«¿Qué estamos haciendo nosotros hoy en relación con las personas invisibles que viven aquí?»

People, una imagen de Clker Free Vector Images, en Pixabay.
En las conversaciones comunes podemos observar cómo, al hacer referencia a algunas personas, se cita primero su prestigiosa profesión y luego su nombre. Hablamos, por ejemplo, del catedrático X, el general Y, el empresario Z, el cardenal W, la ministra T, etc. Nos referimos, sin embargo, a otra gente diciendo simplemente su nombre y después, y solo si es necesario, su profesión. En este caso, se habla de B, la jardinera del parque; de C, la limpiadora de la oficina; de D, la kelly de un hotel; de F, el recolector temporero de fruta; de G, la barrendera de la calle, o de otros seres humanos tan aparentemente pequeños e irrelevantes como estos y a los que, a veces, ni siquiera se les saluda cortésmente.
Con estas personas invisibles sucede, en las deshumanizadas sociedades neoliberales, lo mismo que ocurre en las construcciones con su esqueleto íntimo: los cimientos, vigas y viguetas. No se ven y, cuando hablamos de esos inmuebles, nos referimos a sus esculturas, lámparas o terrazas que los hacen más o menos estéticos y confortables. Sin embargo, la responsable de que el edificio se mantenga en pie con solidez y de permitir, a la vez, cuantos cambios superficiales queramos hacerle, es esa estructura oculta.
Esas vidas minúsculas son, consecuentemente, tan imprescindibles como imprescindible es que se mantengan como tales. Si hoy los múltiples tipos de seres humanos, más o menos explotados, se unieran y se rebelaran, si salieran a la luz y exigieran un trato equitativo, todo nuestro sistema social se tambalearía. Eso explica que la gente relevante utilice todos sus recursos para mantener, con la mayor eficacia y disimulo, la estructura vigente. Está claro que la justicia siempre tiene un alto precio.
Si no miramos más allá del propio ombligo, podemos creer que, en nuestro entorno, aun a pesar de los muchos casos similares a los citados anteriormente, hay cierta justicia social y que, si esa invisibilidad no nos concierne en exceso, podemos olvidarla. Pero, en cuanto nos hacemos conscientes de que vivimos en una sociedad interconectada y de que, sin las relaciones sociales, políticas y económicas con el resto del mundo, no podríamos sobrevivir, nuestra percepción se modifica. Esto implica que cuanto sucede en otras comunidades más o menos alejadas de la nuestra nos afecta también a nosotros y no solo porque, en alguna medida, nuestro bienestar es mutuamente dependiente, sino, sobre todo, porque sus habitantes, incluidos los parias, son tan humanos como nosotros.
Se producen muchas las situaciones concretas que, cerca y lejos, ponen de manifiesto estas consideraciones y merecen nuestra reflexión, pero actualmente se nos aparece una de un modo especialmente escandaloso. Se trata de la condición de las mujeres en Afganistán, la cual ya era penosa desde el establecimiento del actual régimen político, pero que ahora ha sido agravada hasta el extremo de prohibir legalmente no solo que se las vea, sino también que se las pueda oír más allá de los muros de su vivienda privada. Sus gobernantes han conseguido así la exclusión más radical “de la mitad de su población”.
Nosotros, aparentemente, no podemos hacer nada. Se trata de un país soberano, capaz por tanto de decidir sus propias leyes y que, haciéndolo, pone de manifiesto la escasísima fuerza de las resoluciones vigentes de Naciones Unidas y de la acción de la comunidad internacional.
Es cierto, sin embargo, que España tiene intercambios comerciales con dicho Estado y que los podría suspender. El impacto económico de tal medida no sería muy importante, pero, tal como ocurrió con la ruptura de relaciones diplomáticas en 2021, si lo sería su valor simbólico.
También merece la pena recordar la significativa trascendencia de la voz masiva de la población cuando grita “Me too”, cuando reclama que se pare una guerra o cuando acepta silenciosamente que se envíen armas para mantener otra. Pero, ¿qué estamos haciendo nosotros hoy en relación con las personas invisibles que viven aquí? y ¿qué hacemos con las invisibles e inaudibles de Afganistán? Al no decir ni hacer nada, ¿no estaremos siendo, de hecho, cómplices con los explotadores?