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La XXXII edición del Festival Pirineos Sur vive una noche de emociones intensas junto al pantano de Lanuza

Kiwanuka ha ofrecido un repaso generoso por sus dos obras mayores —Love & Hate (2016) y Kiwanuka (2019)—, acompañándose de una banda precisa y sensible. LORENZO CHÁRLEZ

La noche ha tenido acento británico, alma soul y corazón encendido. Michael Kiwanuka ha debutado en el anfiteatro natural de Pirineos Sur con un concierto que se recordará durante años: elegante, emotivo y perfectamente equilibrado entre la introspección y el estallido. Uno de esos recitales que no necesitan más adorno que la música bien hecha y el talento desplegado con verdad.

Kiwanuka ha ofrecido un repaso generoso por sus dos obras mayores —Love & Hate (2016) y Kiwanuka (2019)—, acompañándose de una banda precisa y sensible, capaz de llevar su voz aterciopelada desde el susurro hasta el grito contenido. El arranque, con Piano joint (This kind of love), ha sido una declaración de intenciones: delicadeza, emoción, atención a los matices. Y poco después, con One more night, el escenario y el cielo se han llenado de luces: las del festival y las de decenas de móviles que han querido fijar el momento.

Con You ain’t the problem y Rollin ha invocado los ecos del soul de los setenta, mientras que en Black man in a white world ha conjugado ritmo y mensaje con una modernidad desafiante. La primera incursión en su reciente álbum Small changes llegó con Floating parade, donde volvió a demostrar su capacidad para construir melodías tan bellas como intensas.

Pero los grandes momentos no terminaron ahí. En la parte más íntima del concierto, Kiwanuka se quedó solo con su guitarra y dos violines para interpretar Home again, seguido de Rebel soul y One only, con un tratamiento visual sutil que amplificó la emoción. Y como colofón, el público celebró por todo lo alto la llegada de Cold little heart y Love & Hate, dos himnos que recibieron una ovación unánime. El británico se despidió como había cantado: sin estridencias, con clase, dejando una estela de belleza.

Antes, el escenario lo había incendiado La Perra Blanco. La gaditana Alba Blanco y su potente banda ofrecieron un recital de puro rock and roll sin concesiones. Desde el primer acorde, con What is wrong with you, hasta el cierre con It’s fun but it’s wrong, su energía fue desbordante. Con guitarra en mano, actitud desafiante y un despliegue instrumental —batería, contrabajo, saxo y teclados— que multiplicó su impacto, la artista salió incluso a tocar entre el público. Su paso por Pirineos Sur ha sido un golpe de autoridad: hay presente, hay fuerza, hay futuro.



La gaditana Alba Blanco y su potente banda ofrecieron un recital de puro rock and roll sin concesiones. LORENZO CHÁRLEZ

El festival continúa este fin de semana con una programación de altura. Este sábado, Toquinho, leyenda viva de la bossa nova, regresa a Lanuza para celebrar seis décadas de carrera en compañía de Camila Faustino, en una velada-homenaje a los nombres fundamentales de su trayectoria. Compartirá noche con Natalia Lafourcade, que vuelve al escenario que ya conquistó en 2013. La mexicana, referente indiscutible de la música latina contemporánea, fusionará géneros y emociones en un concierto que incluirá la entrega del Premio Pirineos Sur a la Diversidad Cultural 2025, que comparte con Julieta Venegas.

Y el domingo, bajo el cielo estrellado del valle de Tena, Ara Malikian transformará su violín en una constelación sonora entre el rock, el jazz y la música clásica, mientras Maika Makovski desnudará sus canciones en formato acústico, presentando su nuevo disco Búnker Rococó, en plena madurez creativa tras veinte años de trayectoria.

Pirineos Sur sigue demostrando por qué es uno de los grandes festivales del verano: por su entorno, por su eclecticismo, y por noches como la que Michael Kiwanuka ha convertido en una experiencia inolvidable.

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