Para ver este sitio web deber tener activado JavaScript en tu navegador. Haz click aqui para ver como activar Javascript

“Para mí la calidad se puede encontrar en cualquier tamaño, pero hacer frente a un libro de mil páginas sin calidad provoca que se nos instale en la mesita de noche una especie de ladrillo”

Ilustración de una edición de La Regenta, de Leopoldo Alas Clarín, de 1885, realizada por Juan Llimona y F. Gómez Soler. SE

Las publicaciones literarias se suceden diariamente y de forma ininterrumpida. Surgen cantidad de escritores noveles, los premios también potencian esta actividad, pero tenemos que distinguir entre cantidad y calidad como en todo en nuestra vida. Me viene a la cabeza aquella frase bíblica de “muchos son los llamados y pocos los escogidos”.

En cuanto al tamaño y extensión de los libros no hay nada nuevo porque la literatura clásica ya está plagada también de libros gordos, hubo después una época en la que el libro pequeño prevaleció, sin embargo, ahora el libro gordo los ha eclipsado y a algunos les ha dado por llamarlo “literatura pobre” al libro de pequeña extensión. Para mí la calidad se puede encontrar en cualquier tamaño, pero hacer frente a un libro de mil páginas sin calidad provoca que se nos instale en la mesita de noche una especie de ladrillo, como un parásito, y el hartazón puede ser mayúsculo. Habrá quien lo lea por amor propio, otros por postureo, yo, siempre lo he tenido claro y lo aparco como me ha ocurrido con alguno y admito mi derrota, no sé, si triunfo; lo que no voy a hacer es leer por obligación. Considero que la vida es demasiado corta como para leer semejantes textos tan largos e indigestos sin ninguna motivación. Hoy día se ha convertido en algo habitual y la literatura está presidida por cerebros prolíficos que copan las librerías con obras que rondan las mil páginas. Leyéndolas se pueden excluir muchas de ellas ya que se pierden en narraciones banales y sobre todo en descripciones repetitivas y absurdas. Coloquialmente, se llama paja y son de relleno, por lo que en momentos determinados empachan. Un libro te tiene que transportar la mente, que dicha ficción te desactive y que el entorno se desvanezca, pero si esto ocurre al revés me está privando de las vivencias de mi alrededor, interesantes, casi siempre, y que no me las quiero perder.

También podríamos aplicar aquel axioma del cine: “Todo lo que no puedas contar en hora y media en una película no merece la pena contarlo”. “Lo bueno, si breve, dos veces bueno”, decía Baltasar Gracián.

No obstante, como he dicho, la calidad se puede encontrar en cualquier formato y como ejemplo pondría La Regenta, libro extenso que a mí se me hace corto de páginas, y El lazarillo de Tormes, breve, pero pura esencia, y que hubiese sido una bendición por parte de ese autor anónimo que se hubiese explayado más.

En cualquier caso, es la predisposición de la mente del lector la que actúa enjuiciando según su criterio subjetivo y seguramente sobre una misma obra habrá opiniones para todos los gustos.

Firmado: MARIANO AGUAS JÁUREGUI
No hay comentarios todavía

Los comentarios están cerrados