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«Podemos aventurar que la propagación de bulos es un arma letal contra el sistema democrático (basado en valores, entre los que se encuentra el de la verdad) y contra la convivencia»

Estar indignados nos hace proclives a compartir información falsa si esta ratifica nuestra ideología o nuestra posición en la barra del bar. WOKANDAPIX en Pixabay

Alice Weidel, candidata en las próximas elecciones a la cancillería de Berlín por el partido ultraderechista Alternativa para Alemania, afirmó el pasado 9 de enero que “Hitler era comunista”. Lo dijo en una entrevista con Elon Musk, el hombre más rico del mundo, aliado de Donald Trump y propietario de la red social X, con 540 millones de usuarios. Semejante aserto, desmontable por cualquier manual de historia de bachillerato y ofensivo para quienes fueron víctimas del nazismo, muchos de ellos comunistas, tuvo una redifusión planetaria. Es un buen ejemplo de hacia dónde puede conducir a las sociedades modernas la profusión de mentiras, estrategias de desinformación y revisión alocada e interesada de la historia.

La afirmación de Weidel, que, obviamente, no fue refutada por Musk, puede servir de base para una reflexión sobre uno de los grandes males de nuestro tiempo: los bulos. ¿Por qué se crean las fake news?, ¿quién las inventa?, ¿qué se persigue con la expansión de falsedades?, ¿qué busca un youtuber al afirmar que hay cientos de muertos en un parking de Valencia cuando no había ninguno? Las respuestas son complejas, pero podemos aventurar que la propagación de bulos es un arma letal contra el sistema democrático (basado en valores, entre los que se encuentra el de la verdad) y contra la convivencia, porque, como dejó escrito la filósofa Hannah Arendt, «mentir constantemente no tiene como objetivo hacer que la gente crea una mentira, sino garantizar que ya nadie crea en nada». Que una red social masiva difunda que Hitler era comunista no busca que asociemos al tirano nazi con la hoz y el martillo, sino poner en duda lo que la Historia ha dicho sobre él.

Un estudio elaborado en la Universidad de Princeton y publicado por la revista Science el pasado 27 de noviembre explica el fenómeno de las fake news y concluye que es la “indignación moral” la que alimenta la expansión de las noticias falsas, es decir, que el enfado general subyacente hace que tales bulos sean reenviados en las redes sin verificación alguna. Estar indignados (con una situación, con un gobierno, con un club de fútbol) nos hace proclives a compartir información falsa si esta ratifica nuestra ideología o nuestra posición en la barra del bar.

Uno de los principales efectos de esta desinformación es que, como señalaba recientemente Marta Peirano, periodista especializada en la relación entre redes sociales y poder político, quienes difunden “realidades paralelas” (o sea, falsas) nos hacen “entrar en un estado de incertidumbre” con el que acabas apoyando “la verdad que propone tu tribu”. Ya no discutes. Las informaciones adulteradas provocan que nuestra percepción de la realidad sea modificada.

Los algoritmos manejados por la inteligencia artificial y los nuevos medios de comunicación pueden contaminar el debate público hasta extremos hoy inimaginables, de manera que cabe la posibilidad de que quien ha perdido unas elecciones se presente como vencedor. Es lo que Peirano llama “el dividendo del mentiroso”. Todo ello nos está llevando a un descrédito de la actividad política (es el Gobierno el que oculta que hay muchos muertos en el parking), que podría llegar a poner en riesgo nuestros sistemas democráticos.



La pregunta que deberíamos hacernos es cómo contrarrestar la expansión de falsedades. Por más que los poderes públicos intenten legislar para poner freno a esta epidemia, solo un auditorio más crítico que el actual y al que ya estamos hoy acostumbrados desmontaría el fatal mecanismo y provocaría el efecto contrario al deseado por los emisores de falsedades, que quedarían así desenmascarados.

Ahora bien, seamos conscientes de que la verificación es compleja. Los medios de comunicación tradicionales, una de cuyas funciones en estos tiempos es la de separar lo verdadero de lo falso, sufren un desprestigio similar al de los políticos convencionales. Una sociedad que busca respuestas simples y que ha perdido el hábito de analizar con detenimiento lo que sucede a su alrededor, es presa fácil de quienes manipulan la realidad hasta llevarnos a universos paralelos con fines inconfesables.

Firmado: COLECTIVO PENSAMOS
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