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Esta entrevista al diestro aragonés Manuel Bravo López, “Relámpago”, cuyo encabezamiento ha sido ligeramente retocado para adaptarlo al contexto actual, fue publicada en la edición de El Pirineo Aragonés de 23 de agosto de 2019, número 6.961. Manuel Bravo falleció el pasado martes en Jaca, ciudad en la que residía desde 1993. Este es nuestro homenaje a una gran persona, a un buen amigo y a una de las figuras del toreo de los años 60.

Relámpago en el día que tomó la alternativa, el 11 de octubre de 1960, en la feria del Pilar de Zaragoza

Manuel Bravo López tomó la alternativa en Zaragoza, en 1960, aunque su carrera como maestro taurino fue corta debido a una lesión en la rodilla. Desde que se jubiló en 1993 hasta su fallecimiento, el 19 de enero de 2021, ha vivido en Jaca

Una fisura en la rodilla, provocada por un mal paso en una de las últimas corridas de la temporada de 1958, truncó la carrera taurina de Manuel Bravo López, Relámpago, el último torero de una estirpe familiar dedicada a la lidia. A diferencia de su padre y su abuelo, que eran picadores, él prefirió la suerte de la muleta, afición que le llegó de una manera natural porque en su casa del barrio de las Delicias de Zaragoza no se hablaba de otra cosa que no fuera de toros y caballos. Junto a su padre Antonio, uno de los más famosos picadores de mediados del siglo XX, tuvo la suerte de conocer a los grandes maestros de aquella época: Antonio Bienvenida, Julio Aparicio, Mariano Cabré, Manolo Escudero…

Nacido el 5 de abril de 1935, comenzó a actuar en los ruedos en 1952 y tomó la alternativa el 11 de octubre de 1960, en la feria del Pilar de Zaragoza, con Gregorio Sánchez de padrino y Diego Puerta como testigo. Un año más tarde, tras una faena en la Feria de la Vaquilla de Teruel, después de unos meses de zozobra, tomó la dolorosa decisión de retirarse de los ruedos al ver que la lesión de rodilla no mejoraba y le restaba confianza y facultades para enfrentarse al toro. Tenía 26 años y se encontraba en su pleno apogeo.

Cuando se jubiló en 1993, Manuel decidió venir a vivir a Jaca, ciudad en la que logró echar raíces y entablar nuevos amigos. Hasta pocos días antes de su fallecimiento, el pasado martes 19 de enero, se le podía ver paseando por las calles de la ciudad, una costumbre que, a pesar de sus dolencias de rodilla, ha mantenido hasta el final. Por ser una persona discreta, poco dada a los alardes, muchos de sus convecinos desconocían por completo que detrás de este hombre de gran porte, alto, tranquilo y extremadamente educado se escondía una de las figuras del toreo aragonés de finales de la década de los 50 y principios de los 60 del pasado siglo.

Agosto de 2019

“Desconozco de dónde viene el nombre de Relámpago, es un título heredado de la familia. Nunca he sabido por qué nos llamaban así, aunque quizá fuera porque en la familia de mi padre siempre hubo buenos jinetes”, deduce Manuel Bravo, hijo de Antonio y Ascensión, criado en el número 49 de la calle Unceta del barrio de las Delicias de Zaragoza, en una casa que compartió con sus hermanos Antonio y Pilar, ya fallecidos. En Jaca vive junto a su mujer, Obdulia, cerca de su hija Ana y su nieta Levisa, que ha heredado la afición a los caballos, la otra gran pasión de Manuel, hijo, nieto y sobrino de grandes jinetes. “Tengo que decir que era un buen jinete, aunque finalmente me dediqué al toreo, rompiendo así la tradición familiar. Mi padre Antonio, mi abuelo Manuel y los tres hermanos de mi abuelo: Tomás, Mariano y José eran picadores; éramos una familia de picadores”.

Manuel conoció y frecuentó los ambientes taurinos desde muy pequeño, por lo que no es de extrañar que enseguida despertará en él la vocación taurina. “Tenía diez años cuando toreé la primera becerrada, era en un pueblo de Zaragoza y la ganadería se llamaba Bernal. Entonces no había escuelas taurinas, como ahora, y se aprendía de forma autodidacta, a base de golpes y sustos. Teníamos que aprender viendo las ganaderías y fijándonos en todo lo que hacían los toreros”, relata.

