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Alianza Editorial rescata en una edición no venal las Memorias de un desmemoriado de Benito Pérez Galdós con motivo del centenario de su muerte (1920-2020)

Niños vestidos de ansotanos en el Día del Traje de 2017. EL PIRINEO ARAGONÉS

El Pirineo Aragonés publicó el pasado mes de agosto un amplio artículo dedicado a la estancia de Benito Pérez Galdós en Ansó y Jaca, recuperando las noticias sobre el escritor que aparecieron en el semanario entre los años 1883 y 1920, fecha esta última de su fallecimiento. La huella de Galdós en El Pirineo Aragonés era el título que abría la tercera página de la edición número 7.011. En aquel artículo se hablaba de la llegada de Galdós a Jaca en julio de 1894, se daba cuenta de la calurosa acogida que tuvo en la ciudad y se explicaba el motivo de su viaje: visitar la villa de Ansó para ilustrar su próxima obra teatral que llevaría por título Los Condenados. El drama se estrenó el 11 de diciembre de ese mismo año en el teatro de la Comedia de Madrid, pero fue un completo fracaso. Dos décadas más tarde, en abril de 1915, se reestrenaría en el Teatro Español, obteniendo esta vez una gran ovación por parte del público y el reconocimiento de la crítica.

Despedimos el año del centenario de la muerte de Galdós con este nuevo artículo que creemos necesario, para ampliar algunos detalles de aquel viaje a tierras ansotanas de finales del siglo XIX. En el citado reportaje del mes de agosto se indicaba que por las informaciones que se habían publicado en El Pirineo Aragonés no era posible precisar cuántos días permaneció el escritor en Ansó, ni conocer los detalles de su estancia en el valle. También se decía que no había constancia en archivos y fototecas de las imágenes que el fotógrafo oscense Félix Preciado, que por aquel entonces tenía abierto un gabinete de fotografía en Jaca, realizó por encargo del autor canario. De esto último, seguimos sin tener conocimiento de su existencia; pero de lo primero, de los detalles del viaje, hay un interesante testimonio del propio Galdós que ha sido recuperado por Alianza Editorial en una edición no venal que ha publicado este año con motivo del centenario del fallecimiento del escritor.

Memorias de un desmemoriado

El librito se titula Memorias de un desmemoriado, y en él aparecen algunos de los artículos que el autor de Los Episodios Nacionales escribió por encargo, y con una periodicidad semanal, en la revisa La Esfera de Madrid en 1916.

Como indica en el prólogo Francisco Cánovas Sánchez, “sería una de sus últimas iniciativas literarias, porque su salud y su visión se deterioraron de forma irremediable”.

Memorias de un desmemoriado no ofrece un relato detallado de los aspectos esenciales de la biografía de Galdós, ni de los primordiales acontecimientos de su tiempo, ni de sus principales obras literarias. El título ya anuncia de forma irónica, que son unas memorias “desmemoriadas”, rebajando las expectativas”, precisa el prologuista.

Es más, Galdós “interrelaciona el mundo imaginario y el mundo real. A pesar de su reputación como escritor realista, se sumerge en el mundo de la imaginación, más atractivo a su parecer, que la desabrida realidad”.

Las Memorias de un desmemoriado reúnen una serie de episodios relacionados con sus viajes. Son “asuntos heterogéneos, poco estructurados, carentes de planificación, desarrollo y cronología: aspectos biográficos, acontecimientos históricos, referencias a las principales obras literarias y teatrales, actividades parlamentarias, ingreso en la RAE [Real Academia Española], preocupaciones editoriales, relaciones con amigos…”, cita Francisco Cánovas.

Las Memorias comienzan con la llegada de Galdós a Madrid (Mi llegada a la Corte) y a partir de ahí va tejiendo un itinerario personal en el que habla de sus amigos (a su “gran amigo”, el también escritor José María Pereda le dedica una crónica entera); desgrana sus recuerdos de Italia y los estrenos de obras teatrales (Realidad, La loca de la casa y La de San Quintín); y construye una crónica muy detallada del viaje a Ansó de 1894 para ambientar y situar su drama Los Condenados. El capítulo, que ocupa apenas 15 páginas y se divide en tres partes, recoge interesantes detalles del viaje y de los parajes por los que transita; pero, sobre todo, de su estancia en el valle, de sus gentes, costumbres y construcciones.

