Iris Azquinezer estrenó en Aragón su último disco con un recital introspectivo en el XXXIV Festival Internacional en el Camino de Santiago

La violonchelista y compositora Iris Azquinezer presentó Hierro y Verde, un programa tan introspectivo como espiritual que supuso el estreno en Aragón. FICS
La Colegiata de Bolea acogió el lunes 4 de agosto un concierto singular, de esos que más que escucharse se viven. En el cuarto directo del XXXIV Festival Internacional en el Camino de Santiago (FICS), la violonchelista y compositora Iris Azquinezer presentó Hierro y Verde, un programa tan introspectivo como espiritual que supuso el estreno en Aragón de su más reciente trabajo discográfico. El recital, más allá de su excelencia musical, fue una experiencia sensorial y vital, una suerte de meditación sonora sobre el tránsito del alma, el tiempo y la existencia humana.
Hierro y Verde culmina la trilogía que Azquinezer ha consagrado a las suites para violonchelo solo de Johann Sebastian Bach. Una trilogía expandida, donde la artista no solo interpreta las obras del compositor alemán, sino que compone piezas propias en sus mismas tonalidades, construyendo un puente entre épocas, emociones y colores. Tras Azul y Jade (2014) y Blanco y Oro (2019), este nuevo capítulo se adentra en la quinta y sexta suites como tránsito simbólico desde el inframundo hacia la trascendencia espiritual.
La velada comenzó con la quinta suite, de afinación escordatura y profundidad emocional oscura. En especial, la Sarabanda destacó por su intensidad casi mística, con un fraseo contenido y delicado. Azquinezer ofreció una interpretación sobria, cargada de emoción, sin buscar el virtuosismo por sí mismo, sino la verdad expresiva de cada nota. Acompañó cada pieza de breves palabras introductorias que ayudaron al público a conectar con la intención emocional del repertorio.
Entre las obras propias, una de las piezas más celebradas fue Entréme donde no supe, inspirada en el poema homónimo de San Juan de la Cruz. Azquinezer la interpretó ante el altar con una declamación íntima y apasionada, haciendo del violonchelo un instrumento de plegaria, ascensión interior y revelación. El uso expresivo del silencio y un tempo pausado contribuyeron a crear una atmósfera de recogimiento que mantuvo al público suspendido en una escucha atenta y agradecida.
El tránsito hacia la sexta suite, en re mayor, representó simbólicamente el renacimiento: la luz tras la oscuridad, el verde vibrante que da nombre al programa. El violonchelo se tornó entonces instrumento jubiloso, eco contemporáneo de las “trompetas celestiales” de Bach. El final fue una afirmación del gozo tras la catábasis, del arte como forma de redención.
A lo largo del concierto, Azquinezer desplegó un estilo interpretativo marcado por la sobriedad expresiva, la meditación de cada frase y una entrega emocional sin artificios. Su propuesta no solo contrasta con la velocidad y espectacularidad de buena parte de la escena musical contemporánea, sino que invita al recogimiento, a la escucha consciente y al viaje interior. En esa búsqueda, el violonchelo se convierte en vehículo de sentido, en voz del alma.
La presencia de Iris Azquinezer en el FICS, en una edición centrada en el legado de Bach, fue especialmente significativa. Su propuesta se erige como una de las aproximaciones más personales y fieles al genio de Eisenach: lo interpreta, lo revive, lo transforma y lo traslada a nuestro tiempo desde su sensibilidad creadora. La artista se encuentra en plena gira con sus tres programas bachianos y próxima a celebrar el décimo aniversario de su dúo Zaruk, en un momento de madurez creativa que se traduce en conciertos como el de Bolea: íntimos, verdaderos y hondamente transformadores.
Y es que, como la propia artista recuerda a menudo, “la belleza, cuando se dice de verdad, encuentra siempre oídos que la escuchen”. En esta ocasión, los encontró en una Colegiata repleta y emocionada.

