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«A lo mejor los cuentos a los que acceden ahora siguen siendo, aunque más subliminalmente, racistas, machistas o clasistas y transmiten unos criterios éticos muy poco recomendables»

Una adaptación moderna del cuento de Caperucita Roja. BRANDON SERNA (Pixabay)

La educación de la infancia y juventud es el resultado de la cultura en la que se vive. La nuestra se ha transformado radicalmente en los últimos 50 años y este cambio sigue efectuándose cada día.

Las diferentes sociedades han transmitido sus valores a las nuevas generaciones a través de los cuentos. De narrarlos se encargaban, tradicionalmente, los mayores. Ahora son otros quienes lo hacen con diferentes medios y soportes, y les inculcan, habitualmente de manera subliminal, lo que interesa que aprendan.

Son muchos los niños y niñas que, cuando son pequeños, viven momentos inolvidables compartiendo instantes de intimidad y fantasía mientras escuchan cuentos en la voz de sus padres, abuelos y otros adultos, quienes, según las expresiones que observan en los menores, son capaces de modificar el relato y adaptarlo a cada circunstancia concreta subiendo o bajando la voz, quitando o ampliando algún fragmento, cogiéndoles las manos, haciendo gestos determinados, dándoles un abrazo… De este modo, el narrador traza, a través de los cuentos, un itinerario mágico que supera el soporte material y permite convertir este instrumento en un puente de relación y comunicación mediante la palabra. En la situación emotiva y cálida que el adulto crea cuando lee o cuenta un cuento, aparecen componentes positivos que los adolescentes redescubrirán más tarde en la lectura.

Sin embargo, conforme crecen, se sustituyen esas experiencias por otras que, a través de diversos soportes electrónicos (tablet, móvil, portátil…), resultan más solitarias. Seguramente el medio digital tendrá un contador de historias muy bueno, con bonita voz y preparación, y que, si además se acompaña de imágenes, llegará a hipnotizar, aunque probablemente no pueda generar la magia de aquella relación cercana y afectuosa.

Pero el pasado no vuelve, el futuro se está construyendo y el modelo de vida que llevamos no nos permite estar mucho tiempo con nuestros hijos o nietos, así que, aunque quizá no podamos evitar que los niños de hoy accedan a los cuentos a través de las diferentes plataformas, nos conviene al menos saber qué es lo que están viendo y oyendo, no sea que resulte discrepante con lo que les querríamos transmitir.

Al analizar los cuentos tradicionales, descubrimos que muchos eran machistas y sexistas, pero los padres, al contarlos, podían intervenir y adaptar el relato. Por cierto, ligeramente modificado, el cuento de Caperucita es, por desgracia, muy actual: se escribió para avisar a las niñas del peligro de ir con desconocidos y andar por caminos solitarios. En aquel momento el bosque era la zona más peligrosa. Ahora, tanto los lobos como los lugares de riesgo son otros, pero siguen siéndolo sobre todo para las mujeres y para quienes son diferentes.

Es preciso conocer si los niños y niñas de hoy también escuchan y ven cuentos similares a aquellos en los que las mujeres aparecían como unas bobas incapaces y los hombres debían ser valientes sin llorar nunca ni hablar de sus sentimientos o temores. A lo mejor los cuentos a los que acceden ahora siguen siendo, aunque más subliminalmente, racistas, machistas o clasistas y transmiten unos criterios éticos muy poco recomendables. Además, hay que tener mucho cuidado porque hay algunos con la etiqueta de cuentos de valores que no son tales, pues sus autores se limitan muchas veces a coger una narración y cambiarle cuatro tonterías. Por ejemplo, que Caperucita se come al lobo, creyendo que con eso cambian algo.

Pero no solo debemos protegernos de lo negativo. Es muy importante, asimismo, crear lo positivo. Es cierto que vivimos agobiados por nuestras ocupaciones e intereses cotidianos, pero también lo es que en el tiempo que dedicamos a nuestros pequeños es más importante la calidad que la cantidad y que nosotros también podemos, además de cultivar el relato oral de los cuentos tradicionales o de nuestra creación, usar esas plataformas que invaden las emociones de nuestros jóvenes para ayudarles a desarrollar el espíritu crítico y los valores de la tolerancia, el respeto, la generosidad, etcétera, que ayudarán a construir una sociedad más reflexiva, justa y libre.

Firmado: COLECTIVO PENSAMOS (pensamos6@gmail.com)
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