Jueves Santo comienza con estrépito y emoción en la plaza de San Pedro
A las doce en punto de la noche, coincidiendo con el inicio del Jueves Santo, el silencio de la plaza de San Pedro de Jaca fue quebrado por el estruendo colectivo de bombos y tambores en uno de los momentos más sobrecogedores de la Semana Santa jacetana: la Rompida de la Hora. Una ceremonia reciente en la ciudad pero que ha calado con fuerza en el imaginario local, y que este año estuvo marcada por la conmemoración del 275.º aniversario de la refundación de la Real Hermandad de la Sangre de Cristo, a quien correspondió dar la señal inicial.
El honor recayó en dos jóvenes miembros de su banda: Diego Giménez Duval, de 11 años, encargado del bombo, y Samuel Ventura Tapia, de 15, al tambor. Con precisión y emoción, ambos marcaron el compás inicial que desató el estrépito. Desde ese instante, los más de 250 cofrades de las siete bandas de Jaca tocaron sin pausa durante diez minutos exactos, en una interpretación colectiva intensa y vibrante, que mantuvo la fuerza y la entrega hasta el último redoble.
La noche, fresca pero animada, congregó a un buen número de vecinos y visitantes en torno a la plaza de San Pedro, junto a la catedral. Había público de todas las edades, muchos de ellos formando corros en torno a las bandas, algunos sorprendidos al descubrir esta singular tradición por primera vez, otros emocionados por volver a sentir la fuerza de los toques en directo.
Antes de la Rompida, las bandas realizaron una exaltación del bombo y tambor recorriendo las plazas y calles más emblemáticas del casco histórico —la Catedral, el Pasaje del Casino Unión Jaquesa, la plaza Marqués de Lacadena o la calle Mayor—, ejecutando sus toques más característicos en piezas que variaban entre los cuatro y los diez minutos. Cada grupo, guiado por su capitán de banda, mostró su estilo y personalidad musical en una especie de peregrinación sonora que fue caldeando el ambiente.
La Rompida de la Hora en Jaca bebe de la tradición del Bajo Aragón, donde el estruendo de bombos y tambores anuncia la muerte de Jesucristo. Aquí, esa simbólica ruptura del tiempo y del alma se ha convertido en una ceremonia cargada de emoción. Es un momento de catarsis y belleza ruidosa: se libera toda la energía acumulada en semanas de ensayo, se transmite devoción, se honra la muerte del Mesías con el sonido ensordecedor de una comunidad tocando al unísono.
Los toques, acompasados, insistentes por momentos, sutiles en otros, transformaron el centro histórico de Jaca en un templo vibrante de sonido y emoción. La entrega de los participantes —niños, jóvenes y adultos, muchos de ellos tocando en familia— fue total. En ese redoble colectivo se fundieron tradición, arte y sentimiento.
Así se rompió, una vez más, la hora en Jaca. Y así quedó grabado, con fuerza, en los oídos y el sentir de quienes lo vivieron.
