Para ver este sitio web deber tener activado JavaScript en tu navegador. Haz click aqui para ver como activar Javascript

El festival Arte Sonado evocó los recuerdos en torno a la “llegada de los ingleses” y la Escuela Internacional de Pintura

Acto del 50.º aniversario de la llegada de la escuela de pintura de los ingleses a Berdún. ALODIA VERGARA

Berdún vivió un fin de semana vibrante, cargado de emociones, con motivo del festival Arte Sonado, una iniciativa impulsada por María José Menal y Ángel Vergara, del grupo La Chaminera, y el Ayuntamiento Canal de Berdún, en colaboración con la Comarca de la Jacetania, para conmemorar el 50.º aniversario de la Escuela Internacional de Pintura, “la escuela de los ingleses”, que crearon los profesores de arte John Boucher y Peter Lely.

“Todo ha salido genial”, asegura María José Menal, que destaca el ambiente que se creó en torno a los actos programados y la implicación de los vecinos, especialmente de la asociación de mujeres.

Las actividades incluían conciertos y espectáculos con la participación de grupos que son referencia en Aragón, tales como El Mantel de Noa y las compañías El Silbo Vulnerado, los Titiriteros de Binéfar y La Chaminera, que el domingo presentó ¿Te suena Goya?, con el que concluyó este singular certamen artístico-musical. Pero también se dieron cita músicos locales, que dejaron momentos entrañables y divertidos, y hubo un concierto de voz y clave de Melanie Hallam y Santiago Banda y de la Coral Santa Eulalia, dirigida por Celia Casas.

Arte Sonado fue, además, una fiesta intergenaracional y de reencuentro y descubrimiento de un pasado no tan lejano, como la visita a la Tienda de Abel, comercio que se cerró en los años 80 y que se conserva “detenido en el tiempo”. “Fue increíble escuchar a los vecinos los recuerdos de la época en la que iban a comprar a la tienda”, indica Menal. También fueron muy visitadas las exposiciones organizadas en doce patios típicos de Berdún, espacios recogidos, decorados con mobiliario tradicional (cadieras, baúles…), que se convirtieron durante el fin de semana en lugares de encuentro y tertulia para los vecinos.

El acto central de Arte Sonado fue el hermanamiento musical Inglaterra-Alto Aragón, en recuerdo de lo que significó para Berdún la llegada de los ingleses y la apertura de la escuela de pintura. Fue emocionante, sobre todo cuando Vivian –la viuda de John Boucher–, que actualmente reside en Arrés, entró por sorpresa en el salón social. “Apareció en el momento oportuno y fue muy entrañable, con risas y lágrimas, pero con todo el mundo contento y aplaudiendo”, relata María José Menal. Durante el hermanamiento se leyeron dos relatos, uno de José Miguel Pérez Turrau, de Casa Alvarez (sin acento), en el que recordó cómo se vivió en Berdún el asentamiento de los ingleses, todo un choque cultural y social. En el contexto de una España que vivía el final de la dictadura, “los ingleses supusieron un terremoto en el pueblo y en el entorno”, aseguró José Miguel Pérez, que recordó que “al lado de estas dos familias se acomodarían otros extranjeros que convivían con ellos y que pasaban largas temporadas y hasta años completos por aquí”.



El otro artículo, y que se reproduce íntegramente por el interés testimonial que tiene lo que supuso aquella época, es de Kathleen Williams, una de las alumnas que acudieron a la Escuela Internacional de Pintura. Como colofón a lo vivido en esos años, se proyectó el documental La huella permanece, con testimonios e imágenes en torno a dos culturas y formas de entender la vida, muy distintas, pero que supieron confluir y encontrar espacios de convivencia, constituyéndose con el paso del tiempo en un ejemplo de integración en el medio rural.

La dimensión de un sueño

“Con la dorada luz de la tarde en septiembre, Berdún parecía irreal tal como aparecía ante nuestros ojos, tras las cuatro horas de viaje por carretera desde el aeropuerto de Bilbao. Repentinamente, según llegábamos por el amplio valle del río Aragón, con montañas violáceas levantándose a ambos lados –cubriendo la cima llana de una colina solitaria– se asentaba el pueblo de Berdún, atrapado en el resplandor del sol poniente y visto a través de campos dorados con rastrojos de panizo. ¿Era un espejismo? Ciertamente, tenía un aire de irrealidad.

