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Casi dos siglos de carreras, risas y canciones que han marcado a varias generaciones de jacetanos

Pedro Juanín, junto al cabezudo de Groucho Marx. EL PIRINEO ARAGONÉS

Cada verano, con el retumbar de la música de comparsa y el aroma de las fiestas en el aire, una legión de pequeños corre entre risas, sustos y cancioncillas inocentes por las calles de Jaca. Huyen, claro, de unos personajes que no saben estarse quietos: los cabezudos. Pero lo hacen con una mezcla de temor y adoración que se hereda, como las fotos antiguas, como los refranes. Lo saben bien quienes, de niños, se asustaban con la Abueleta o con Popeye, y hoy se emocionan al ver a sus nietos tropezar por el casco histórico con idéntica alegría.

“Los cabezudos nos han gustado a todos los críos. Nos han hecho correr, pero también soñar”, asegura Pedro Juanín, presidente de la Asociación Cultural Jacetana y alma mater de la exposición Cabezudos de nuestra infancia, que pudo verse del 10 al 20 de junio en el Palacio de Congresos. Él no solo los ha visto desfilar desde pequeño, sino que ha sido portador, coleccionista, cronista y, sobre todo, guardián de esa memoria festiva.

En la muestra, organizada junto al Ayuntamiento, se expusieron más de cien fotografías, desde 1889 hasta 2015, además de libros, documentos y siete cabezudos restaurados. Fue también el espacio para rendir homenaje al artista Pedro Larraz, autor del cabezudo del Payaso Marcelino, y a José Luis Sola, responsable de recuperar con mimo y paciencia piezas entrañables como La Negrita, La Abuela, Popeye o El Niño Llorón. “Algunos tienen ya más de 80 años. Son parte de la historia de Jaca y deberían estar algún día en un Museo de la Ciudad. Nos falta eso en Jaca”, reivindica Juanín.

Pedro Larraz fue reconocido por su labor para crear el cabezudo del Payaso Marcelino (imagen superior). José Luis Sola durante los trabajos de restauracion de Popeye. LAURA ZAMBORAÍN y PEDRO JUANÍN.

Su voz, cargada de entusiasmo y anécdotas, recorre varias generaciones de gigantes y cabezudos en nuestro país, y también en Jaca. Desde aquel primer desfile documentado en 1823, con los gremios locales danzando por la libertad de Fernando VII, hasta la pomposa recepción de los príncipes de Baviera en 1912, o las simbólicas bodas y bautizos entre cabezudos de los años 50. “La Negrita se casó con Oliver Hardy en 1951, y un año después nació el Niño Llorón. ¡Con su propio cochecito regalado por el Ayuntamiento!”, recuerda.

Pero más allá de la historia oficial, lo que Pedro Juanín persigue es conservar el espíritu que une a cada niño con “esos seres de cartón piedra, deformes pero simpáticos”. Porque ahí radica el milagro: en que sigan vivos en la imaginación colectiva. “Hasta los insultos rimados tenían un toque poético”, señala, mientras enumera algunas de las coplas que se han cantado a los cabezudos: “Balún es negra como el betún”, “Popeye, sí; Popeyé, no. Popeye es un tonto de marca mayor”, “Por cabezón, se ha pegado un tozolón”. Versos que se van perdiendo, y por eso está preparando un cuadernillo con todas las canciones, nuevas y antiguas, para repartir entre los más pequeños. El Payaso Marcelino —símbolo ya de la ciudad— será quien los entregue en las fiestas de este año.

La relación entre los niños y los cabezudos tiene algo de rito iniciático. Lo explica el propio Juanín en el prólogo de su libro Historia de los Gigantes y Cabezudos en Jaca. “Cuando salen los cabezudos hay que correr para que no nos den con el palo, este curioso hecho se ha trasmitido de generación en generación, y se continuará mientras exista un solo niño”, explica.

Y aunque el tiempo ha pasado, y algunos moldes modernos no tienen el encanto de los viejos cabezones hechos a mano, la comparsa sigue saliendo cinco veces durante las fiestas de santa Orosia y san Pedro, del 23 al 29 de junio. En cada desfile, además del golpe del látigo contra el suelo y las carreras de los chiquillos, hay una emoción antigua que se renueva. Ni el cine, ni las pantallas, ni las redes han podido con ellos.

“Hubo una época en que se querían quemar todos los viejos cabezudos. En 1983, el Ayuntamiento lo autorizó. Pero conseguimos evitarlo y conservar algunos”, rememora Pedro Juanín. De hecho, en la sede de la asociación, en la calle San Nicolás, se conservan todavía Popeye, Don Hilarión, La Abuela…  “Son recuerdos vivos. Son familia”, sentencia.

Su pasión, compartida por nombres como José Luis Sola, Pedro Larraz o Lorenzo Echeto, ha evitado que esta historia se diluyera. Ahora, nuevas ideas como incorporar figuras representativas de la cultura jaquesa —el Danzante, la Alegría de la Huerta, personajes del folclore local— o incluso reeditar el cabezudo de Groucho Marx que encargó su asociación en los años 80, tratan de dar continuidad a una tradición que no envejece. Porque, como dice Juanín, “esto algún día se acabará, pero mientras haya un niño, habrá cabezudos”.

Y mientras los mayores miran con nostalgia, y los niños gritan entre risas, Jaca entera celebra el milagro: que aún nos queden juegos que no necesitan batería, memoria que no cabe en un pendrive y fantasías que huelen a cartón, a fiesta y a infancia.

Los seis cabezudos restaurados por José Luis Sola, más el Payaso Marcelino y Groucho Marx, e la exposición del Palacio de Congresos. EL PIRINEO ARAGONÉS
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