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Ser mayores

“Hacerse mayor, al contrario de lo que ocurre en otras sociedades, tiene en nuestro entorno una connotación claramente negativa”

Persona mayor con bastón. STEVEPB/PIXABAY

¿Cuándo nos convertimos en mayores? ¿Y en viejos? El concepto de mayor (un eufemismo de viejo que implica algo gastado, desechable), ha cambiado entre nosotros en los últimos años. Los avances científicos nos han proporcionado un alargamiento de la vida y una mejora en su calidad de tal modo que los límites entre las diferentes etapas vitales, siempre difíciles detransitar, son hoy difusos. Sin embargo, nuestra sociedad sigue sin valorar a las personas mayores y, en consecuencia, de alguna manera las ‘tira’ al hacerlas invisibles. En efecto, ¿dónde están en la publicidad, el cine, la literatura…? Parece que, excepto en fechas electorales o como potenciales consumidores (de seguros, viajes o ropa deportiva), resultan superfluas, puesto que ya hay gente joven perfectamente preparada en todos los ámbitos.

Es cierto que los años producen un desgaste significativo tanto físico como psicológico y llega un momento en que se debe asumir el trance que supone aceptar que somos esa nueva persona que vemos en el espejo o en la mirada de quienes nos rodean, con cuya imagen nos cuesta identificarnos, y nos olvidamos del valor de nuestra experiencia y de los conocimientos acumulados durante la vida.

Pero quizás la mayor dificultad proviene, no tanto de nuestras íntimas emociones, sino de las circunstancias que nos rodean. Hacerse mayor, al contrario de lo que ocurre en otras sociedades, tiene en nuestro entorno una connotación claramente negativa. En primer lugar, porque supone, al menos en el caso de las amas de casa viudas que, aunque trabajaron muchísimo, nunca tuvieron sueldo ni cotizaron, una merma significativa de los ingresos económicos. Conlleva, también, una clara pérdida de prestigio porque, como puede constatarse diariamente al ir por la calle, leer los periódicos o ver cine, salvo excepciones, el mundo de las personas de más edad es irrelevante y se tolera solo a condición de que conserve una apariencia juvenil, activa y alegre. Además, ser mayores implica, según la expectativa social predominante, convertirse en cuidadores gratuitos y entusiasmados de los nietos y, a veces, incluso de sus padres, una perspectiva poco apetecible.

Ante esta situación, muchas personas reaccionan intentando adaptarse de distintos modos, haciendo lo que se espera de ellas, dando paseos, viendo la tele, pasando algún rato con otras de edad similar, es decir, ‘ir tirando’. Sin embargo, existen, además, a nuestro juicio, otros dos modos frecuentes de afrontar esta etapa vital. Está, por un lado, la actitud de resignada soledad de quienes, cuando sus fuerzas flaquean, son cruelmente abandonadas. Pero, por otro lado, algunas personas ejercen cierta forma de rebeldía contra la insensibilidad que deja de lado a quienes no son capaces de seguir el ritmo vertiginoso de nuestro tiempo, una rebeldía que les permite vivir sus vidas en presente y hacer de las mismas –ya nunca jóvenes– una creación generosa, alegre y plena.

No obstante, ellas no pueden superar solas este reto. La inversión de la pirámide demográfica precisa cierta transformación social y la práctica de actitudes que fomenten el respeto, la protección y la promoción de los mayores haciendo efectivos sus derechos económicos, sociales y culturales. Conseguir este objetivo exige 1) la asistencia a los más ancianos para el logro de una vida digna y satisfactoria, 2) el fomento de la práctica, intergeneracional y en horario flexible, de distintas actividades, 3) la formación en el uso de las nuevas tecnologías y 4) la presencia de las personas ancianas en anuncios, novelas, series, etc.

Aunque se haya vivido ya el pasado y se sea consciente de que cada vez queda menos futuro, no hay que desfallecer: todos tenemos el presente y es tarea de cada grupo social y de cada persona afrontar la manera de adaptarse o transformar el mundo en que le ha tocado vivir.

Firmado: COLECTIVO PENSAMOS (pensamos6@gmail.com)
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