Galdós empieza hablando de Los Condenados, “un drama que debía desarrollarse en un país y ambiente medievales, el valle de Ansó, situado en el Alto Aragón, en vericuetos que se dan de trompicones con la frontera francesa”, relata el escritor en estas Memorias.

La elección de Ansó para ambientar esta obra teatral no fue una casualidad, sino que era fruto de la curiosidad por conocer el lugar del que procedían las vendedoras de té ansotanas que por aquel entonces recalaban en la capital de España con sus llamativos trajes y abalorios. Galdós, al igual que otros intelectuales de la época, se inspiraron en ellas y las inmortalizaron en sus obras, como hizo el pintor Joaquín Sorolla en los lienzos para las exposiciones de la Hispanic Society de Nueva York en 1909 y 1911.

“Bien conocidas son en Madrid las ansotanas o chesas; se las ve por esas calles vestidas con un traje pintoresco, vendiendo un yerbajo que llaman té”

Tipos del valle de Ansó en una cuadro de Sorolla (1914)

“Bien conocidas son en Madrid las ansotanas o chesas; se las ve por esas calles vestidas con un traje pintoresco, vendiendo un yerbajo que llaman té”, escribía Galdós. “Ansó es país de contrabando; el terreno es muy áspero; los hombres son fornidos, atléticos; las mujeres, gallardas, ágiles, de sutiles movimientos. La obra que con tales figuras pensaba yo escribir debían titularse Los condenados. Al imaginarla, ardía en deseos de visitar aquel país; pero ¿cómo? Me parecía tan extraviado y lejano cual Polonia o Escandinavia”, añadía.

El viaje y su amigo natural de Jaca

Gracias a un amigo, natural de Jaca, del que no da detalles, pero del que sí hay constancia en El Pirineo Aragonés, pudo emprender aquel viaje a territorio ignoto. Su amigo Sánchez y Palá, un ilustre e ilustrado jaqués de la época, salió a recibirle a la estación de ferrocarril, le hospedó en su casa y al día siguiente le llevó en coche hasta las proximidades de la “pirenaica y misteriosa” villa ya que en aquel entonces aún no estaba terminada la carretera que unía la Foz de Biniés con Ansó.

Carretera de Ansó por la Foz de Biniés (1907). | Juli Soler i Santaló

“Salimos de Jaca mi amigo y yo una mañana en carretela tirada por cuatro caballos y recorriendo un país de lozana vegetación, pasamos muy cerca de San Juan de la Peña, cuna de la nacionalidad aragonesa, y después de mediodía llegamos a un lugar llamado Biniés, donde mi amigo mandó hacer alto para que yo admirase un soberbio nogal, que era sin disputa el más colosal que en España existía. En efecto: visto el árbol de lejos parecía un monte; por entre malezas y casuchas penetramos en aquella espesura, y al llegar al tronco quedamos absortos ante la inmensa bóveda del verde y opulento ramaje. Imposible calcular los millones de nueces que pendían sobre nuestras cabezas. Hubiera yo deseado permanecer allí largo rato gozando en la contemplación de aquella maravilla; pero el descanso para los viajeros y para las caballerías había de ser más adelante, en un sitio llamado La Pardina, donde nos tenía preparada la comida para nosotros y el pienso para el ganado. Emprendimos la marcha por la empinada carretera que culebrea a la orilla derecha del Veral. Reposamos una hora, y luego seguimos nuestro camino, extasiados ante el magnífico espectáculo que por todas partes se nos ofrecía. Aquí, espesas masas de vegetación, allá ingentes rocas, en el fondo del río, a trechos turbado por cascadas espumosas, a trechos manso, permitiendo ver en su cristal las plateadas truchas. A medida que avanzábamos, el paisaje era más grandioso y los picachos más imponentes por su extraña forma y aterradora grandeza. Tras larga caminata, llegamos a un sitio donde termina la carretera”.

