Exposición de Antonia S. Trullén en La Tahonilla de Jaca

Hombre pensativo con el rostro apoyado en la mano. ANTONIA S. TRULLÉN
Hay dibujos que no buscan describir, sino evocar. Trazos que se acercan al cuerpo con respeto, como quien acaricia un pensamiento. Así son los trabajos de Antonia S. Trullén, que expone en La Tahonilla —en el pasaje comercial de la calle Mayor de Jaca (números 42-44)— una selección de once “obritas” recientes, realizadas a lápiz y carboncillo.
Trullén dibuja desde siempre, por necesidad, como quien escribe un diario sin palabras. En esta muestra nos presenta escenas detenidas en el tiempo, pero llenas de vida: gestos en tránsito, presencias que apenas acaban de llegar o que están a punto de irse. Un abrazo en medio de un baile, una figura femenina reclinada en un sofá, una mirada sostenida en el umbral del pensamiento. Son imágenes nacidas de otras imágenes —algunas de personajes conocidos, otras no— que le “transmiten”, como ella dice, y que reformula con una sensibilidad atenta a lo íntimo, lo humano y lo expresivo.
Destacan los retratos trazados en lápiz rojo, que remiten a las pinturas funerarias del Fayum: rostros frontales, de mirada directa, suspendidos en un espacio sin tiempo. Son estudios de la presencia, como si en el silencio del trazo quedara algo del aliento original.
Y entre todos, un dibujo que llama la atención: el de un hombre pensativo, con el rostro apoyado en la mano, como absorbido por una corriente interior. El gesto es mínimo, pero la expresión es inmensa; parece que en ese instante se agitara dentro de él todo lo que no se dice. El carboncillo aquí no solo dibuja: dramatiza, respira, se detiene en la emoción.
En conjunto, la obra de Trullén es un elogio de lo sencillo y lo esencial. No busca exhibir virtuosismo, sino conexión. Sus dibujos no gritan, susurran. Y en ese susurro, cada espectador encuentra algo que reconoce como propio.




