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125 AÑOS

Mayo 1896

Las noticias de la sequía en toda la Península son aterradoras: el telégrafo con su acostumbrado laconismo traza las siluetas del pavoroso porvenir que nos espera si la Providencia no extiende pronto su manto protector sobre nuestra desgraciada patria.

A las desdichas de una guerra costosa e inútil tendremos que agregar las angustias que produce la miseria, el hambre en muchas comarcas, y quizá la peste, porque la historia nos enseña que esas tres calamidades suelen con frecuencia juntarse para diezmar a la humanidad.

Pocas veces se ha observado una sequía tan persistente y general como la que actualmente nos aflige, y aunque en mucha parte del Alto Aragón es un mal crónico, que se cuenta por décadas y que conduce a muchos montañeses al abandono de las tierras y del hogar buscando en apartadas regiones el sustrato que les niega su patria, no por eso deja de impresionar vivamente nuestro ánimo por lo mismo que comparten nuestro dolor las demás provincias de España.

Y ante esta calamidad nacional, ¿qué medidas toma el gobierno de la nación?

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