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Solaris trasciende el género para convertirse en una profunda meditación sobre la memoria, la culpa, el amor y, en última instancia, la condición humana.

Dentro de la programación del XXXIV Festival Internacional en el Camino de Santiago, que organiza la Diputación de Huesca, este miércoles comienza en el Cine de las Escuelas de Echo el ciclo Tarkovsky / Bach. La propuesta incluye tres películas esenciales del cineasta ruso: el 13 de agosto, Solyaris (Solaris, 1972); el 17 de agosto, Zerkalo (El espejo, 1974); y el 21 de agosto, Offret (Sacrificio, 1986). Las tres sesiones estarán presentadas por el crítico de cine Carlos Gurpegui, miembro de la Academia de Cine de España, Medallas CEC y Premios Feroz.

Como recordaba Paco Yáñez en Mundo Clásico, “existen, al menos, 1.500 películas en las que se utilizan obras de Johann Sebastian Bach; algo que se había convertido en uso y abuso, si bien lo que hace Tarkovski es totalmente diferente, lo que hermanaría su filmografía con la de directores que también han puesto a Bach en el fonograma o en el centro mismo de sus cintas, como Pere Portabella en Die Stille vor Bach (2007), o Danièle Huillet y Jean-Marie Straub en Chronik der Anna Magdalena Bach (1967)”.

El propio Tarkovsky reconocía su devoción: “No conozco música superior a la de este último compositor. Se le podrá considerar elitista o no, pero si hablamos de arte, no creo que haya habido talento como el de Bach. Para mí es imposible definirlo, porque mi alma recibe de su música un impulso inmediatamente perceptible. Mis amigos saben que con una grabación de Bach me hacen feliz, aunque, la verdad, cada vez lo tienen más difícil, porque tengo una muy buena colección de grabaciones de Bach”.

Solaris, primer acto

Un científico es enviado a la estación espacial de un remoto planeta cubierto de agua para investigar la misteriosa muerte de un médico. Adaptación del clásico de ciencia ficción del escritor polaco Stanislaw Lem, Solaris trasciende el género para convertirse en una profunda meditación sobre la memoria, la culpa, el amor y, en última instancia, la condición humana.

Cuando Tarkovsky rueda Solyaris, la ciencia ficción cinematográfica estaba dominada por una estética muy concreta, especialmente en Occidente. Solo cuatro años antes se había estrenado 2001: Una odisea del espacio, de Stanley Kubrick, que marcó un antes y un después en el género. La Unión Soviética buscaba también un cine que dialogara con las preguntas sobre el espacio y el futuro de la humanidad, pero con su propia sensibilidad.



La novela de Lem combinaba especulación científica con dilemas filosóficos, pero Tarkovsky no se interesa por las naves espaciales ni las tecnologías futuristas, sino por las emociones humanas en contextos extremos. Así, aunque la historia transcurre en una estación espacial, la verdadera exploración no se dirige a las estrellas, sino al interior de la mente y del corazón.

Tarkovsky trabaja con el tiempo y el ritmo cinematográficos de manera muy particular. No busca narraciones rápidas ni entretenimiento convencional, sino “esculpir en el tiempo”: planos largos, pausados, que invitan a la contemplación. Ver Solyaris es una experiencia hipnótica, donde la estación espacial se convierte en un territorio interior, cargado de silencio, ecos y preguntas.

Varias secuencias de la película Solaris, un clásico de la ciencia ficción que ahonda en la condición humana.
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