Dejando la carretera de Pamplona, según continúa a Huesca, giramos hacia Berdún y pronto comenzamos a trepar por unas curvas cerradas al pueblo. Después de cenar, fuimos a nuestras habitaciones en las hermosas casas antiguas aragonesas, emocionados ante la perspectiva de pintar en tan cautivador entorno.

Al día siguiente, nos encontramos en un agradable salón en la casa de John Boucher, nuestro tutor, para una presentación del pueblo. Esta tomó la forma de un pase de diapositivas y una charrada sobre la vida y la historia de Berdún, un pueblo agrícola relativamente próspero en la ruta medieval de los peregrinos a Santiago de Compostela. La atmósfera en la escuela de pintura era deliciosamente libre y prácticamente sin normas. Sin embargo, John dijo: “solo hay un ‘no’, por favor, no os caigáis fuera del pueblo”. Con esto, lo irreal se convirtió en positivamente surreal.

Tras la demolición del castillo que hubo en la colina, en 1725, el pueblo de Berdún se trasladó de abajo a arriba y algunas de las piedras talladas del castillo se incorporaron a las casas. El pueblo entero todavía conserva un aspecto del siglo XVIII. Las casas tienen suelos embaldosados y techos con las vigas a la vista, y en alguna –¡aunque no en la de John!– se conserva la práctica de mantener el ganado y animales de tiro en la planta baja, mientras la familia vive encima. Algunos estudiantes residíamos en la casa de John, el resto en otra a la vuelta de la esquina. La planta baja de la casa junto a la de John se había habilitado como estudio, bien equipado con caballetes, taburetes plegables y sombrillas para nuestro uso y almacenados con materiales de pintura para vender. Aquí era donde tenían lugar los comentarios semanales y la sesión crítica.

Los modelos para la pintura estaban por todas partes. En las mismas calles estrechas y retorcidas del pueblo flanqueadas por altas casas con bellas portadas, balcones de hierro forjado y aleros tallados. Los pisos superiores mostraban intrigantes tejados de retorcidos valles y crestas de tejas romanas, que van del tono dorado al de la terracota, coronados por las típicas chimeneas aragonesas construidas con tejas. En el espléndido paisaje había campos de maíz dorado, de verdes prados para el ganado y de suelos recién labrados de color rojo-Devon, con distantes montañas de tono violáceo a sus espaldas y –muy a menudo– rico cielo azul.

Mañana y tarde John nos visitaría en nuestros puestos de pintura, frecuentemente acompañado por su hijo Juanito (Jonjon), un guapo chico que charlaba tan fluidamente en español con sus amigos del pueblo de todas las edades como en inglés con los estudiantes. “Un día –observó John–, Jonjon se va a preguntar por qué papá pasa tanto tiempo sentado con diferentes señoras”.

Todas nuestras comidas las tomamos en el restaurante Gallardo, conocido como “lo de Alberto”. Estaba en la estrecha calle Mayor o calle principal, unas pocas puertas más allá de la casa de John. Para acompañar la comida –que siempre era muy buena– se servían vinos locales sin coste extra. Además, el primer día de la fiesta del pueblo Alberto nos proporcionó generosamente “champán” español.

Todos trabajábamos duro, a pesar de la fiesta que nos robó el sueño durante tres noches mientras un grupo tocaba en la plaza hasta altas horas, y era seguido por el sonido de alborotadores cantando y dando palmadas, surgiendo de todas partes del pueblo. Pero el potente café de “lo de Alberto” nos devolvía a nuestros caballetes puntualmente a pesar de todo. Después de tres mañanas de estudiantes adormilados, quejándose de la falta de sueño debido al ruido, hubo algunos que, en la cuarta, cuando el resto del pueblo se sumió en el letargo posterior a la fiesta, realmente dijeron que se habían desvelado ¡por la antinatural tranquilidad!

Una mañana, en la estrecha banda de cielo entre los tejados de las altas casas de la calle Mayor, se dejaron ver no menos de veinte buitres, lo suficiente para mandar corriendo a John por su cámara. En un momento tan surrealista, una se preguntaba si ciertamente algún estudiante de pintura incauto se habría caído del pueblo abajo.

