«Hoy vivimos en una sociedad con personas de todo tipo y es preciso aprender a convivir con quien piensa y siente de modo diferente al nuestro»

El respeto a los símbolos es imprescindible y debe conjugarse con la libertad de expresión.
Los seres humanos somos una especie animal dotada con capacidad de crear y usar en sociedad símbolos tales como paloma, cruz, bandera, corazón, balanza, himno… Estas imágenes se han utilizado durante siglos para comunicar ideas, creencias y emociones, pero a menudo conllevan importantes variantes culturales y pueden tener múltiples interpretaciones según el grupo en el que se utilizan.
Esta facultad supone grandes beneficios porque nos permite representar realidades complejas (la nación, el islam, el antimilitarismo, el Barça…) y conceptos intangibles (la justicia, la paz, el amor…) de manera sencilla, lo que facilita la transmisión de los valores implicados.
Además, la pertenencia a una nación, a una religión o a un club deportivo es muy importante a nivel individual porque el reconocimiento del propio grupo es un factor definitivo en el desarrollo de nuestra personalidad, y porque las convicciones y los afectos vinculados a las imágenes representativas de ese colectivo pueden orientar nuestra vida y hacerla más habitable.
Asimismo, esos distintivos (también las esculturas, pinturas o tatuajes, marcas de ropa o lugares de encuentro), junto con los rituales que suelen acompañarlos (comidas, ceremonias, reuniones…), tienen un papel decisivo en la cohesión de una sociedad y eso es algo que en nuestro mundo necesita ser tenido muy en cuenta.
Sin embargo, los símbolos no solo nos aportan beneficios. Nos plantean, igualmente, problemas porque representan junto a ideas objetivas, suposiciones y sentimientos subjetivos y porque les asignamos diferentes significados y los usamos, consecuentemente, para referirnos a realidades distintas. Es comprensible, por tanto, que se generen conflictos.
Todos los pueblos tienen momentos para gritar sus «vivas» (¡Viva España! ¡Viva el Barça! ¡Viva la muerte!), besar sus banderas o sus imágenes y cantar sus himnos, pero… ¿qué entendemos por “España” o qué valoramos en el Barça? ¿Qué sienten unos y otros cuando cantan un himno, besan una imagen o crean con sus cuerpos el emblema de la paz?
Parece claro que no siempre es lo mismo, que no todo el que lleva una cruz entiende que ello implica una opción por la equidad, que tampoco quienes lucen el escudo de un equipo de fútbol están siempre de acuerdo con la gestión de su directiva, y que no todos los que aman la bandera de su país están dispuestos a coger las armas para defender lo que pretende su gobierno.
Además, convertimos frecuentemente esas imágenes en instrumentos cuasi sagrados con los que presionar a los demás para que acepten nuestra ideología (con sus correspondientes conceptos, creencias o emociones) y a quienes no lo hacen los criticamos por no “sentir” correctamente y los tachamos de débiles o de traidores.
Esa coacción conduce con frecuencia a convertir nuestra vida en una locura, ya que la adhesión a una bandera o a un escudo puede implicar el rechazo radical de otros. A lo largo de la historia, y también actualmente, podemos encontrar variados ejemplos de cómo la vinculación al símbolo del propio grupo nos lleva en ocasiones a odiar a quienes, aunque formen parte de la misma sociedad, no comparten esa devoción.
Hoy vivimos en una sociedad con personas de todo tipo y es preciso aprender a convivir con quien piensa y siente de modo diferente al nuestro. El respeto a los símbolos que representan mucho para otros, aunque no sean significativos para nosotros, es imprescindible y debe conjugarse con la libertad de expresión. Cada uno pertenece a distintos colectivos con los que nos identificamos y esto, como hemos mostrado más arriba, puede ser muy valioso, pero solo en la medida en que cada persona o cada grupo sea capaz de entenderse con los demás.
De esa pertenencia no se debe derivar ningún tipo de consecuencia social o jurídica relevante. Muy al contrario, las reglas de convivencia debieran ser resultado de las leyes aprobadas democráticamente y no de los sentimientos o las certezas de unos cuantos, por más que ellos o nosotros “creamos” que las mismas constituyen el “sentido común”.