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75 AÑOS

Julio 1950

Gibraltar en una imagen de mediados del siglo XX.

Ante la protesta de las mujeres inglesas por el racionamiento de los cigarrillos, se encoge el ánimo de quienes, como yo, vivieron su infancia en el Campo de Gibraltar. Entonces Inglaterra fumaba…

Gibraltar era el paraíso del fumador. En sus tabaquerías Moisés, José o Mr. Iliosi, judío, indio o maltes, entusiastas súbditos del Rey Eduardo, vendían toda clase de labores, desde la “libra” cubana a la cajita de cien “dimitrinos” por cuatro pesetas. Las cerillas de papel y de madera se regalaban al comprador; y aquellas que se llamaban de “ojo de pájaro”, en unas cajas blancas enormes, costaban treinta céntimos. Había hasta una industria clandestina de empaquetado que compraba las cubiertas de las “libras” para rellenarlas con un tabaco que llamaban de “hoja de papa”, que ya quisiéramos ahora. Era un mundo peculiar, estrambótico y audaz.

Al llegar sobre las diez de la mañana los faluchos que regresaban de Gibraltar, las jaramperas pasaban a manos de matronas por entre una fila de carabineros. ¡Había que oírlas! Debajo de las faldas y entre refajos, llevaban el matute a unas tiendecillas misteriosas, donde, al parecer, no se vendía nada. De modo inconcreto, allí depositaban los paquetillos que salían a lomo de jaca brava por los caminos de la sierra hasta Ronda y Málaga.

En el mar, la faena era más dura. Los faluchos tendían la vela Estrecho adelante, dispuestos a no rendir el alijo aunque hubiera tiros con los “blanquillos”, empleados de la Arrendataria, llamados así por su uniforme.

Delante del muelle de Algeciras, que entonces avanzaba veinte metros en el mar, había una piedra que decían la Galera, descubierta en las mareas bajas y llena de lapas por encima y pulpos por debajo. Era una piedra llana, a la que los chicos más valientes iban nadando para pescar doncellas y bodiones, unos peces de bahía caliente, de bellos colores y carne fina, buena para la sartén. En esa piedra se quemaba el tabaco que se cogía a los contrabandistas. Llegaban las bucetas de la Compañía cargadas de cigarrillos rubios, que se amontonaban sobre la húmeda piedra y ardían con un humo aromático y azul. Para esto del tabaco había montado un servicio de espionaje y confidencia complicado y peligroso.



Inglaterra fumaba como un gran señorón.

En los escaparates de las tabaquerías, montones de rama esperaban a los fumadores de pipa; esa pipa, la cachimba, que gusta a los marinos del Norte y que muy rara vez fuman los mediterráneos, quienes aguantan sus levantes con el cigarrillo en los labios.

Para el observador superficial, parecía que Gibraltar sólo comerciaba con tabaco; pero allí se hacían otras muchas cosas buenas y malas por aquellos ya lejanos días, y el tabaco era lo externo. Entonces no fumaban las mujeres (…)

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