar sobre el que celebramos a nuestros seres queridos queda reducido a la especulación. No quiero tener que pagar por renunciar a ello.

 

Porque el árbol que hace bosque y viste al monte

-refugio de unos, recreo de tantos, orgullo de propios e incluso ajenos-

la raíz,

no se toca,

no se vende.

Firmado: LAURA AYORA MORANTE
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