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Domingo Banegas junto a su esposa Carmen en una fotografía cedida por la familia.

Encargaste tu marcha con sigilo, sin ruidos ni estridencias, pese a haber compuesto en tu intensa vida una inmensa y muy sonora partitura. Nunca fuiste de ceremonias ni homenajes y en tus últimos momentos nos rogaste partir sin celebraciones… y que las cenizas tras tu muerte fuesen repartidas por esos parajes que alegraron tu vida.

Te vas con ocho décadas y media vividas plenamente, en las que has reído, has llorado, has amado, has sufrido… sabiendo vivir con intensidad en todos tus trabajos, con tu familia, con tus amigos, con tus compañeros, incluso manteniendo el optimismo hasta estas últimas etapas de tu vida, con demasiada frecuencia junto a esos “ángeles terrenales” que te cuidaron en el San Jorge o en el Hospital de Jaca. Sufriendo en silencio y en compañía ocasional, pero nunca suficiente, de tu familia, tus hijos y nietos, y de tu esposa.

Se nos ha ido ese apuesto chaval que en la década de los 50, con apenas 13 años, se cogió una maleta de madera y se montó en el tren desde su pueblo de Jaén hasta las puertas de la que iba a ser su amada Jaca. Ese chulo andaluz con cara de niño, manos de pandillero y mente de adulto comenzó plantando pinos en el monte Oroel para, con apenas 16, entrar de electricista en La Electra Jaquesa, en aquellos bajos de la calle del Deán con la calle Mayor. Desde allí durante varios años pateó el Pirineo, de poste en poste, llevando la luz eléctrica a todos sus pueblos. Nos contaba que intentó emigrar hacia Australia, pero su país no se lo permitió sin haber hecho la mili. “¡Pues me voy de legionario al Sahara Español!”. En el Aaiún, pasaría año y medio haciendo amigos, repartiendo agua con su camión cisterna entre los poblados saharauis. (Esa cercanía con la gente de la calle labró la profunda humanidad que desplegaría con la sociedad a lo largo de su vida).

Pero no pudo conformarse con ser solo electricista. Aunque fue su primer trabajo, la vida le exigió ir construyendo una verdadera enciclopedia de ocupaciones. El casarse en los 60 y tener seis hijos en apenas quince años le hizo pasar por chispas, cantaor, churrero, vendedor ambulante, camarero, cocinero, restaurador, cantinero, hasta concejal… siempre en contacto directo con la gente, eso era lo que más le gustaba.

Líder como ninguno, valiente y emprendedor nato, se carrozó un carrito para vender patatas fritas y churros en el paseo, junto al kiosco de la música. Pronto se le quedó pequeño, eran los inicios de la década de los 70 y probó fortuna vaciando una camioneta DKV y diseñando en ella el primer “salchichauto” del Pirineo (ahora los llaman food-trucks).



Soldados, a quienes servía en sus salidas en Batiellas, en San Gregorio, de maniobras por todo el Pirineo o en sus juras de bandera en el CIR de Zaragoza; y esquiadores, a quien atendía los fines de semana desde Candanchú, darían buena cuenta de sus infatigables jornadas en ese modelo de hostelería puerta a puerta que acababa de hacer suyo. En unos años subiría de nivel adaptando uno más grande, un camión SAVA, que le serviría de base para un auténtico bar ambulante que rodear de mostradores en los festivales o en las fiestas de los pueblos a lo largo y ancho de Aragón. Eran otros tiempos, sin subvenciones, con una gran estima por quien trabajaba duro… y es que eso de las 32 horas a él ya le sonaba familiar, no como jornada semanal sino como jornada de cada dos días.

También se multiplicaba para atender los domingos de fútbol el ambigú del campo de Nuestra Señora de la Victoria, en el Regimiento y luego, sin dejar de seguir al FC Jacetano, inaugurar el bar del Campo Oroel, en sus primeros pinitos como gran estadio, calentando miles de gargantas con esos reconstituyentes quemadillos de ron. Suyas fueron las primeras tortillas que se sirvieron en las “nuevas piscinas”, esas que inauguraron al hilo del estreno de nuestra primera pista de hielo, en los inicios de los 70. Luego vino el Bar Casa Banegas (en 1975), el Mesón Casa Banegas (en 1978), la cantina del Regimiento “el Mesón del Cazador” (en 1984, durante más de tres lustros), el Camping Victoria (en 1988). Una larga y exitosa vida dedicada a la hostelería jaquesa.

¡Y fuiste abuelo con 54 años! Hasta su jubilación, con todo merecimiento, de la que pudo disfrutar casi dos décadas, junto a mamá, compaginando montaña con playa mientras veían crecer a los nietos. Tras casi un lustro de sufrimiento exponencial, te has ido y… ¡por poco, por muy poco, no vas a conocer a tu primer bisnieto!

Sé que no me perdonarías que me olvidase de recordar tu compromiso socialista, con ese socialismo añejo que poco tiene que ver con los nuevos tiempos, pero que defenderías sin dudar. Tampoco que omitiera tu gratitud hacia esos héroes anónimos (doctores, enfermeras, auxiliares, celadores…) que trataron de hacer un poco menos duros tus últimos días entre nosotros.

Ya se te echa de menos rodando por las calles de Jaca junto a mamá, tu querida Carmen. Esos cientos de jóvenes (ahora adultos, algunos ya jubilados) que compartieron tus enseñanzas y su esfuerzo en tus negocios, esos compañeros de partido con los que forjabais una Jaca mejor, esos amigos veteranos con los que intercambiabas historias de esa vida que ya pasó, o esa gran familia junto a tus dos hermanas, cuatro generaciones ya, que ha hecho de Jaca su refugio vital. ¡Nunca te olvidaremos!

Tu ejemplo como padre de familia, emprendedor, hostelero, ¡trabajador nato! nos deja una huella imborrable.

Misión cumplida. ¡Vuela alto, papá!

Firmado: JUANJO BANEGAS
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