Galdós reproduce la conversación que a continuación comparte con su amigo, que le dice que desde ese punto ya no pueden seguir en coche: “Los dos kilómetros que nos faltan para llegar a Ansó tenemos que recorrerlos a pie”, le indica.

“Miré yo hacia arriba –continúa Galdós– y vi las casas de la villa. Como por ninguna parte distinguieron mis ojos alma viviente, creí que estábamos en un país desierto. Por último, al llegar a las primeras casas del pueblo, mi amigo, viendo mi estupefacción ante tal soledad, me dijo: ‘Todo el pueblo debe estar reunido en la plaza. Un rumor que llega a mis oídos me dice que en la plaza está la cuadrilla de titiriteros que estos días recorre todo el país’”.

“Al llegar a la plaza quedé alelado viendo los grupos de chesas, con sus trajes verdes, unas sentadas, otras en pie, y oí el alegre vocerío que en la multitud producía el gracioso espectáculo de los titiriteros”

“En efecto; penetramos en las calles desiertas, por entre casa altas, negras, ahumadas, y al llegar a la plaza quedé alelado viendo los grupos de chesas, con sus trajes verdes, unas sentadas, otras en pie, y oí el alegre vocerío que en la multitud producía el gracioso espectáculo de los titiriteros. Mi amigo empezó a llamar a voces por sus nombres a hembras y varones, y yo exclamé gozoso: ‘¡Ya me veo frente a mis Condenados! Estamos en el siglo XIV’”. Tal era la visión y el impacto que produjo en Benito Pérez Galdós su llegada a Ansó en aquel verano de 1894.

Días muy gratos en el país de los ansotanos

En la segunda parte de este capítulo de las Memorias señala que los días que pasó en la localidad fueron “muy gratos” y “grandemente instructivos”. “Los conocimientos que adquirí, pormenores y rarezas que observé tocantes a la vida social española, eran para mí un precioso caudal, que no cambiara por las riquezas que el minero extrae de las entrañas de la tierra. Yo no paraba todo el día; de las calles sombrías pasaba gozoso al campo, donde entre variados cultivos predominaban las patatas y el lino. Noté que el trabajo campesino estaba en manos de mujeres, pues para el hombre se reservaban en aquel país las rudas fatigas y los peligros del contrabando”, apunta Galdós, para añadir a continuación: “Las casas de Ansó son de piedra y muy altas. En los pisos superiores, debajo de las tejas o de las pizarras, están las cocinas; a éstas siguen siempre de lo alto a lo bajo las habitaciones vivideras: alcoba, comedor, etc., y en lo más hondo, al nivel de la calle, los graneros y almacenes. Las ansotanas son tan trabajadoras en el campo y en la casa que no se las ve descansar ni un momento. Ellas lavan, planchan, hilan y traen agua de la fuente en grandes herradas. Algunas jovencillas vi cargando en la cabeza con prodigioso equilibrio dos herradas, una sobre otra, y avanzaban risueñas, cantando coplas y bromeando con los transeúntes”.

“Las ansotanas son tan trabajadoras en el campo y en la casa que no se las ve descansar ni un momento. Ellas lavan, planchan, hilan y traen agua de la fuente en grandes herradas”

Retrato realizado por Sorolla de Sebastiana Puyó y su nieta Sebastiana Brun

Los llamativos trajes

“Merecen las ansotanas un galardón nacional por el hecho inaudito de conservar su traje arcaico –sigue diciendo–, renegando del caprichoso vaivén de las modas. Se visten por el patrón de los siglos XIV o XV. La basquilla (sic) verde es en verdad una prenda elegantísima, de largos pliegues, que dan al cuerpo cierta prestancia señoril. Los manguitos abiertos por el codo y los hombros aumentan la gallardía de la figura, y los pendientes y collares con que se adornan, así como como las chátaras de su calzado, completan el airoso conjunto. Para poder apreciar en todo su esplendor las bellezas ansotanas hay que verlas en días de gala, cuando adornan su seno con graciosos colgajos de filigranas de oro y ciñen su cabeza con pañuelos cuyo color y forma varían según edad y estado de las hembras. Según lo que vi en aquellos días, no lleva traza de terminar el uso de la vestimenta arcaica. Las únicas mujeres que visten conforme a lo que llaman moda son las que pertenecen a familias de carabineros.

