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«Los coches autónomos ya no son una promesa lejana. Mientras en Europa seguimos atrapados en debates regulatorios, en Estados Unidos circulan a diario, y en Asia se ensayan a gran escala como solución a problemas demográficos y logísticos. ¿Estamos preparados para dejar de conducir?»

Solo en San Francisco hay alrededor de 300 coches sin conductor circulando, y el volumen de viajes crece un 25 % cada mes.

Llevamos tiempo adentrándonos en el inicio de una nueva era. Una etapa en la que la tecnología no evoluciona a ritmo lineal, sino exponencial, y donde las transformaciones se suceden a una velocidad que cuesta asimilar. En artículos anteriores hemos visto cómo esta ola está cambiando nuestra forma de trabajar, de aprender o de relacionarnos, y aunque en Europa, sigamos metidos en una burbuja regulatoria, el mundo no se detiene.

Mientras Apple retrasa el lanzamiento de su IA en Europa por motivos regulatorios, en San Francisco cualquiera puede pedir desde el móvil un coche autónomo, sin conductor, ni volante.

El robotaxi de Google no solo funciona, está plenamente operativo. Hablamos de más de 250.000 trayectos semanales en las cuatro ciudades donde opera —San Francisco, Phoenix, Los Ángeles y Austin— con una flota que supera los 1.500 vehículos. Solo en San Francisco hay alrededor de 300 coches sin conductor circulando, y el volumen de viajes crece un 25 % cada mes. No es futuro, es presente. Y la pregunta es inevitable: ¿estamos preparados?

Si esta tecnología prospera —y todo apunta a que lo hará—, se avecina una transformación radical en la industria de la movilidad. Se acabaron los conductores de taxis o camiones. Pero también se rediseñarán las ciudades, se redefinirá la propiedad del coche, y se abrirá un debate incómodo: si una IA conduce mejor que una persona ¿dejaremos que los humanos sigan conduciendo?

Según Waymo, su sistema reduce los accidentes graves un 88 % respecto a conductores humanos, además de un 93 % menos de atropellos a peatones y un 81 % menos a ciclistas. Un estudio de la aseguradora Swiss Re confirma que las reclamaciones por daños de propiedad caen un 88 % y las de lesiones un 92 % en comparación con coches tradicionales.

Sin embargo, basta que uno de estos vehículos tenga un accidente para que acapare todos los focos. Da igual que los humanos provoquemos cientos de choques iguales cada día: lo que hace el robot nos parece más grave porque nos incomoda, ya que nos pone frente al espejo nuestros miedos.

Hay otro debate, no técnico, más bien ideológico. El coche privado actual garantiza anonimato y libertad de movimientos. Pero un coche autónomo, por definición, está conectado. Sabe dónde estás, a dónde vas, qué haces. ¿Estamos dispuestos a ceder ese nivel de control a una empresa o a un gobierno? ¿Queremos vivir en una sociedad donde cada trayecto, o cada conversación dentro del vehículo quede registrada?

La historia demuestra que las tecnologías no se frenan. Pueden regularse, sí, pero no detenerse. Si Tesla o Waymo consiguen llevarnos de un punto a otro de forma más segura y barata, lo usarán millones de personas. Incluso aunque aquí pongamos trabas, el mundo seguirá avanzando. Porque la tecnología no entiende de fronteras.

Y es aquí donde entra la exponencialidad. Las cosas parecen ir despacio, hasta que de pronto ya no hay vuelta atrás. Pasó con los móviles, con internet y pasará con la conducción autónoma.

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