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«Pensamos que, sin caer en posiciones elitistas o excluyentes, se deben preservar las normas del idioma escrito y es necesario inculcar a los estudiantes que no se trata de un capricho, ni de una tortura»

Ortografía. GERD ALTMANN/PIXABAY

Los recientes cambios en los criterios de calificación de las pruebas de acceso a la universidad (PAU) han reabierto el sempiterno debate sobre la ortografía. ¿Debe ser penalizado un alumno que, acabado el bachillerato, aspira a la educación superior cuando tiene faltas de este tipo? ¿Y si se dedica a carreras técnicas y no a humanidades? ¿Cuál es el papel de la ortografía en el mundo de las redes sociales, en las que con frecuencia se escribe con abreviaturas, sin signos de puntuación ni normas de sintaxis? ¿Es este conocimiento una barrera para seleccionar a los aspirantes a ocupar puestos en la Administración o en la empresa privada? ¿Es un capricho académico a la vista de la constante evolución del habla del castellano? ¿Se otorga un peso excesivo a estas reglas en la sociedad de la inteligencia artificial (que elabora textos impecables sin mayor esfuerzo personal) y en un mundo en el que idiomas como el nuestro se hablan con distintos acentos y modismos? El asunto se presta a múltiples enfoques.

Un reproche tradicional a la ortografía procede de que, con la consolidación del Estado, las burocracias estaban reservadas a una minoría que conocía los cánones del idioma escrito. Si en la Edad Media solo sabían escribir los monjes y parte de la aristocracia, en los tiempos postmedievales los gobernantes pasaron a necesitar un creciente número de oficiales capaces de fabricar textos que fueran inteligibles para una amplia variedad de comunidades gobernadas. El conocimiento de las directrices ortográficas era un filtro para acceder a puestos de poder. Pero esa crítica ha quedado obsoleta en un entorno como el nuestro en el que la enseñanza primaria es universal y todos los estudiantes tienen acceso ilimitado al estudio de las pautas de la correcta escritura. La ortografía no debería ser una cuestión de elitismo, sino de educación de calidad para todos. Su enseñanza tendría que abordarse de manera transversal. En nuestra opinión, un universitario de cualquier especialidad debería saber expresarse adecuadamente, porque escribir bien equivale o, al menos, ayuda a pensar bien. Penalizar, por tanto, los errores ortográficos durante el periodo formativo, tiene pleno sentido.

El debate sobre esta controvertida cuestión no está solo circunscrito a la vida escolar. Grandes escritores, como Juan Ramón Jiménez o Gabriel García Márquez, han abogado por una simplificación de las normas del lenguaje escrito. En castellano, por ejemplo, la distinción entre la b y la v o entre la g y la j implica una complejidad para la escritura, al no haber distinción en su pronunciación. Sin embargo, para otros autores, la ortografía es una riqueza que debe ser preservada. Es también una garantía de que podamos entender correctamente textos redactados en nuestro idioma en California, México, Guinea Ecuatorial o las islas Malvinas, con una idéntica sintaxis y con unos cánones de acentuación comunes. Simplificar es deseable, pero no siempre es fácil. Pensemos, por ejemplo, en el encendido debate que sobrevino a la supresión académica de la tilde en determinados usos del vocablo solo (antes sólo).

Ahora bien, ¿cuánto debe rebajar la nota un fallo de este tipo en un examen de la antes llamada selectividad? Se trata de un asunto discutible. En nuestra opinión, el valor dado a la ortografía debería ser progresivo. En primero de Primaria se puede tolerar un determinado número de faltas (5, por ejemplo); en primero de la ESO, ese número debería reducirse a 3, en Bachillerato y la PAU a 1. Igualmente, sería razonable otorgar puntos positivos por la riqueza gramatical y la claridad en la expresión escrita.

En el planeta de la mensajería instantánea (los whatsApps, ¿o guasaps? ¿o wasaps?) se ha concedido de facto un amplio margen a las incorrecciones en la escritura, como si se tratara de una selva lingüística sin normas. A nadie le sorprende recibir mensajes en el móvil expresados con una puntuación y una ortografía impensables en una carta de petición de empleo, en un documento de la Administración o en un examen oficial. De hecho, son dos planos paralelos, pero tan entremezclados, que uno puede contaminar al otro.

Pensamos que, sin caer en posiciones elitistas o excluyentes, se deben preservar las normas del idioma escrito y es necesario inculcar a los estudiantes que no se trata de un capricho, ni de una tortura. Es más bien una medida de convivencia que nos permite comunicarnos sin esfuerzo con cientos de millones de personas que utilizan nuestra misma lengua. Porque, como señaló el escritor Jordi Amat, las faltas de ortografía equivalen para quien las comete a llevar las uñas sucias.

Firmado: COLECTIVO PENSAMOS
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