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«Evitar las guerras exigiría cambiar nuestra manera de entendernos, de valorarnos y de actuar»

Manos que buscan la paz con la bandera de Ucrania como fondo. ALEXANDRA KOCH/PIXABAY

Nuestra estupidez bloquea la paz. Nos preocupan solo las causas próximas de la violencia, pero nos olvidamos de sus raíces profundas: competitividad, orgullo identitario, desigualdades, miedo… que, entre otras, la hacen posible.

1.- Somos competitivos porque nos satisface la experiencia del triunfo y la sensación de conseguir reconocimiento social.

Hemos sido educados para tener éxito, para ser mejores o para acumular más cada día y ello exige luchar constantemente para superarnos a nosotros mismos y a los demás. Así se explica que vivamos la experiencia de que otros nos aventajen en algunos ámbitos como fracaso.

La competitividad puede ser muy sana cuando sirve para construir un mundo más habitable, pero no lo es si nos enfrenta a los demás por las posesiones materiales, los títulos, la imagen o incluso el saber. En este caso, nos conduce al conflicto, al estrés, al desasosiego y a la guerra.

2.- Tenemos orgullo identitario porque hemos aprendido a sobrevalorarnos socialmente. Cada pueblo se tiene a sí mismo en muy alta estima y considera que los demás son respetables, pero no tan fantásticos.



Si repasamos la historia que estudiamos, podemos comprobar que los nuestros siempre fueron más valientes, generosos e inteligentes que quienes se les oponían, y solo un análisis crítico posterior nos invita a pensar que quizás nuestros antepasados podrían haber tomado mejores decisiones.

Todos hemos asumido que fueron héroes los castellanos que, en el s. XVI, llevaron el espíritu cristiano a quienes lo desconocían y que también lo fueron quienes, en el s. XIX, se rebelaron contra aquellos que quisieron traernos su espíritu ilustrado. Tuvimos que descubrir por nuestra cuenta, sin embargo, que los valores no deben ser apreciados en función de quienes los transmiten, sino por sí mismos.

Esto ocurre tanto en las pequeñas comunidades como en las grandes, en las del norte como en las del sur, en las más ricas como en las más pobres y, si es cierto que la autoestima colectiva es muy importante, también lo es que puede ser peligrosa si se fundamenta en medias verdades o en una absoluta falta de espíritu crítico.

3.- Aceptamos como inevitables las enormes desigualdades sociales y económicas que son causa de discriminación, frustración y rabia en los grupos que las sufren. También producen gran parte de la ira que los niños perciben y padecen en sus familias y provocan numerosas adicciones como el alcoholismo o el juego. Nuestro miedo o pereza para afrontar estos fenómenos constituyen un excelente caldo de cultivo para los numerosos brotes de violencia que observamos en nuestro entorno.

4.- Suele suceder en los conflictos que, en cada una de sus orillas, recibimos informaciones opuestas. Asimismo, tomamos la parte por el todo cuando confundimos la última gota con la multitud de pequeñísimas gotitas que, entre todos y a ambos lados del desacuerdo, fuimos poniendo para que la última hiciera inevitable que el vaso se derramara, que la guerra se produjera.

¿Y si la culpa no es solo de Putin, aunque él tenga mucha? Todos nosotros hemos cultivado la pasividad y los valores competitivos e identitarios que dificultan nuestra capacidad para analizar críticamente los acontecimientos que nos rodean y que constituyen las raíces de los conflictos.

Para entender el árbol de la violencia hay que tener en cuenta, no solo las raíces, sino también el tronco (un sistema escolar no igualitario, una justicia entendida como venganza, la producción de Inteligencia Artificial para las fábricas de armamento y la riqueza que produce su venta, las luchas nacionales e internacionales por el poder…). Incluso las hojas (el papel de las películas y las redes en la justificación de la violencia, el sentido de identidad y seguridad que muchos jóvenes encuentran en distintas organizaciones armadas…) que absorben la energía necesaria para nutrir la planta. Pero esos temas habrá que dejarlos para otro día.

En conclusión, evitar las guerras exigiría cambiar nuestra manera de entendernos, de valorarnos y de actuar. Mientras no estemos realmente dispuestos a ello, el diálogo y la negociación que finalmente podrían producir la paz nunca serán viables.

Firmado: COLECTIVO PENSAMOS
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