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Un pueblo sin bar es un pueblo cerrado. EL PIRINEO ARAGONÉS

Aquí estoy, cerrado a cal y canto y parece que nadie me quiere abrir. A lo largo de mi vida he sido testigo de tantas y tantas cosas: de tertulias, confidencias, amores, desamores, verdades, mentiras, canciones, jotas, partidas de cartas, algunas bastante controvertidas, siembras, recolecciones. Testigo del tránsito de muchas estaciones, calores, relámpagos, truenos, lluvias, nieves copiosas, de las de verdad y amenizado con la música ambiental de los trinos de los pájaros que se cuela por mis ventanas. Hemos tenido todos los servicios, pero yo, siempre me he considerado algo más que un establecimiento. Me he sentido el epicentro de la vida social y cultural del municipio y he dinamizado su vida.

Elemento clave para promocionar el patrimonio, el alma del pueblo. He evitado, a veces, la soledad no deseada y en ocasiones hasta la desintegración social. Me veo como el último reducto, el elemento aglutinador, digamos, la última trinchera de la España vaciada. Un pueblo sin bar es un pueblo cerrado y así veo ahora a mi pueblo, antaño, bullicioso, lleno de vida, niños correteando por las calles, vecinos en conversaciones animadas, contando sus confidencias, historias de su vida cotidiana y, sin embargo, ahora, cuando los que quedan, pasan a mi lado, veo la tristeza en sus miradas, la nostalgia de tiempos pasados y consiguen que se me escape alguna lágrima. Me gustaría contribuir a devolverles la alegría. Vamos, que alguno se anime a abrir mis puertas ya que puedo ser necesario para alcanzar un futuro mejor.

Firmado: MARIANO AGUAS JÁUREGUI

 

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