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Nuestros abuelos y abuelas tenían la preciosa costumbre de sacar unas sillas de anea, en muchos casos, por cierto, también se llaman de enea, henea, nea, aina o inea, a la puerta de su casa y disfrutar del aire fresco de las noches veraniegas y poder charrar (vocablo aragonés) con los vecinos, intercambiando las vivencias del día, sueños e ilusiones. Constituye un ritual nocturno de gran importancia psicológica para el vecindario. Es como un símbolo de la comunidad del barrio y ha pasado a ser como una imagen colectiva de la memoria de la mayoría de los españoles, una estampa muy española hasta el punto de que algunos la consideran como el mejor invento social del siglo XX-XXI y reivindican que sea considerada como Patrimonio de la Humanidad. No sé, igual es mucho pedir, digo yo.

En cualquier caso, muchos de los españoles y principalmente los que venimos de la zona rural, tenemos grabada esta imagen de nuestros mayores, mientras nosotros pululábamos, correteando detrás de una pelota o jugando a polis y cacos u otros juegos.

Pero no corren buenos tiempos para conservar estas escenas costumbristas ya que, en algunas zonas de España, según leo, en algún mensaje, quieren multar esta actividad siempre que las sillas molesten a la circulación o hagan mucho ruido al hablar ya que se considera como algo incívico y las multas oscilan entre los 300 y 750 euros; igual alguno tiene que pedir algún adelanto para pagarla. Una vez más, arrinconamos a nuestros mayores privándoles de estos pequeños placeres que les quedan, además de constituir el último reducto de nuestros pueblos despoblados en su mayoría. Un poco de cordura, por favor, y busquemos encontrar un equilibrio entre la tradición y la normativa.

Firmado: MARIANO AGUAS JÁUREGUI
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