
Imagen inspirada en el primer crucigrama publicado en 1913. Representa un diseño vintage con una revista abierta, un crucigrama y una pluma estilográfica sobre un escritorio de madera. La ilustración ha sido generada con inteligencia artificial.
Mañana sábado se van a cumplir cien años de la publicación del primer crucigrama en España. La evocación de tan simpático aniversario me ha inspirado la redacción de este artículo.
Al ser humano desde siempre le ha agradado divertirse con el lenguaje. En diferentes idiomas y en distintas épocas se han encontrado ejemplos de entretenimientos verbales, de acertijos literarios o de amenidades y filigranas confeccionadas con frases, conocidas merced a la tradición oral o la imprenta. Entre los juegos de palabras brilla con luz propia el crucigrama. Fueron varios sus antecedentes, como los medievales laberintos de acrósticos o el cuadrado mágico, y diversos sus precursores, algunos anónimos y otros con nombre sabido, como Giuseppe Airoldi o Víctor Orville. El crucigrama tuvo, en consecuencia, un tiempo previo de germinación, antes de brotar y dejarse ver en un periódico. El primero se mostró el 21 de diciembre de 1913, en el suplemento dominical Fun del diario New York World. Arthur Wynne fue el autor de aquella histórica parrilla romboidal con un hueco en el centro; ese vacío en medio servía para separar palabras, a modo de cuadros negros intercalados entre vocablos. Y allí estaba la originalidad, porque el cuadrito negro es el elemento clave que permite ampliar la largura y anchura de la superficie, su extensión en ambas dimensiones.

Sello de Estados Unidos emitido en 1998 que recuerda el primer crucigrama que se publicó en el mundo en 1913.
Así surgió el crucigrama, el pasatiempo cultural por antonomasia, a decir del famoso criptógrafo Pedro Ocón de Oro. Quien siente la atracción de este gran invento, toma la hoja de papel y lee con atención las definiciones horizontales y verticales, ofrecidas junto a un casillero, que puede empezar a rellenar según prefiera: de izquierda a derecha o de arriba abajo. Quizá use lápiz, por si tuviera que borrar, al ir formando esas palabras manuscritas que comparten todas sus letras, porque se cortan en ángulo recto, en intersecciones de filas y columnas, en cruces ortogonales, como ejes cartesianos. Es, pues, la escritura perpendicular.
Algunos estudiosos se han ocupado de la llegada a España del crucigrama. Según el enigmista Màrius Serra, el primero en castellano se publicó en el suplemento Blanco y Negro de ABC, el 22 de marzo de 1925, firmado por Antonio Luis; venía acompañado de una hoja completa de instrucciones de uso, que incluía consejos al intentar resolverlo. Era una rejilla cuadrada de 15 X 15, o sea, del tamaño de un tablero de Scrabble. La quinta parte estaba ocupada por cuadros negros, una proporción que se suele considerar excesiva. No se daban las definiciones correspondientes a una sola letra. El comienzo de cada vocablo referenciado se indicaba con un guarismo dentro de una celdilla, como es propio del estilo anglosajón; los latinos, en cambio, ponemos la numeración fuera del marco: encima y a su izquierda.
El autor era corresponsal en Londres del rotativo madrileño y, una semana antes, en su crónica londinense, se refería al rompecabezas de moda. Relataba que desde hacía meses Inglaterra padecía una nueva fiebre causada por un entretenimiento importado; casi todos los diarios de la capital organizaban concursos premiados con regalos muy considerables; los británicos acudían a las librerías para proveerse de enciclopedias, diccionarios, léxicos y tesauros. Londres había enloquecido y la gente se deshacía los sesos, aunque sin descalabrarse; se solazaba con esa diversión que había llegado a ser para muchos una tortura avasalladora.