Los perros y los gatos proliferaban en Berdún. Los perros eran un amigable grupo, retozando felizmente juntos o uniéndose a voluntad a los estudiantes de pintura bien para pasear o bien para sentarse al pie del caballete, mirando de cuando en cuando hacia arriba con un alentador meneo de la cola. El gato más amoroso era, de lejos, uno de color alberge, atigrado con un toque de siamés, conocido como Elizabeth Taylor, en parte por sus bonitos ojos (no quisiera involucrarme en una difamación. Ahí lo dejo).

El salón de la casa de John era un popular lugar de encuentro. Esta confortable habitación con sus vigas, su suelo de losetas ricamente coloreadas y su espléndido fogaril aragonés, ofrecía magníficas vistas sobre el valle y era un lugar ideal para relajarse. No solo había allí una fascinante colección de libros, principalmente sobre arte, arquitectura y España, sino también en un rincón había una práctica barra de bar donde uno podía en cualquier momento preparar café o té o echarse una bebida de un conjunto de botellas bastante completo, poniendo simplemente las correspondientes pesetas en la hucha. Además, había juegos de Monopoly y Scrabble. Lo penoso acerca de esto último es que el juego siempre lo ganaba Sami, un israelí nacido en Estambul de una familia judía sefardí expulsada de España hace cuatrocientos años, que insistía en tener el tablero a sus espaldas. Qué mortificante era ser derrotado en la propia lengua de uno por un extranjero “de pie sobre su cabeza”(¿?).

La pintura no era el único arte disfrutado en Berdún. El padre de Alberto Gallardo, don Aquilino, era un buen músico que enseñó guitarra y otros instrumentos de cuerda y dirigió un talentoso grupo de tañedores. En la tarde de nuestra llegada, dieron en el bar, después de la cena, un concierto de bienvenida a casa a Charis, la hija (escolar) de John que había viajado con nosotros desde Londres. Se les unió el violinista Andrés, uno de los taxistas que nos habían venido a buscar a Bilbao, en plena forma, a pesar de las ocho horas que había conducido de ida y vuelta. Al final de nuestra estancia, don Aquilino y sus tañedores nos dieron un concierto de despedida en el salón y disfrutamos de la música tanto como apreciamos el gesto.

Fue triste saber que algunos meses después de que él y sus músicos nos hubieran amenizado tan deliciosamente, don Aquilino falleció. Se le echará mucho de menos, tanto por parte de los estudiantes de pintura como por los vecinos del pueblo. Berdún nunca será lo mismo.

Durante la quincena se hicieron tres excursiones. La primera fue para ir de compras a la interesante y antigua ciudad de Jaca, al pie del paso de Somport sobre los Pirineos y, como Berdún, en la ruta de los peregrinos a Santiago (en el Camino de Santiago). Jaca no solo presume de tener la primera catedral románica de España, sino también una ciudadela fortificada pentagonal con foso edificada por Felipe II.

Una tarde entramos en el alto Pirineo hacia la frontera francesa, atravesando la Foz de Biniés y valle arriba hasta el viejo pueblo de Ansó con sus tejados ondulantes y largas balconadas de madera.

Pero el viaje más emocionante fue al espléndido castillo de Loarre, del siglo XI, antigua sede de los reyes de Aragón. De camino pasamos por los Mallos de Riglos, gigantes rocas de basalto rojo a cuyos pies un manojo de motas blancas eran el pueblo de Riglos. El castillo de Loarre apareció ante nuestros ojos en la distancia, destacando en el remoto paisaje que se extiende hacia el sur, hacia Zaragoza. Visto desde los campos teñidos por las otoñales flores de azafrán a sus pies, el castillo parecía formar parte de sus cimientos rocosos. Tanto como una residencia real en posición destacada, Loarre era un monasterio fortificado y contiene dentro de sus muros una iglesia románica intacta iluminada por el suave y cálido brillo de las ventanas de alabastro. Andrés nos demostró la soberbia acústica de la iglesia tocando el Ave María.

Al final de la quincena sentimos que nos habíamos convertido en parte de Berdún. Lo irreal y lo surreal se habían mezclado con la realidad y era nuestra casa lo que empezábamos a sentir remoto y casi irreal. Ahora que estamos de vuelta en Inglaterra, Berdún ha adquirido la dimensión de un sueño; pero nuestros lienzos al fin son reales y con su ayuda podemos regresar al sueño en cualquier momento”.

Firmado: KATHELEEN WILLIAMS
Las fotografías de la galería de imágenes de los actos de Arte Sonado son de ALODIA VERGARA
No Comments Yet

Comments are closed