«¿No estaremos ante un nuevo caso Sigena o ante un expolio anunciado?»

Claustro del Monasterio de las Benedictinas, en una imagen proporcionada por el colectivo Pensamos.
Hace ya varias semanas muchos ciudadanos de Jaca nos vimos inesperada y desagradablemente sorprendidos por la noticia de que las Madres Benedictinas, nuestras Benitas, iban a marcharse de esta ciudad a la que llegaron en 1555, y de este territorio, en el que vivieron desde mucho antes, durante cerca de un milenio. El hecho de que una institución tan antigua deje de tener presencia entre nosotros debería llevarnos a reflexionar sobre cuáles han sido 1) su historia, 2) su función reciente y 3) su final entre nosotros.
Desde su fundación en Santa Cruz de la Serós la Comunidad de las Madres Benedictinas constituyó, junto con la de los monjes de San Juan de la Peña, uno de los mayores focos de influencia política, cultural y económica para el desarrollo del Reino de Aragón. También debe destacarse la incuestionable labor de promoción y conservación del patrimonio realizada por ambos Monasterios, lo que ha posibilitado mantener un tesoro cultural de relevancia internacional.
Las Benitas eran la institución viva más antigua de Aragón. El solar del Monasterio fue la primera residencia de sus Reyes y en su cripta prestaban juramento los cargos del concejo jaqués. El conjunto monástico ha sido estudiado por numerosos investigadores nacionales e internacionales, expertos en diversas disciplinas, quienes siempre destacan el valor excepcional del inmenso patrimonio cultural (biblioteca, archivo, antifonario del s. XII, sarcófago de Doña Sancha, etc.), histórico y arquitectónico que encierra.
En lo que se refiere a su función, un aspecto no menor a considerar es la importancia de esta Comunidad en la vida jacetana reciente como centro educativo. El establecimiento de la guardería para los menores de 3 años, conjuntamente con las aulas de infantil y primaria, con clases impartidas por las mismas monjas benedictinas y profesorado laico, incluyendo el servicio de comedor, fueron una respuesta a las inquietudes de muchas familias para educar a sus hijos. Pero, junto a esa labor pedagógica directa desarrollada durante varias décadas, cabe resaltar la creación y mantenimiento, durante años, de un internado femenino que brindó a muchas chicas de nuestras comarcas la posibilidad de estudiar. Numerosas personas reconocen que, gracias a la existencia de esa residencia, muchas niñas sin excesivos recursos pudieron salir de sus pueblos y cursar el bachillerato para después acceder a estudios superiores. Tampoco conviene olvidar que, como resultado de las relaciones establecidas a lo largo de toda esa tarea, se generaron importantes lazos de gratitud y afecto, sentimientos que para muchos alumnos y padres siguen siendo vínculos emocionales que perduran en el tiempo.
Además, un Monasterio como el que nos ocupa es sin duda una fuente de espiritualidad benedictina, y el de Jaca, fiel a su lema de “ora et labora”, congregó a lo largo de los años a unas mujeres trabajadoras, intelectualmente brillantes en muchos casos, que contribuyeron a enriquecer y mantener un legado cultural e histórico que siempre ha engrandecido a nuestra ciudad.
Sin embargo, en fechas recientes las monjas Benitas tomaron la decisión de trasladar su comunidad al convento de la misma congregación en Alba de Tormes. La edad avanzada de casi todas ellas y su precario estado de salud, unido a la falta de nuevas vocaciones y a la necesidad de un número mínimo de miembros para ser consideradas comunidad, las llevó a elegir la alternativa del traslado. Sabemos que hace unos meses hubo otras opciones encima de la mesa, como la integración en el monasterio de Jaca de otras comunidades con similares limitaciones, pero desconocemos la razón por la cual esa posibilidad no llegó a buen puerto, a pesar de que estuvo prácticamente materializada.
Todo ello nos lleva a plantearnos diferentes cuestiones: ¿Qué supone este cierre? ¿Por qué se ha efectuado de manera tan oculta, sorpresiva e inesperada? ¿A qué se debió el fracaso del proyectado traslado a Jaca de las dos comunidades navarras? ¿Dónde recalará todo el legado atesorado y hasta ahora custodiado por las Madres Benedictinas? ¿No estaremos ante un nuevo caso Sigena o ante un expolio anunciado? ¿Qué medidas se están tomando en este momento para proteger esa herencia? ¿Qué interlocución existe entre las instituciones aragonesas (Ayuntamiento de Jaca, Diócesis de Jaca, DGA…) y la Presidencia de la Congregación? ¿Qué podemos hacer para reclamar, conservar, y poner a disposición de la ciudadanía tan valioso patrimonio? Desde luego no querríamos de ninguna manera que, una vez recuperado para Jaca, acabara siendo un inmueble sin uso y en deterioro progresivo como el Seminario, perteneciente a la Iglesia, o el edificio Casa Irigoyen de propiedad municipal desde hace más de 20 años.
Tras la marcha de la querida comunidad benedictina, no solo nuestra ciudad y nuestra Comunidad Autónoma, sino también nosotros, como ciudadanos de Jaca y Aragón, debemos sentirnos interpelados y colaborar activamente para encontrar entre todos una solución.