No es de extrañar que el académico Maurice Donnay propusiera como patrono de los crucigramistas a san Lorenzo, pues este diácono oscense soportó su martirio en una parrilla, armazón de varillas metálicas, paralelas y transversales, como las rayas de tinta de la cuadrícula del juego, con dibujo de malla. Esa red que tanto atrapa, en ocasiones puede atormentar y hacer sufrir, por culpa de términos nada fáciles o por enunciados enrevesados. Pero los aficionados a este popular esparcimiento, sus incontables adeptos, saben que principalmente es un saludable ejercicio para las neuronas del cerebro; los más apasionados gozan como nadie del placer mental que les proporciona. Si se llega a completar la última casilla, entonces se podrá captar toda la belleza de la escritura perpendicular; al terminar es cuando se disfruta contemplando su encanto. Sobre todo, si el crucigrama es de buena calidad, uno de los mejores soñados por su autor desde que concibió la idea. Cuando, con las piezas del abecedario, ya se ha acabado de trenzar a mano la trama y la urdimbre de ese tejido de voces entrelazadas, se apreciará con algo de sorpresa que la doble dirección de las palabras cruzadas tal vez duplique la hermosura de la caligrafía rectilínea, de sentido único.
En Jaca, el crucigrama más antiguo que he documentado, hasta ahora, data de marzo de 1949. Salió en la revista Ayer y Hoy, en la página 25 del fascículo III, y estaba firmado por Fransi (¿sería Francisco Dumas Laclaustra?). Era una pequeña retícula simétrica, con la peña Oroel al fondo; tenía veinticuatro definiciones, una de ellas al revés. Puede que aparezca alguno de fecha anterior, por eso tendré que seguir investigando. Siguiendo en nuestra ciudad, entre diciembre de 1979 (primer crucigrama de mi hermano en Jacetania) y diciembre de 1991 (primero mío en El Pirineo Aragonés), mediada la década de los ochenta, recuerdo la curiosa experiencia de “El radiograma”. Fue un programa de Radio Jaca, para el que preparé unos crucigramas pensando en la participación de la audiencia, con llamadas a la emisora, que iban resolviendo cuantos oyentes telefoneaban. Esas voces, al ser difundidas por las ondas radiofónicas, parecían tener alas, como si volaran independientes, en libertad, aunque en realidad no viajaban por el aire, sino que permanecían quietas en su sitio, aprisionadas en el enrejado de cada solución, que tenía la locutora sobre su mesa.
Crucigrama conmemorativo publicado en la edición impresa de El Pirineo Aragonés. Tiene la particularidad de que su casillero tiene iguales medidas y misma colocación de cuadritos negros que el empleado por aquel pionero, quien inauguró así un espacio recreativo en la prensa española el 22 de marzo de 1925.
La euforia narrada en su crónica londinense por Antonio Luis, hace ahora diez décadas, rimaba con el entusiasmo arrebatador que vivimos en España en los años ochenta del pasado siglo, con el pujante florecimiento de los crucigramas. A los ya insertos en periódicos de información general, gacetas y boletines, se añadieron los incluidos en magacines ilustrados y cuadernillos de reciente aparición, que se asomaron a los kioscos y escaparates. Las empresas editoras ampliaban el mercado del ocio con novedosas cabeceras, de diversos formatos y con distintos grados de dificultad, para todos los gustos; aumentaban las tiradas de ejemplares, circulaban más números extras, crecían las suscripciones… Fue vigoroso el desarrollo de ciertas revistas especializadas, sin publicidad, exclusivamente dedicadas a pasatiempos, con un rico surtido de crucigramas (clásicos, blancos, autodefinidos, silábicos, encadenados, gráficos…). Entre ellas, una veintena de inolvidables títulos de Edigrama, donde mi hermano y yo colaboramos con miles de crucigramas, impresos en Madrid y exportados también a países hispanohablantes.
Cuando se estampó en Blanco y Negro aquella escritura perpendicular de Antonio Luis, hace un siglo, el mundo era otro: sin internet, sin ordenadores, sin inteligencia artificial. Fue un modesto trabajo de artesanía intelectual, digno de recuerdo. Por eso, para la víspera del centenario he querido elaborar un crucigrama conmemorativo. El de hoy, en El Pirineo Aragonés, es particular porque su casillero tiene iguales medidas y misma colocación de cuadritos negros que el empleado por aquel pionero, quien inauguró así un espacio recreativo en la prensa española, que sigue abierto al ingenio verbal en el actual periodismo digital.