Recuerda de aquella época que todos los años acudía con su padre a la feria de Salamanca, donde se lidiaban toros de las ganaderías de Atanasio Fernández y Antonio Pérez Tabernero, que ya no existen, aunque sí la raza, que continúa con otro nombre. “Ahí es donde me fijaba y donde aprendía, en las corridas de la feria de Salamanca, donde siempre ha habido una gran afición taurina”, explica. “Estamos hablando de principios de los 50, en pleno invierno –febrero y marzo– cuando los matadores regresaban de realizar la gira americana para empezar la temporada en España. Allí, además de ver las corridas, toreaba becerradas en el campo, lo que no dejaba de ser una gran oportunidad para ir cogiendo tablas”. Los grandes toreros de la época, con los que coincidía, también le daban consejos que luego fueron claves para poder desarrollar su carrera taurina. Se acuerda de Julio Aparicio, Antonio Bienvenida, Mario Cabré y Manolo Escudero, “que eran las figuras de la época”. “Mi afición por el toreo fue algo natural, porque era un ambiente que vivía a diario en casa, pero a mi padre no le gustaba que me dedicara profesionalmente a ello. De hecho, en Madrid me llevaba al hospital que había al lado de la plaza de toros para que viera cómo se hacían las curas, que eran muy dolorosas, para desanimarme y para que sintiera lo duro que era ser torero”, evoca. “Mi padre no quería que fuera torero, y tampoco picador, porque sabía muy bien de lo que hablaba. Él empezó con Marcial Lalanda, que fue una figura de la época, de principios del siglo XX, y acompañó durante muchos años a Antonio Bienvenida y a otros maestros como Parrita, Paquito Muñoz y Julio Aparicio. Estuvo en todas las ferias importantes de España: Sevilla, Madrid, Barcelona, Bilbao, Salamanca, Zaragoza, y en América: México, Colombia, Venezuela… La primera vez que cruzaron el Atlántico, lo hicieron a bordo de un barco que se llamaba Marqués de Comillas. Les costaba casi un mes cruzar el charco e iban con todo, con los toros, los caballos y el equipo, algo impensable ahora”, cuenta.

Relámpago abraza a su padre, el famoso picador, después de brindarle el toro de su alternativa. EL RUEDO

Dedicación al toreo

Manuel Bravo estuvo poco tiempo toreando becerradas. “Cuando vi que me gustaba y que podía, que me sentía capaz, decidí dar el salto a las novilladas sin caballos”, comenta. Tenía 15 años pero su semblante no era el de un chico de su edad sino el de un joven bien formado y plantado. “Era muy alto, muy serio y llevaba barba, por lo que parecía más mayor de lo que era y chocaba mucho que estuviera toreando becerradas, que aunque estaban pensadas para la gente de mi edad, no encajaban con mi perfil”, reconoce.

Se vistió de luces en 1951 y dos años más tarde debutó en una novillada con caballos, es decir, con picadores, en la plaza antigua de San Sebastián. “Pasé mucho miedo”, asegura. “Recuerdo que llevaba un traje de luces de color crema y oro que Julio Aparicio me dejó en un café antes de irse con mi padre a Toulouse; corté una oreja”.

A partir de ahí, su carrera como novillero fue creciendo, recorriendo las plazas de toda España, entre ellas Jaca, donde estuvo en 1953 y 1954. De la primera novillada aún guarda el cartel, impreso en los talleres de Francisco Quintilla, hijo del fundador de El Pirineo Aragonés. Aquella tarde, en la que se lidiaron “cuatro hermosos novillos” de “la acreditada ganadería de don A. Garín (antes Villita) de Zaragoza”,  compartió corrida con Gabriel Rovira, “triunfador en la novillada de feria”. Manuel Bravo, Relámpago, era “nuevo en esta plaza”, y la novillada fue patrocinada por la Cofradía de la Flagelación de Nuestro Señor Jesucristo.

“Como novillero estuve nueve años. En Madrid debuté en febrero de 1955, en Vista Alegre, adonde iba a volver en julio pero no pude porque me llamaron a filas, para hacer el servicio militar”, apunta. Sus obligaciones con la milicia no le impidieron continuar con el toreo, una vez cumplido el periodo de instrucción y jurar bandera. “Tenía incluso un permiso especial para ir a torear a Francia”, apunta entre risas.

