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La celebración resultó brillante, con la participación de 60 cruces llegadas de los pueblos

El 25 de junio es uno de los días más emotivos del año, y aunque se repitan los viejos ritos, siempre depara sorpresas. Santa Orosia es para dejarse llevar por el tañido de las campanas, que durante toda la mañana esparcen sus sones por la ciudad, el trucar de los palos y el repiqueteo de las castañuelas que acompañan sin descanso a la urna de la Santa. Santa Orosia es también el color de los trajes de los romeros, austeros y bellos; de los danzantes y bailadores, luminosos y ornados, y de las cruces, resplandecientes, como un rosa de oro.

La fiesta de este año resultó brillante. Hubo más participación de cruces, 60 en total, provenientes de los pueblos que rinden culto al Cuerpo de la Santa. Así quedó reflejado en el acta, tras el conteo que se realiza en la capilla de Santa Orosia, previo al comienzo de la procesión. El secretario municipal va pasando lista por orden alfabético y los cruceros de cada pueblo levantan la mano o responden cuando llega su turno. Al final, se reparten pastas y vino dulce, antes de asistir a la misa, que este año fue oficiada por el administrador apostólico de la diócesis de Jaca, Vicente Jiménez Zamora, que se estrenaba en este menester.

Al acabar el oficio, y tras cantar el himno de santa Orosia por primera vez, las escuadras de Labradores y Artesanos de la Hermandad del Primer Viernes de Mayo montan sobre las peanas las urnas de san Félix y san Voto, y san Indalecio, y las adornan con flores.

El relicario con los restos del Cuerpo de la Santa es la última en salir del altar mayor. Los portadores de la peana, vestidos con valonas blancas, se toman su tiempo para que la urna quede bien sujeta a la base. Toc, toc… y la Santa se eleva apoyada sobre sus hombros.

La Real Cofradía de Santa Orosia coordina la procesión. El orden, el de siempre: los gigantes en cabeza, seguidos del Pendón de la Real Cofradía, las cruces parroquiales de Jaca y el resto de cruceros. Junto a ellos, el paloteao del Grupo Folclórico Alto Aragón y los oferentes vestidos con traje regional, las peñas, los grupos de jota, los barrios y otros colectivos ciudadanos.

La urna de san Félix y san Voto la llevan los Labradores, la de san Indalecio, los Artesanos, y en el corazón de la procesión va la de santa Orosia, acompañada del estandarte y los cofrades de la Real Cofradía, los romeros, los Danzantes de Santa Orosia y los Bailadores. Y a la zaga, el Cabildo de la Catedral, el clero y el Cabildo Municipal con todos los miembros de la corporación, cerrando la comitiva la Banda Municipal de Música Santa Orosia.

Al paso de la procesión, caen pétalos de rosa sobre la urna de la Santa en varios puntos del recorrido. Aunque este año haya menos público que en otras ocasiones, la jornada no desmerece en vistosidad, colorido y alegría.

En la plaza Biscós, ondea el pendón sobre el tórrido pavimento, al tiempo que bailadores y danzantes dedican sus mudanzas a la Santa. Una vez mostrados los 40 mantos que contiene el relicario, el prelado extrae de su interior el Cuerpo de la Santa, lo mira y lo eleva hacia el cielo, como durante siglos han hecho los obispos que le precedieron. Un encuentro emotivo frente a frente con la Santa, la devoción y la tradición que por ella sienten los jaqueses y los montañeses de este contorno.

Concluida la ceremonia, la procesión continúa hasta la catedral, un fin de fiesta jubiloso en el que se concentran todas las energías posibles: la luz, que irradia el interior de la iglesia en su día más grande del año, y los sonidos de los palos y las castañuelas que se entremezclan y cuyo eco resuena con fuerza en los centenarios muros de piedra. Una vez más, se cumple el rito, y cuando se hace el silencio, Vicente Jiménez Zamora irrumpe con un ¡Viva santa Orosia! ¡Vivan las fiestas de Jaca!, al que los jacetanos responden sin dilación.

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