La Ciudadela de Jaca acoge hasta el 8 de septiembre la cuarta entrega de la serie expositiva Miradas de Ismael García

Ismael García y Diego Fernández posando junto a la fotografía titulada La mirada ajena que da nombre a la exposición. EL PIRINEO ARAGONÉS
De la penumbra emergen los rostros. Uno a uno, surgen de la sombra como si despertaran, apenas acariciados por haces de luz que los aíslan del fondo oscuro. En la sala, todo es silencio. Solo flota una música tenue, envuelta en aroma de incienso.
Así comienza el recorrido por La mirada ajena, la nueva exposición de Ismael García en la Sala Burnao de la Ciudadela de Jaca. Hasta el 8 de septiembre, el visitante podrá adentrarse en un espacio suspendido en el tiempo, poblado por retratos que no solo interpelan: escuchan. Lo que se ve son imágenes, pero lo que se oye —y se lee— son voces ajenas, textos escritos por personas invitadas a participar en el proyecto y que, sin conocer al retratado, imaginaron su historia.
Con La mirada ajena, el fotógrafo zaragozano retoma el hilo de una idea expositiva que parecía cerrada con La última mirada en 2024. Pero el viaje, como él mismo admite, nunca termina del todo. “Cuando acabas una exposición, quieres pasar página y olvidarte… pero a las pocas semanas ya estás mirando billetes”, confiesa entre risas. “Lo llaman gusanillo, pero es más bien una necesidad vital”.
Esta nueva muestra, la cuarta de la serie iniciada en 2022 con Miradas ignoradas y continuada al año siguiente con Más allá de la mirada, supone un giro en la forma de contar. Por primera vez, Ismael cede la palabra. Cuarenta y una de las 45 fotografías están acompañadas por textos escritos por otras personas: artistas, escritores, periodistas, personal del Castillo de San Pedro y amigos. Otras tres llevan la firma del propio autor: una es la imagen que abre la exposición (La mirada ajena), otra la cierra (Caronte), una tercera retrata a Javier —su compañero de viaje en esta última escapada a Benarés y Nepal—; la cuarta está firmada por el comisario de la muestra, Diego Fernández.
La propuesta, que bien podría parecer un ejercicio de renuncia, se convierte en cambio en un gesto de generosidad. “No quiero que lo que escriba la gente me guste —dice Ismael—. Lo que quiero es que me den esa parte de ellos. Me parece una generosidad brutal”. La exposición es, así, un espacio de múltiples resonancias: la del fotógrafo, la de los retratados y la de quienes, al contemplarlos, han imaginado sus vidas. “Los textos no buscan explicar ni descifrar, sino coexistir”, escribe Fernández en el catálogo. Y eso es justamente lo que ocurre: los relatos se entrelazan con los rostros, las voces con las imágenes, como en un coro de sensibilidades diversas que se reafirman en su diferencia.
La decisión de invitar a otros a escribir surgió de una reflexión íntima. “¿Por qué tengo que ser yo el que cuente la historia de esta gente?”, se preguntó el fotógrafo. Inspirado por una iniciativa anterior de su hermano —quien pidió a sus amigos que escribieran sobre sus obras—, Ismael imaginó la posibilidad de abrir su universo a otras voces: “Yo estoy siempre recreando vidas… ¿por qué no dejar que sean otros los que las inventen, los que insuflen ese soplo divino?”, reflexiona.
La propuesta entusiasmó a Diego Fernández desde el principio. “Nos llevó dos minutos decidir a quién llamar”, recuerda el comisario. Y añade: “Sabíamos lo que buscábamos. Personas con sensibilidad, con sentimientos, con la capacidad de conectar. Y teníamos claro que responderían”. El resultado no les defraudó. “Solo una persona, por cuestiones de idioma, no pudo participar. Todos los demás dijeron que sí”.