De aquel tiempo recuerda con especial cariño las tres veces que toreó en la Monumental de Las Ventas de Madrid, la primera en 1955 y la última el 4 de octubre de 1960, una fecha que recuerda perfectamente porque fue su despedida como novillero. “Aquella tarde llovió mucho y hubo que suspender la corrida después del cuarto novillo, que era el segundo mío”, narra.

“Era una época en la que había mucha afición, en la que se llenaban las plazas, tanto para asistir a una corrida como a una novillada. De hecho, en Madrid había corrida o novillada casi todos los domingos del año”, cuenta.

En Zaragoza, ante sus paisanos, fue donde más novilladas toreó. De todas ellas evoca especialmente la del 12 de junio de 1955, poco después de jurar bandera. “Aquella tarde, con el segundo toro, sufrí la primera cornada, fue mi ‘bautizo de sangre’. Recibí una cornada con tres trayectorias en la pierna derecha, muy aparatosa y grande, porque sangraba mucho, pero que no afectó a ninguna parte vital y me permitió terminar la faena. Las orejas me las entregaron en la enfermería”, recuerda.

Como figura en el cartel, que aún conserva, fue “una grandiosa novillada picada”, con seis novillos-toros de “la prestigiosa ganadería de los señores D. Victoriano y D. Alejandro Tabernero de Paz de Salamanca, con divisa púrpura”. Manolo Bravo, Relámpago, el torero “rondeño”, estuvo acompañado del zaragozano Fermín Murillo, “que tan gran éxito alcanzó el domingo pasado”, y Manuel Gómez Romero, “que tan grata impresión causó el día de la presentación en esta plaza”. Entre la nómina de picadores, también figuraba su padre, Antonio Bravo.

“Antes de la cogida ya presentía que podía acabar mal porque aquella novilla era muy complicada. El caso es que estuve quince días en la enfermería y al mes siguiente, con la herida aún un poco abierta, ya fui a torear a Vista Alegre, y luego en agosto debuté en Madrid, en Las Ventas.

Relámpago en el día que tomó la alternativa, el 11 de octubre de 1960, en la feria del Pilar de Zaragoza.

Manuel Bravo también saltó como novillero al ruedo de La Maestranza de Sevilla, el templo del toreo en España, y estuvo en ferias como las de Barcelona y Toulouse, donde siempre ha habido una gran afición taurina. “En Toulouse tenía mucho cartel, iba todos los años para la Pascua de Pentecostés, en junio. La primera corrida que hice allí fue en 1958, con novillos de la ganadería Miura, y corté una oreja. La temporada del 58 fue redonda para mí, muy buena, aunque a final de año sufrí una lesión en la rodilla, debido a un mal paso, de la que tardé año y medio en recuperarme”, se lamenta todavía. “Fue una fisura en la rótula que tardaron mucho tiempo en localizar. Me operaron a finales del 59, un año antes de tomar la alternativa”.

En aquella temporada del 58, fue premiado con la Oreja de Plata que concedía el Club Taurino «Manolo Vázquez». “Era el galardón más prestigioso que se entregaba en Aragón en aquellos años, el que reconocía la mejor trayectoria del año”, explica.

Después de la lesión, en un festival taurino de Alcañiz, siguió toreando pero para poder soportar los dolores que sufría tenía que infiltrarse la rodilla. “Estuve en la novillada del Pilar, en Zaragoza, y acudí al Festival de Chinchón donde iban –y siguen yendo actualmente– las grandes figuras. En aquel momento coincidí con Julio Aparicio, que era el que daba el festival, y también con Antonio Ordoñez, Antonio Bienvenida y con uno de los hermanos Peralta. Y aunque en el 59 aún hice alguna novillada, no fue hasta el 60 cuando pude reaparecer, después de la operación”.

La alternativa

Cómo no podía ser de otra manera, Relámpago tomó la alternativa en Zaragoza, en la Feria del Pilar, el 11 de octubre de 1960, víspera de la fiesta grande de la capital aragonesa. “Me dio la alternativa Gregorio Sánchez, madrileño, una figura del toreo, y me acompañó también como testigo Diego Puerta, que era andaluz. No pensaba tomar la alternativa entonces porque aún estaba renqueante de la lesión de rodilla, pero se presentó la oportunidad y no pude decir que no”. “Recuerdo que pasé muchos nervios, que tenía un nudo en el estómago antes de saltar al ruedo, pero que luego todo salió bastante bien, aunque no fuera una gran corrida”. El primer toro que le tocó en suerte se llamaba Saltito, de la ganadería de Samuel Flores, de Albacete, y pesaba 482 kilos. “No era un toro gordo pero sí grande, con buenos pitones; salió bastante bueno y se dejó torear. Tuve la mala suerte de pinchar dos veces con la estocada y una con el descabello, y aunque no pude conseguir la oreja, sí que di la vuelta al ruedo. La plaza estaba a tope, completamente llena, y el público se portó muy bien conmigo, fue muy cariñoso y me arropó en todo momento”, rememora.

