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«Si quisiéramos de verdad construir un mundo más justo, tendríamos que reducir necesariamente algunos de nuestros actuales privilegios»

Desigualdades y derechos fundamentales. PEGGY MARCO/PIXABAY

Muchas personas no tienen la vida (educación, profesión, economía, reconocimiento…) que nosotros tenemos, pero ¡no es nuestro problema! Podemos ayudar y mejorar un poco la vida de alguno, pero ¡no está en nuestra mano arreglarlo todo! Este mundo es así, los recursos son limitados y no es posible que todos tengamos las mismas ventajas.

Por otra parte, la verdad es que tampoco hay tanto que cambiar. Hemos avanzado mucho. Tenemos una Declaración Universal de los Derechos Humanos (DUDH) que reconoce derechos básicos universales y hay unas leyes que regulan la educación y la sanidad para todos. Asimismo, aunque es cierto que en este momento vivimos una crisis económica, se han establecido, gracias al esfuerzo altruista de muchas buenas personas, unos bancos de alimentos, comedores e incluso clases de apoyo para que nadie se quede sin comer o sin educación.

Hay que reconocer, igualmente, que la razón de las diferencias no está tanto en la sociedad en general como en los individuos o grupos sociales concretos. Algunos son más inteligentes, eficientes o emprendedores que otros y también sucede que, mientras unos están dispuestos a esforzarse para mejorar su vida, otros son muy vagos y, a la vez, exigentes. Además, no todos somos blancos, de clase media, heterosexuales y cristianos, por lo que no sería justo que, siendo desiguales, se nos tratara de igual modo.

Hasta aquí un discurso que, quizás con otras palabras, hemos oído hasta la saciedad. Tantas veces se repite que, en ocasiones, casi ha llegado a convencernos. Sin embargo, aunque pueda parecer coherente, ¡no es cierto!

Es verdad que existe una DUDH que confiere a todos derechos básicos. El problema está en que el reconocimiento de muchos de ellos es solo formal porque no se recoge suficientemente en la legislación de cada país. De hecho, y como botón de muestra, en lo que se refiere al derecho a la alimentación, es obvio que la DUDH indica la necesidad de un nivel de vida adecuado que nos la facilite, y no significa de ningún modo que nos la proporcionen, como limosna, comedores o bancos de alimentos para blanquear el incumplimiento institucional.

Estamos de acuerdo, asimismo, en la afirmación aristotélica de que tan injusto es el trato igual a los desiguales como el desigual a los iguales, pero olvidamos la causa de esas desigualdades porque, aun teniendo todos derecho a la educación, es obvio que niños con análoga inteligencia e idénticas ganas de aprender, pero pertenecientes a grupos sociales, culturales y económicos diferentes, no obtendrán los mismos resultados.

También se nos dice que el acceso a la sanidad es universal, pero, como hemos comprobado recientemente, frente a una pandemia no es igual vivir en pisos de 50 m2 que hacerlo en casas de 300 m2 con su jardín. Y tampoco es lo mismo disponer solo de un servicio de salud pública con largas listas de espera que disfrutar, además, de un seguro privado que permite ser atendido en un periodo más breve.

Por otra parte, aunque todos tenemos derecho a un puesto de trabajo, algunos lo obtienen con mucha más facilidad y mejor remunerado gracias a los estudios que sus familias les han podido pagar y a los contactos de las mismas.

Tampoco pueden acceder igualmente a una vivienda quienes disponen de la ayuda de sus padres que los que solo cuentan, si es el caso, con sueldos pequeños.

Respecto a la libre circulación, mientras unos pueden viajar con libertad y son bien recibidos allí donde van, otros lo hacen en patera y, por supuesto, no consiguen vivir donde quisieran.

Y en lo que se refiere al derecho a formar una familia, muchas jóvenes de hoy están dejando de tener hijos por la falta de reconocimiento social y porque, si perdieran su puesto de trabajo, se verían, antes o después, en la pobreza.

No, no es cierto que la razón fundamental que explica las desigualdades radique principalmente en la personalidad de los distintos individuos o grupos. Aunque esas diferencias particulares existan, tienen repercusiones muy dispares en función del lugar, la cultura, la familia de nacimiento y el modelo de sociedad en la que a cada uno nos toca vivir. Esto supone que hoy, en nuestro mundo, podemos hablar de países empobrecidos o en situación de exclusión debido a un desarrollo injusto.

Resolver el problema de las desigualdades no es fácil porque creemos tener derecho a las prebendas que nuestras circunstancias han hecho posibles. No tenemos en cuenta que hay otros, humanamente tan valiosos como nosotros, que no pueden aspirar, ni de lejos, a algo similar. La clave está en que, si quisiéramos de verdad construir un mundo más justo, tendríamos que reducir necesariamente algunos de nuestros actuales privilegios. ¿Estamos dispuestos a intentar conseguir un desarrollo más equilibrado y equitativo?

Firmado: COLECTIVO PENSAMOS (pensamos6@gmail.com)
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