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Ratón de laboratorio. TIBOR JANOSI MOZES (Pixabay)

El doctor en Psicología M. Seligman comprobó su existencia en laboratorio con animales que (llegado un momento) ya no se defendían más ni siquiera trataban de huir cuando les aplicaban dolor. Aun con las puertas de sus celdas abiertas —que ya es decir—, simplemente aguantaban, y aguantaban, y aguantaban.

Pues qué tontos, ¿no? Pues no. La naturaleza sabia prefiere no gastar más energía en lo que el animal había comprobado ya que no tenía ninguna salida real, vaya, que era inútil. Bien, pues los humanos funcionamos igual: llega un límite en el que ya no intentas rebelarte ni huir, tan solo aguantar y aguantar. Así, por ejemplo, sociedades enteras de esclavos no se rebelaban jamás.

Por cierto, en la Ingeniería Social moderna se sabe muy bien ese efecto. Pero, a veces, un individuo (o hasta grupos humanos como tales, pequeños o no tan pequeños) se atreven a confrontar ese “no podemos hacer nada”, ese “es inútil porque hagamos lo que hagamos siempre dará lo mismo” y (sobre todo) porque “nada cambiará”, y contra todo pronóstico previo van obteniendo resultados pequeños al principio, pero que van a más, y más, y más…

Firmado: JUAN MANUEL NAVARRO BRUN
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