125 AÑOS
Septiembre 1900

Frederic Nietzsche en una imagen de época.
El telégrafo ha comunicado hace pocos días al mundo literario la noticia del fallecimiento del célebre escritor Federico Nietzsche, ocurrido en el manicomio en que se hallaba recluido en Alemania, en vida oscura y fatigosa.
Parécenos –y nos congratularemos de ello– que la mayoría de nuestros lectores ignoran quién era y a qué debe su celebridad aquel escritor alemán. Hace diez años apenas eran conocidas sus obras fuera de los límites de su país, pero desde entonces acá se extendió su fama por Francia y por Italia, debido a traducciones de sus libros, y recientemente hablaron de ellos y de sus anárquicas doctrinas varios literatos, entre ellos Clarín y Sanz Escartín.
Nietzsche, sin embargo, no era un verdadero filósofo en la buena acepción de la palabra. De innegable talento, pero desequilibrado y extravagante, el inventor del superhombre se atrajo desde luego muchos prosélitos entre los snobs de todos los países y trastornó muchos cerebros causando verdaderos estragos entre la juventud intelectual que tiende a cultivar la paradoja dándola por filosofía. La primera víctima de la doctrina nietzscheana fue, como se ve, su propio creador; el resultado no podía ser otra, porque sus obras parecen catapultas sin más fin que demoler rompiendo con todas las tradiciones de la humanidad.
Ni Schopenhauer, ni Harman, ni todos los filósofos pesimistas con sus desconsoladoras y tétricas teorías; ni Voltaire, Bayran y Heine con sus sátiras más o menos ingeniosas, pero crueles; ni Bakounini y Proudhon, en fin, con sus anárquicas teorías, han hecho tanto daño a lo existente como el monomaniaco profesor de la Universidad de Basilea.
Nietzsche es el coloso que demuele por el mero placer de demoler, amontonando en artístico acervo de escombros las creencias más veneradas de la generación contemporánea, los principios tenidos como incontrovertibles en el mundo, los ideales más consoladores de la humanidad, los ídolos más queridos, las inclinaciones más santas.
Según aquel soñador, la moral, la religión, el derecho, la libertad, el deber, el amor, la compasión, el libre albedrío, el progreso, la democracia, Dios… todo es mentira, todo vanidades y tonterías, inventado por un mundo villano é infame. ¿Se quiere mayor síntoma de degeneración y locura? Pues abramos sus obras más famosas, tituladas Así habló Zoroastro, Más allá del bien y del mal, Genealogía de la moral, El crepúsculo de los ídolos, etc., y leeremos horrores. Para Nietzsche, Séneca, el filósofo, carece de virtud; Rousseau es un canalla o la vuelta a la naturaleza in puris naturalibus; Dante una hiena que versifica en las tumbas; Kant un perro como carácter inteligente; Victor Hugo, el faro del océano de la falta de sentido; Michelet, el entusiasmo en mangas de camisa; Carlyle, el pesimismo de mala digestión; Stuar-Mill, la ofensiva claridad; Zola, el gozo del mal olor… et sic de celeris. Dice también, que los enfermos son parásitos de la sociedad, a quienes debiera despreciarse en absoluto; que los médicos debían ser los intermediarios de ese desprecio, siendo su misión llevar cada día a sus enfermos una nueva dosis de disgusto (…)