En casa de Juan Sánchez Gastón

Benito Pérez Galdós cuenta que se alojó en la casa de uno de los señores “más pudientes y apersonados del pueblo”, Juan Sánchez Gastón, nombre que no figura en las Memorias, pero del que hay constancia en una de las crónicas publicadas en El Pirineo Aragonés. Sánchez Gastón le acompañó durante aquellos días y, al parecer, le dio consejo para que la obra de Los Condenados fuera lo más fiel posible a las tradiciones y caracteres ansotanos. De hecho, su celo para que Galdós no se dejara llevar por los tópicos, ni sucumbiera a la tentación de recrearse en lo pintoresco, debió ser tan grande que quiso que su madre y una prima suya fueran al estreno madrileño para no dar margen a la improvisación: “No satisfecho con los merecidos homenajes que entonces tributó e hizo tributar al justamente admirado literato, en la ocasión presente le ofrece una nueva prueba de su afecto desinteresado y de su anhelo por el buen éxito de la obra, haciendo ir a Madrid a su señora madre y a una señorita prima suya, ambas ansotanas de pura cepa, para ayudar a caracterizar los tipos”, recogía el número 662 de El Pirineo Aragonés.

Salida de misa en la iglesia de Ansó (1925) | Francisco de las Heras

La partida hacia Tiermas y Pamplona

“Pasados no sé cuántos días en aquella deliciosa ociosidad, partí para volverme a Madrid. Mi amigo me llevó en su coche desde Ansó a Canal de Berdún, donde tomé la diligencia que diariamente hacía el trayecto desde Jaca a Pamplona. Llevaba yo un recuerdo gratísimo del vecindario ansotano, y singularmente de la generosa familia que me había dado hospitalidad, colmándome de finas atenciones. En el largo camino no cesaba de pensar en mis Condenados, entreteniéndome en modelar las figuras de Salomé, Santamona, José León y Paternoy. Y eso lo imaginaba sin perder el compás de la rondalla que el mayoral cantaba con voz clara y perfecta entonación. De tal modo se fundían y compenetraban mis Condenados y la rondalla, que, cuando estrené la obra en Madrid, la música y mi drama reaparecieron en dulce maridaje”.

A partir de ahí, y tras hacer noche en Tiermas, Galdós narra su estancia en Pamplona, dando detalles de sus calles y edificios, finalizando así la segunda parte.

La tercera y última sitúa ya al escritor en Madrid y Santander, alojándose junto con su familia en un hotel que se estaba construyendo en el Paseo de la Magdalena de la capital cántabra. “Allí puse términos a mi drama Los Condenados”, cita.

Las páginas finales las dedica a hablar del fracaso del estreno de la obra y del trato que tuvo la crítica con ella, aunque lo hace de manera muy sucinta, nada que ver con la respuesta que publicó años antes, en 1895, en el prólogo de la edición impresa de Los Condenados.

“Cierro el proceso de Los Condenados –señala al final de las Memorias ansotanas–, adelantándome veinte años en esta relación para consignar que en la primavera de 1914 tuvo Federico Oliver, director y empresario del Teatro Español, la feliz idea de ofrecer a su público la revisión del drama malogrado en 1894. En este segundo estreno no se hizo la menor alteración en el texto de la obra. El éxito fue extremadamente lisonjero. Los tiempos ruedan, los públicos cambian y las obras de teatro mueren o resucitan… cuando Dios quiere”.

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