El día de santa Orosia en Jaca siempre depara momentos irrepetibles. Cada persona tiene los suyos, y seguro que todos ellos son capaces de despertar emociones y sentimientos que son difíciles de expresar con palabras. Se sea creyente o no, santa Orosia siempre deja huella, un poso de alegría y felicidad que se presta a compartir con los demás.
La manifestación de ese entusiasmo culmina cuando la urna con las reliquias de la Santa cruza por segunda vez el umbral de la lonja mayor para regresar al altar de la catedral, el lugar donde reposará silente durante todo el año, hasta el próximo 25 de junio. Como en el teatro griego, es la apoteosis final y todos los actores salen a escena a compartir la gloria y a recibir la dignidad de los dioses. Los danzantes trucan sus palos con fuerza y los sonidos van amplificándose conforme avanzan por la nave central, mezclándose con el tañer de las castañuelas que agitan los bailadores; ecos y resonancias que van y vienen hasta que, de repente, cesan y se hace el silencio.
Santa Orosia es tradición y devoción, música y color, y así se siente desde primera de hora de la mañana, cuando los cruceros se agrupan en torno al monasterio de las Benedictinas y esperan a que lleguen los romeros, danzantes y cabildos. Cuando eso sucede, el hermano mayor de la Cofradía da la señal para que comience la celebración.
Este año han venido 57 cruces de los 90 pueblos que habitualmente acuden a Jaca el día de la fiesta mayor. Proceden de las Tres Veredas y son piezas de orfebrería que llaman la atención por su hechura, delicadeza y vistosidad.
Antes de comenzar la misa, los cruceros se reúnen en la capilla de santa Orosia, donde se pasa lista: Abay…, Santa Cilia…, Santa Cruz de la Serós…, Santa Engracia…, Villarreal…, Yosa. Terminado el conteo, la Cofradía invita a pastas y vino que se sirve en porrón; unos minutos de asueto para saludar a compañeros, hablar de la cosecha y del calor que arreciará durante la procesión.
La misa acaba con el canto del himno de santa Orosia, interpretado por el coro de la Capilla de Música de la Catedral de Jaca, con todos los asistentes en pie, en absoluto respeto y recogimiento, una actitud que se prolonga cuando empieza a escucharse un cántico orosiano en un idioma desconocido, el que se habla en la lejana Bohemia, en la República Checa, y que entona una voz femenina, la de una mujer que pertenece a la delegación que durante estos días visita Jaca y Yebra de Basa y que ha venido a conocer los viejos ritos y tradiciones en torno a santa Orosia que forman parte de nuestra cultura local.
“Ha sido un día muy emotivo”, reconocerá el arzobispo de Bohemia al alcalde de Jaca al concluir la procesión, sorprendido de la “gran devoción” que hay en Jaca y Yebra de Basa por la santa de origen eslavo.
Se prepara la procesión. Los mozos de las escuadras de Artesanos y Labradores de la Hermandad del Primer Viernes de Mayo sacan las urnas que contienen las reliquias de san Indalecio, san Félix y san Voto para colocarlas en sus respectivas peanas, amarradas con cuerdas rojas y adornadas con flores. Tras ellos, es el turno de los portadores del relicario que custodia el cuerpo de santa Orosia. Van vestidos con valonas blancas, una tradición familiar que pasa de padres a hijos. El relicario se sujeta a la base con dos pasadores laterales y se asegura también con cuerdas de color rojo.
A la salida de la catedral, la urna será acariciada por cientos de pétalos de rosa lanzados desde el balcón de la familia Gracia. Proceden de los rosales de su huerta y que han reservado para este día de fiesta. A lo largo de la procesión, volverá a repetirse la misma escena en otros lugares y balcones, pétalos de rosa arrojados al aire que revolotearán en torno al baldaquino que da protección a la gran arqueta de plata.
La peana de santa Orosia marca el ritmo de la procesión, parando cada pocos metros para que sus portadores puedan descansar, secarse el sudor y refrescarse con un poco de agua. Van acompañados por los romeros, cubiertos con el robusto ropón marrón, y arropados por los danzantes y bailadores, que apenas dejan de trucar sus palos y de bailar al ritmo que marcan las castañuelas. Delante de ellos, el pendón de la Cofradía de Santa Orosia, la cruz procesional de Jaca y los cruceros, encabezando la marcha; seguidos del Paloteao del Grupo Folclórico Alto Aragón, los oferentes vestidos con el traje regional, los peñistas de Estrapalucio, Charumba y Enta Debán, las urnas de San Indalecio, san Félix y san Voto, y el estandarte y los cofrades de la Real Cofradía de Santa Orosia. A la espalda de la urna, van los cabildos, junto al clero y las autoridades, cerrando la comitiva la Banda Municipal de Música Santa Orosia.
A la llegada a la plaza Biscós, y mientras se organiza la exposición de los mantos y la veneración de la reliquia, el pendón ondea ya libre, agitado por el viento; los danzantes y bailadores tienen la ocasión de exhibir los bailes que no han podido lucir durante la procesión, y el público trata de buscar los lugares de sombra para resguardarse de un sol que ya cae con toda su fuerza.
Dos llaves distintas, una custodiada por el cabildo catedralicio, la otra por el municipal, abren la urna que contiene la reliquia de santa Orosia, una prerrogativa que les corresponde al alcalde de Jaca y al deán de la Catedral. De su interior, uno a uno, van surgiendo los mantos donados durante siglos por sucesivas generaciones de jacetanos. No están todos, solo una pequeña muestra, pero es suficiente para percatarse de la riqueza que atesoran, confeccionados con ricas telas y bordados de oro y plata.
Cuando el obispo extiende los brazos y levanta la reliquia, mostrándola en todas las direcciones, suena de nuevo el himno de santa Orosia, que interpretan el coro de la Capilla de Música de la Catedral y la Banda de Música; el pendón cubre la plaza y los danzantes y bailadores se mueven al unísono, sin parar un solo instante. Ya solo se detendrán cuando la reliquia vuelva a depositarse en el interior de la urna, a la espera del regreso a la catedral y de entregarse a la gran apoteosis final.




















