XXXIV Festival Internacional en el Camino de Santiago llega a Santa Cruz de la Serós

El concierto no fue una demostración de virtuosismo ni una exhibición técnica, sino un acto de profundo respeto a la música. FICS
La iglesia de Santa María de Santa Cruz de la Serós acogió la noche del martes 5 de agosto un concierto tan insólito como revelador: un programa íntegramente dedicado a Johann Sebastian Bach, interpretado por el armonicista Antonio Serrano y el clavecinista Daniel Oyarzabal, en el ámbito del XXXIV Festival Internacional en el Camino de Santiago (FICS), organizado por la Diputación de Huesca. La actuación supuso el estreno en Aragón de un repertorio que había debutado apenas unas semanas antes en la Fundación Juan March de Madrid, y que no solo confirmó la altura artística de sus intérpretes, sino que expandió los horizontes sonoros de la música antigua.
Serrano, uno de los grandes virtuosos contemporáneos de la armónica cromática, rompió con todos los prejuicios asociados a este instrumento, habitualmente relegado al jazz, el blues o el folclore. Su interpretación de la Partita para flauta sola en la menor, BWV 1013, sorprendió por su transparencia, por la naturalidad con la que tradujo las complejidades de la obra a un instrumento tan poco habitual en el repertorio barroco. Lejos de forzar un estilo o de buscar el lucimiento personal, ofreció una lectura honesta, rica en matices, despojada de afectación. “Cuando interpreto música clásica intento quitarme de en medio y darle todo el protagonismo al autor”, explicó el músico madrileño. Y fue, efectivamente, Bach quien habló, respiró y vibró en cada nota.
El concierto, que reunió a un público entregado y numeroso, no fue una demostración de virtuosismo ni una exhibición técnica, sino un acto de profundo respeto a la música. Acompañado por Daniel Oyarzabal al clave, quien asumió con sobriedad y elegancia la arquitectura sonora de las piezas, el diálogo entre ambos instrumentos —armónica y clave— se convirtió en una experiencia insólita: un cruce de caminos entre lo culto y lo popular, entre lo íntimo y lo universal, entre lo antiguo y lo nuevo.
El repertorio, cuidadosamente escogido, mantuvo una línea estética de sobriedad y emoción que evitó cualquier exceso. Fue también el resultado de un proceso largo y personal: como reconoció Serrano, la música de Bach lo ha acompañado siempre, aunque casi siempre en la intimidad del hogar. Fue Oyarzabal quien lo animó a compartir esa relación con el público. De ahí nació un disco conjunto y esta serie de conciertos que buscan, más allá de la rareza instrumental, mostrar que la música antigua no pertenece a los museos, sino a quienes la interpretan con convicción, y a quienes la escuchan con los oídos abiertos.
Ambos músicos han estado siempre próximos a las vanguardias, pero sin romper con la tradición. Esa doble raíz —curiosidad creativa y fidelidad a lo esencial— es la que les permite abordar a Bach con tanta libertad como respeto. Y es quizás esa actitud, más que el instrumento en sí, lo que convierte este programa en algo tan valioso: la capacidad de volver a lo conocido para escucharlo como si fuera la primera vez.
“Si después de 300 años esta música se sigue tocando, no creo que haya que preocuparse mucho por su futuro”, apuntó Serrano con sencillez que desarma. Y esa frase resume bien el espíritu de la noche: sin imposturas, sin etiquetas, sin nostalgia. Solo música viva.
El público de Santa Cruz de la Serós lo comprendió desde la primera nota y respondió con una ovación prolongada a un concierto que fue, sobre todo, una lección de humildad, belleza y revelación.

Serrano, uno de los grandes virtuosos contemporáneos de la armónica cromática, rompió con todos los prejuicios asociados a este instrumento, habitualmente relegado al jazz, el blues o el folclore. FICS
