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125 AÑOS

Abril 1998

Prueba de luz realizada al Santo Grial que se conserva en la Catedral de Valencia. ASOCIACIÓN CULTURAL SANTO GRIAL

Una de las mejores reliquias que posee la santa iglesia metropolitana de Valencia, es el sagrado Cáliz en que Nuestro Señor Jesucristo consagró en la noche de la Cena.

El dueño de la casa en cuyo cenáculo celebró el Salvador la Cena e instituyó el Santísimo Sacramento, era un varón muy noble, llamado Chusa, mayordomo y tesorero del tetrarca de Galilea, Herodes Antipas; varón poderoso y santo cuya esposa, llamada Juana, era discípula del Señor y una de las santas mujeres que acompañaba, con otras muchas, como dice San Lucas, a Jesucristo y a sus discípulos por lugares, castillos y desiertos, y les mantenía a su costa.

En este edificio celebraron los Apóstoles el primer concilio, y antes de separarse escribieron el Símbolo apostólico; en él permaneció la Santísima Virgen los catorce años que sobrevivió a la Ascensión de su Hijo a los cielos. Los Apóstoles se repartieron cuanto la había pertenecido, y es regular le cupiese a Simón Pedro, como jefe de todos ellos, la sagrada reliquia que nos ocupa, quien la llevó consigo a Roma, en cuya ciudad fue venerada, sin dudarse de su certeza, hasta el año 258 de nuestra redención.

En esta época gobernaba la Iglesia San Sixto II, quien reconociendo próximo su martirio, encargó a su tesorero San Lorenzo repartiese los tesoros y alhajas de la Iglesia. Este glorioso español, viendo que la persecución se prologaba, envió el sagrado Cáliz a Huesca, su patria, en el año 261.

Invadida España por sarracenos en el año 712, Audeberto, prelado en aquel entonces de Huesca, se retiró llevándose el santo Cáliz a la cueva del histórico monasterio de San Juan de la Peña, inmediato a esta ciudad, en cuyo recinto estuvo venerado seiscientos ochenta y seis años, hasta que habiendo subido al trono Don Martín I, llamado el Piadoso, manifestó al abad Fr. Bernardo sus vivos deseos de que se colocase tan preciosa reliquia en su real palacio de la Aljafería.

La intervención de San Vicente Ferrer en este asunto fue tal, que la santa reliquia fue entregada en manos del Rey y colocada dentro de una arquilla de marfil el 26 de diciembre de 1399. En esta capilla se veneró el santo Cáliz solo veintitrés años, conservado y respetado de los reyes de Aragón en su real palacio. En él, durante su vida, le veneró al rey D. Martín, quien le había sacado, como se ha dicho, de San Juan de la Peña. Continuó los cultos su sucesor D. Fernando I el Honesto, y acompañó la herencia del reino con la misma devoción el hijo mayor de éste, Don Alfonso V el Sabio.

Muerto D. Martín, pasó la sagrada reliquia a D. Alfonso V, el Magnánimo. Este príncipe, aficionadísimo a los valencianos, fue a residir en el palacio del Real de Valencia, y labró en él una magnífica capilla en la que fue colocado el santo cáliz.

Después de algunos años, teniendo el Rey que partir a Aragón, el día 11 de abril de 1424 reunió en su palacio a los representantes de los dos cabildos, eclesiástico y secular, y el honorable Mosen Guillén de Vich, camarero mayor, hizo saber la próxima partida del Monarca, quien deseaba se encargasen de custodiar en la sacristía de La Seo, además de otras muchas reliquias la del santo cáliz; y habiéndose aceptado, fueron depositadas en dicha sacristía, hasta que en 1437 fueron donados por dicho Rey al ilustre cabildo eclesiástico que las tenía en depósito; así consta de la escritura autorizada por los notarios Pedro Angresola y Jaime Monfort, que se halla custodiado en el archivo de la Santa Iglesia Catedral, de manera que la santa reliquia está custodiada y venerada en Valencia, desde D. Alfonso de Borja, después Pontífice con el nombre de Calixto III, hasta el presente.

Este sagrado cáliz es de piedra ágata cornerina oriental, según confiesan los lapidarios más insignes, que han investigado con toda diligencia y esmero su materia determinada; y con este solo nombre se halla en los inventarios de las sagradas reliquias que el muy ilustre cabildo catedral mandó hacer en 1660, trasladado de un manuscrito del tiempo de D. Alfonso V, rey de Aragón, y D. Juan, rey de Navarra, su hermano.

El color de este sagrado cáliz es tan extraño y peregrino, que al volverle se van formando diferentes visos y luces de colores al pasar la vista. Nadie ha podido explorar la especie de su principal color. La sagrada copa, que es en la que consagró Nuestro Señor Jesucristo, es de ágata, del tamaño de una media naranja, grande, capaz de unas diez o doce onzas de vino; alta unos ocho centímetros, sin guarnición alguna. El pie del mismo color que la copa, parece de concha, y éste solo está guarnecido alrededor y centros con fajas de otro purísimo, con treinta y ocho perlas finísimas del grueso de un bisalto, dos balajes y dos esmeraldas o amarantos de gran valor, y es de alto de seis a siete centímetros. La vara con su nudo, alta seis centímetros, y las dos asas son de oro purísimo con primorosos buriles, que denotan su gran antigüedad. Finamente, todo el sagrado cáliz, entre copa, vara y pie tiene sobre veinte centímetros.

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