«Tenemos que conseguir rendición de cuentas, consultas ciudadanas y movilizaciones para que nuestros representantes políticos conozcan nuestras demandas y sientan también, cuando proceda, nuestro apoyo»

El colectivo Pensamos recuerda la importancia de unirse, colaborar y exigir que el voto ciudadano ayude a configurar una democracia sólida. TUMIN/PIXABAY
Hoy queremos plantearnos qué entendemos por política. Creemos que la verdadera política es la que apuesta por instituciones transparentes donde puedan participar activamente todos los ciudadanos en la búsqueda del bien común. Pero en los últimos tiempos se detecta en ellas una crisis grave por varios motivos:
- Los valores tradicionales y la estructura social se han modificado profundamente, y en España algunas personas rechazan, ahora, las nuevas libertades y sienten cierta nostalgia de anteriores gobiernos de tecnócratas o de militares.
- Muchos creen que los partidos no cumplen su función porque anteponen sus intereses al bien común y no son capaces de llegar a mínimos acuerdos. Ellos lanzan consignas como “No hay pan para tanto chorizo”, “No nos representan”, “Son todos iguales”.
- Decepcionan algunos de nuestros representantes, sea por sus casos de corrupción que, penalizados o no, se banalizan o se presentan como inevitables, o sea porque forman parte de una élite bien pagada que vive de espaldas a los problemas reales. Los eslóganes en este caso serían “Aquí nadie dimite”, “Nadie va a la cárcel”, “Nadie devuelve lo que han robado”.
- Los medios de comunicación producen recelo por estar excesivamente polarizados y porque sus criterios están condicionados por la dependencia económica, agravada en el caso de los públicos por el control político.
- Las redes sociales irrumpen en el debate público y, en muchos casos, producen fenómenos de desinformación y de manipulación.
Todas estas razones de desprestigio de lo público podrían ser afrontadas por la política, pero hoy se utiliza su descrédito para fomentar una actitud apolítica que tiene diversos rasgos:
- Desconfianza en las instituciones del Estado, desprecio de los políticos y desinterés por las informaciones que recibimos, que hacen que ya no nos creamos nada y que, a la vez, seamos capaces de creernos cualquier cosa.
- Sensación de soledad y de no poder hacer nada (sabemos mucho y podemos muy poco), producida por un exceso de información digital con insuficiente comunicación interpersonal.
- Conformismo airado (no hago nada, pero me enfado con todo) de ciudadanos libremente obedientes, pasivos y silenciados que han interiorizado un “no sabemos pensar”, unido al miedo al rechazo cuando se exponen criterios políticos distintos a los mayoritarios.
- Identificación con nuestro propio grupo, considerando a quienes son, sienten o piensan de modo diferente (migrantes, transexuales, musulmanes, etc.) como enemigos. Solo toleramos diferencias superficiales.
- Búsqueda del bienestar económico, sobrevalorado muy por encima del sociopolítico, lo que coloca peligrosamente a nuestras democracias en un terreno inestable y nada consolidado.
Una población que no se interesa por la política, no la sigue o no la entiende, es mucho más fácil de conducir, aunque esté muy enfadada, que otra preocupada y crítica. Por ello, todos estos rasgos han sido convenientemente cultivados por una corriente antipolítica en auge y de características precisas:
- Consigue que se confunda la búsqueda de una vida digna para todos con un proyecto de dominio sobre pueblos y recursos.
- Manifiesta hostilidad contra los consensos básicos de una política democrática que considera sospechosa, pero a la que no pretende mejorar, aunque a la vez se aproveche de esta.
- Propone el traspaso de importantes parcelas del poder a supuestos expertos (aristocracia de pocos, pero mejores) o a embaucadores (demagogia) que, sin argumentos de peso, movilizan nuestros afectos para convencernos de que ellos lo harán mejor.
- Transforma nuestra decepción política en devoción antipolítica sirviéndose de la mentira, el insulto, las falsas noticias y el recurso a las emociones.
- Confunde valor con crueldad y logra que algunos se consideren rebeldes y valientes cuando se oponen al derecho universal a tener derechos. De ahí el auge del racismo, la xenofobia, el machismo…
¿Qué podemos hacer? Nos compete a cada uno dejar de hacer oídos sordos a los problemas. Debemos también escuchar y actuar junto a quienes piensan y sienten de modo diferente, a fin de que la democracia pueda corregir sus propios errores, renovar sus instituciones y lograr un país más equitativo.
Pero solos, aislados, lograremos poco. Necesitamos unirnos, colaborar y exigir que nuestro voto ayude a configurar una democracia sólida. Tenemos que conseguir rendición de cuentas, consultas ciudadanas y movilizaciones para que nuestros representantes políticos conozcan nuestras demandas y sientan también, cuando proceda, nuestro apoyo.