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En este artículo pretendemos reflexionar no sobre la inmigración en general, sino sobre un elemento que se le suele asociar: la identidad o, para precisar más, la conservación de “nuestra identidad”

La inmigración vista en una ilustración de Víctor Mendoza, en Pixabay.

Las consecuencias de la inmigración van a convertirse en uno de los principales debates en España (como ya lo es en el resto de Europa) y uno de los factores llamado a ser determinante en los resultados de futuras contiendas electorales. En este artículo pretendemos reflexionar no sobre la inmigración en general, sino sobre un elemento que se le suele asociar: la identidad o, para precisar más, la conservación de “nuestra identidad”.

A raíz de una moción aprobada el pasado 28 de julio en el Ayuntamiento de Jumilla (Murcia) con los votos de PP y Vox para vetar las “actividades religiosas, culturales o sociales” de ciertas comunidades en las instalaciones deportivas municipales, se avivó la discusión sobre si iniciativas de este tipo tratan de arrinconar a la religión islámica. Se da la circunstancia de que los musulmanes de Jumilla utilizan el polideportivo de la ciudad para algunos de sus rezos. Al hilo de la polémica surgieron inmediatamente voces que defendían la necesidad de preservar las raíces culturales españolas (la identidad), amenazadas, al parecer, por los que llegan de fuera.

Entendemos por identidad cultural, “un conjunto de valores, tradiciones, símbolos, creencias y modos de comportamiento que funcionan como elemento cohesionador dentro de un grupo social”. Ahora bien, todos esos elementos no son estáticos. Los valores o las creencias evolucionan a lo largo del tiempo. La identidad cultural de los españoles de hoy no es la misma que la de los primeros años del siglo pasado en aquella España “de charanga y pandereta” denunciada por Machado. Es lógico preguntarse, entonces, ¿quién fija nuestra identidad?, ¿los círculos políticos, la Iglesia, los medios de comunicación, las élites culturales, las redes sociales? Pensamos que la idiosincrasia de una sociedad concreta es o debería ser una construcción colectiva y no una imposición de determinados grupos dominantes.

Reducir la identidad española a la tradición católica, el idioma castellano, la fiesta de los toros, el orgullo de la Reconquista y la posterior Conquista de América y un temperamento valeroso alimentado por mitos como los de Viriato, Don Pelayo o Agustina de Aragón resulta a estas alturas trasnochado, por más que haya sectores que siguen aferrados a unas concepciones de rancio nacionalismo. Las generaciones que viven en la España moderna y democrática asocian más su identidad a los ideales europeos, de respeto a los derechos humanos, a la igualdad de hombres y mujeres y a los principios políticos consignados en la Constitución de 1978. Sin embargo, tal vez sería oportuno preguntarse si estos valores empiezan a estar en crisis vistos los vientos autoritarios que soplan en todos los continentes.

Pero volvamos a la relación identidad/inmigración. El fenómeno migratorio ha ido en aumento en España durante el siglo XXI. Según el censo anual de población de fecha 1 de enero del 2024, residen en España 6,5 millones de extranjeros, un 13,4% del total de 48,6 millones de personas. Al país han llegado principalmente inmigrantes sudamericanos, europeos, chinos, magrebíes y subsaharianos. Los niveles de integración, muy difíciles de medir, han sido dispares, según la procedencia, pero resulta llamativo que los musulmanes (magrebíes, pakistaníes, centroafricanos) sean los colectivos que más rechazo producen en las capas más intolerantes de la sociedad.

¿Se trata de un reflejo de la ancestral identidad cristiana de un reino que expulsó a los judíos (1492) y a los moriscos (1609-1613)? Dicho de otro modo, ¿explica la religión que nuestra identidad actual esté más alejada de la de un marroquí que de la correspondiente a un ucraniano o a un colombiano? ¿O se deberá más bien a diferencias en las costumbres (el trato a las mujeres, por ejemplo) o al nivel económico de quienes llegan?

Es cierto que existen problemas de integración y solo desde un buenismo estéril pueden negarse. Por fortuna, en España no se han producido fenómenos tan descorazonadores como los de las banlieues francesas o las zonas marginales de Londres, ejemplos de fracaso en la incorporación de los llegados de fuera y sus descendientes. Dado que la inmigración va a continuar en España, gobierne quien gobierne, sería bueno que no exacerbáramos las cuestiones identitarias y que, al contrario, buscáramos puntos de encuentro y de respeto en una realidad pluricultural.

Firmado: COLECTIVO PENSAMOS
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