Del segundo toro apenas se acuerda, “porque cambiaron la ganadería a última hora, aunque no tuve problemas, fue muy bien”.

Manuel Bravo, tomando la alternativa, con Gregorio Sánchez como padrino y Diego Puerta como testigo. EL RUEDO

Su trayectoria como maestro taurino fue muy corta, de apenas un año, ya que en 1961, en la Feria de la Vaquilla de Teruel, vio que la dolencia en la rodilla no mejoraba y que era un riesgo continuar toreando. “Fue la decisión más difícil que he tenido que tomar, porque llevaba el toreo dentro y porque era consciente de que ponía fin a una carrera que no había hecho más que empezar. Mi carrera se cortó en el 58, en mi mejor año, y además no fue por una cogida sino por un mal paso que ni me di cuenta en el ruedo, sino después de la novillada, cuando estaba desvistiéndome”, explica.

Manuel Bravo se lamenta de su mala suerte y de que en aquella época no tuviera al alcance los medios médicos que existen ahora. “Entonces no se hacía un seguimiento de las lesiones como ahora ni había tampoco los avances tecnológicos con los que contamos en la actualidad. De haber existido, probablemente hubiera podido seguir toreando”, se queja.

Con el paso de los años, ha comprendido y asimilado que aquella decisión fue la “más acertada” porque para torear “tienes que estar en plenas facultades físicas”, asegura. “Si no estás al cien por cien, pierdes el sitio, la colocación y la confianza y estás más expuesto. El caso es que a mis 84 años, todavía estoy renqueante y al bajar las escaleras sigo percibiendo esa falta de seguridad al apoyar la pierna derecha”.

“Sí, estoy seguro de que fue la decisión correcta porque, al margen del riesgo que suponía para mí, continuar también hubiera sido contraproducente para el espectáculo; preferí marcharme antes de que me echaran”, comenta entre risas. “Nunca me he arrepentido de aquella decisión, porque sabía que no podía seguir, aunque sí lamento la mala suerte que tuve en el comienzo de mi carrera, nada más tomar la alternativa”, insiste.

Cuando Relámpago se convirtió por completo en Manuel Bravo, un ciudadano de a pie, siguió vinculado al mundo taurino aunque como un aficionado más. “Empecé a trabajar y tuve que conformarme con ir a ver las corridas que podía, algo que no era fácil porque era comercial y viajaba mucho por toda España”. En 1993 se jubiló y tomó la decisión, junto a su mujer, de venir a vivir a Jaca, donde ya residía su hija Ana. En este tiempo pudo retomar con fuerza su apego por la fiesta taurina, unas veces yendo a la plaza y otras viendo las corridas por la televisión. “Iba con cierta frecuencia a ver las ferias de Zaragoza y Huesca, y las de Soria y Segovia, algo que ahora ya no puedo hacer porque no conduzco; y también me gustaba mucho seguir las corridas televisadas, cuando las retransmitían”.

“Desconozco de dónde viene el nombre de Relámpago, es un título heredado de la familia. Nunca he sabido por qué nos llamaban así, aunque quizá fuera porque en la familia de mi padre siempre hubo buenos jinetes”

Manuel Bravo, en la redacción de El Pirineo Aragonés, con el cartel de la corrida en la que tomó la alternativa. EL PIRINEO ARAGONÉS

“Lo que más me gustaba era torear con la muleta, se me daba mucho mejor que con el capote”

Última faena, toreando una vaquilla en la finca La Marchosa de Alicante, propiedad de unos amigos, a principios de los 90

¿Qué cualidades debe tener un torero?

Primero mucha afición y luego, sacrificio. Hay que estar físicamente muy fuerte, y cuando se sale a torear, solo hay que pensar en el toro. Hay que estar siempre concentrado, no soñar con grandes faenas, sino saber adaptarse a cada una de las circunstancias que se presentan en una corrida. Cuando empiezas, ocurre que la ilusión con la que sales a torear te lleva a veces a realizar la faena que tienes en la cabeza y no a la que debes hacer. Cada toro es distinto y tienes que adaptarte a él en cada momento, si quieres sacarle el máximo partido.

