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«Nuestra creencia de que los humanos nos guiamos, especialmente, por la inteligencia y no tanto por las apariencias, opiniones o prejuicios, no resulta suficiente para entender lo que nos sucede»

El difícil equilibrio entre las decisiones emocionales y racionales. TAMISU/PIXABAY

Observamos que diversos sucesos políticos y sociales aplaudidos por muchos son duramente criticados por otros. En contraposición, otros acontecimientos son rechazados por los primeros y alabados por los segundos. Nuestros distintos puntos de vista condicionan en gran medida la forma en que entendemos y reaccionamos ante la realidad circundante, pero la formulación de nuestros juicios tiene, muchas veces, un carácter visceral y excesivamente polarizado. Queremos aquí reflexionar sobre el papel que, en esa visceralidad, desempeña el modo en que somos afectados por emociones e imágenes.

Nuestra creencia de que los humanos nos guiamos, especialmente, por la inteligencia y no tanto por las apariencias, opiniones o prejuicios, no resulta suficiente para entender lo que nos sucede. Al afrontar este hecho, supusimos, en un primer momento, que quizás la razón humana no fuera tan homogénea como creíamos, pero, más tarde descubrimos que nuestra racionalidad puede ser usada de maneras muy diferentes y que nuestras acciones no dependen tanto de unas ideas abstractas como del modo en que estas, junto con las imágenes y emociones que nos rodean, nos afectan.

Comprobamos que, en efecto, para que un discurso cale, no basta con que sea lógicamente correcto. Es preciso también que consiga conectar con aquellos a quienes pretende convencer y, para lograrlo, habrá de tener en cuenta varios aspectos.

En primer lugar, que todos deseamos ser aceptados por los demás y por ello es más fácil que realicemos las acciones que provocan sonrisas en quienes nos rodean que aquellas por las que nos miran mal. Consecuentemente, quien se dedique a molestar e insultar a otros, tendrá, más tarde, graves dificultades para lograr ser respaldado por ellos.

Hay que considerar, en segundo lugar, que las emociones y los intereses materiales son muy importantes en nuestras decisiones, pero también lo son las ideas que, según el modo en que se nos presentan, son capaces de conmovernos. De lo contrario no se entendería que, a veces, votemos programas políticos que no suponen mejora ni en el aspecto económico ni en las libertades u opciones personales de nuestra vida concreta o de la de quienes nos rodean.



Los discursos políticos apelan muchas veces a las pasiones (a veces a las más bajas). De ahí que se creen eslóganes y relatos que van dirigidos a excitar las emociones. Se trata, por poner un ejemplo, de un recurso frecuentemente utilizado por los nacionalismos. Hacer política con los sentimientos, dejando la racionalidad en un segundo plano, conduce a la polarización y favorece los extremismos.

Por otra parte, los creadores de discursos imitan a los expertos en publicidad que conocen perfectamente cómo trabajar con ideas, emociones e intereses para obtener nuestro apoyo. Cuando nos invitan a beber una cerveza o a jugar a la lotería con un mensaje de respeto y solidaridad, demuestran saber muy bien qué vínculo entre ideas y emociones modificará nuestro comportamiento.

Quienes tienen el poder pretenden, para vivir tranquilos, trasladar a los gobernados sus maneras particulares de juzgar. Para lograrlo, han utilizado a lo largo de la historia dos recursos potentísimos. El primero consiste en producir miedo y odio hacia aquellos que no forman parte de su grupo concreto a fin de fortalecer la identidad del mismo y hacerlo así más controlable. El “divide (al enemigo) y vencerás” tiene su correlato en el “uniformiza (a tu grupo) y también vencerás”, ya que la diversidad es, obviamente, mucho más difícil de gobernar. El segundo, que es aún más fuerte, estriba en presentarnos reglas sobre lo que no podemos o no debemos hacer y persuadirnos de que, efectivamente, no podemos hacerlo. De hecho, abandonamos algunas conductas (fumar en los bares, conducir sin cinturón, mezclar las basuras, etcétera) no tanto por miedo al castigo como por haber asumido que son incorrectas.

Sabemos que la ira, la alegría, el asco o la esperanza son mucho más fuertes que la razón a la hora de controlar nuestras vidas. Podemos, sin embargo, empeñarnos en que las pasiones sean controladas por nuestro entendimiento y reaccionar con objetividad ante aquellos que pretenden utilizarnos para sus fines particulares.

Firmado: COLECTIVO PENSAMOS
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