El atrio de la Catedral de Jaca estaba bañado por la luz dorada del atardecer cuando el Santo Grial cruzó, entre aplausos, el arco de su portada románica. Allí, bajo el crismón trinitario y las piedras que han visto pasar siglos de historia, finalizaba la visita de una de las reliquias más veneradas de la cristiandad, tras dos intensas jornadas vividas en San Juan de la Peña y la capital jacetana.