¿Qué importancia le da a la técnica?

La técnica es muy importante, sobre todo para saber ‘leer’ el toro, porque en una faena el toro va cambiando, unas veces para bien y otras para mal. El toro es un animal que tiene mucho sentido y aprende muy rápido, por eso es fundamental, como decía antes, saber adaptarte a cada momento.

¿Cuál era su punto fuerte como torero?

La muleta. Lo que más me gustaba era torear con la muleta, se me daba mucho mejor que con el capote. También era muy certero con la espada.

¿Y cuáles son las claves para una buena estocada?

La suerte de matar es lo más difícil del toreo porque cuando entras con el estoque, en el cruce, pierdes la vista del toro. Mata la mano izquierda, la que lleva la muleta, que es la que distrae al toro para que puedas entrar con la espada.

¿Y el miedo? ¿Cómo se gestiona el miedo?

Hasta que no empieza la corrida, se sufre mucho por los nervios de la espera; pero una vez que estás en la faena, te concentras y ya estás a lo que toca. En mi caso, antes del día de la corrida me gustaba estar solo, encerrado en mí mismo, concentrado; otros toreros preferían estar acompañados, rodeados de gente. Eran diferentes formas de combatir el miedo de la espera.

¿Y qué cualidad destaca del toro como animal?

La presencia. Para mí hay pocos animales tan bonitos como el toro y el caballo, sobre todo por su presencia.

¿Cómo es el toro de cerca?

Un animal imponente. Hay que estar muy concentrado, no puedes perder ni un segundo en distraerte porque estás a su merced. Para mí lo fundamental es la confianza en ti mismo, es la manera de hacerte con él. Además, cuando estás delante del toro te enteras de todo lo que está pasando en la grada, del que aplaude y del que te chilla, por eso es importante no perder nunca la concentración.

¿Cómo era el ambiente taurino de aquellos años?

Entonces se vivía el toreo con mucha intensidad, porque había una gran afición. Hemos pasado unos años de decaimiento de la fiesta taurina, pero ahora está volviendo la gente a las corridas, la gente está volviendo a aficionarse, sobre todo los jóvenes.

¿Cómo convivía con las figuras del toreo de aquellos años?

He de reconocer que he sido un privilegiado porque al poder acompañar a mi padre a muchas de las grandes corridas de la época, desde el primer momento tuve la ayuda y el respeto de las grandes figuras. Además, al tener también una estrecha relación con los empresarios taurinos, siempre estuve muy cerca del ambiente taurino.

¿Cómo es el toreo actual?

Ahora se torea muy bien, por la técnica que tienen todos los toreros. Los toros son más grandes, con más kilos que entonces, pero se mueven menos, son menos ágiles. Tienen más fuerza, pero menos agilidad, aunque son animales imponentes.

El torero está también más protegido que en mis años. Las plazas cuentan con grandes medios para intervenir ante un percance o una grave cogida, y los equipos de cirujanos son verdaderos especialistas en atender cornadas y embestidas provocadas por un toro.

¿Qué toreros de ahora le gustan más?

Me gustan todos, los admiro a todos.

¡Pero dígame algún nombre…!

El Juli es poderoso y Morante de la Puebla es la esencia del toreo, cuando está inspirado.

¿Y cuál es su feria preferida?

Sevilla. Es la esenia del toreo.

¿Y qué opina del movimiento antitaurino?

A mí lo que me desconcierta es que es un movimiento que muchas veces no sabes muy bien quién está detrás, ni a qué intereses responde, ni cómo se financia para ser tan visible en Europa.

¿Una anécdota?

Toulouse 1958, una corrida de Miura, segundo toro. Se mató el solo, nada más salir a la plaza, tras chocar con un burladero. Era un toro tuerto del ojo izquierdo, lo que en el ambiente taurino se llama “toro y medio”, porque conserva la vista del ojo derecho, que es por donde te cruzas a la hora de matar. Tuve suerte.

Cartel de la corrida en la que tuvo su ‘bautizo de sangre’, el 12 de junio de 1955 en Zaragoza.
Cartel de la novillada de Jaca, el 30 de agosto de 1953.
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