Para Ismael, el proceso ha sido profundamente transformador. “Me han emocionado muchos de los textos. Alguno me ha hecho llorar, literalmente. No porque me identifique con lo que dicen, sino porque sé que han escrito desde dentro”. Hay algo casi ritual en ese acto de imaginar la vida del otro, de habitar su silencio. “Quería que cada autor fluyera, que contara una historia, un poema, una emoción. Lo que sintiera al enfrentarse a esa imagen”.
Las instantáneas que componen la exposición son, en su mayoría, fruto del último viaje de Ismael García a Nepal. “Estuve cinco días en Benarés haciendo unas fotos y me puse enfermo —cuenta—, y el resto del tiempo en Nepal”. Katmandú, Patán, Bhaktapur, Pokhara, Marpha… son algunas de las localizaciones, aunque el autor evita concretar demasiado. “No me gusta dar muchas pistas, porque quiero que el espectador recree la vida del retratado, su entorno”, señala. Lo esencial, insiste, es preservar esa bruma que permite imaginar.
El viaje trajo también un cambio de enfoque técnico y emocional. “Antes disparaba desde lejos para sorprender. Esta vez me acerqué mucho más. Y, aun así, muchos no se daban cuenta de que les estaba fotografiando hasta que escuchaban el clic”. Esa cercanía no fue intrusiva, sino intuitiva. “No pedía permiso. Pero luego, si sentía buena energía, les enseñaba la imagen. Muchos se reían, me invitaban a sentarme con ellos. Aunque no habláramos el mismo idioma, nos entendíamos”.
“Yo siempre decía que cada exposición era la última”, confiesa, “pero la fotografía me sigue dando vida”. Y en esta ocasión, además, ha notado algo distinto en el resultado: “Hay un cambio en la luz, en los matices de color. Quizá solo lo note yo, pero creo que esta vez los retratos respiran distinto”, apunta.
Esa respiración distinta también se nota en la puesta en escena. La Sala Burnao ha sido transformada, una vez más, para potenciar lo que ocurre entre la imagen y el espectador. “Hay que crear un entorno. No es lo mismo ver estas fotos colgadas en cualquier sitio”, señala Diego Fernández. Por eso, la sala permanece en penumbra. Solo las imágenes están iluminadas, cada una con un foco individual. “La luz no parece salir de los focos —añade—. Parece salir de la propia fotografía”.
A esa experiencia visual se suma la dimensión sonora. Una banda musical de fondo acompaña la lectura y la escucha de los textos, locutados por el propio Ismael. El público puede escanear un código QR junto a cada imagen y acceder a todos los contenidos en línea: la fotografía, el texto y el audio. La web www.ismaelgarciaphotography.es reunirá pronto también las tres exposiciones anteriores —Miradas ignoradas, Más allá de la mirada y La última mirada—, consolidando así un archivo abierto y accesible desde cualquier lugar.
Ismael García no cuelga sus fotos y se va de la Sala Burnao. Está allí, casi todos los días, explica. “No entiendo cómo se puede colgar algo y dejarlo ahí. Me gusta ver lo que siente la gente, lo que comentan, lo que les emociona”. Una anécdota lo resume: tras mantener una entretenida y profunda conversación con un grupo de niños durante una hora y media, estos volvieron al poco rato para regalarle un sobre de incienso, como el que él enciende cada día en la sala. “Queremos tener este detalle contigo”, le dijeron. “Se me pone la piel de gallina”, recuerda aún emocionado.
La mirada ajena no es solo una exposición. Es un acto de cesión, como dice Diego Fernández, pero también un acto de fe: en la imagen, en el otro, en lo que no se controla. Una apuesta por abrir los márgenes del relato fotográfico y por explorar nuevas formas de diálogo. “Aquí no hay respuestas. Solo miradas. Y en ese juego de reflejos cruzados, quizás descubramos que lo ajeno no estaba tan lejos”.
Y mientras tanto, Ismael ya piensa, quizás, en el próximo billete.




