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El periodista jaqués Enrique Vicién recrea los acontecimientos del 12 de diciembre de 1930 en la novela La república que madrugó

Enrique Vicién Mañé

Este sábado se cumple el 90.º aniversario de la sublevación republicana de 1930, el episodio más importante de la historia contemporánea de Jaca por las repercusiones que tuvo en la propia localidad meses y años después, y por ser la antesala de la proclamación de la II República, el 14 de abril de 1931. El periodista jaqués Enrique Vicién, que ha investigado de forma pormenorizada este periodo y es autor de libros y publicaciones como la II República en Jaca. Una época diferente, presenta ahora la novela La república que madrugó (Editorial Doce Robles), una obra de ficción que sigue de manera cronológica los hechos que tuvieron lugar en Jaca en aquella fría mañana de 1930. Su capacidad para recrear los espacios de la época y para reconstruir los diálogos entre los personajes dan solidez a una historia que logra mantener la atención del lector desde la primera hasta la última página.

Las tropas se preparan para salir a Huesca, en la mañana del 12 de diciembre de 1930, ante la mirada de los jacetanos en la calle Mayor. En el ayuntamiento, ondea la bandera republicana. | FRANCISCO DE LAS HERAS

Pregunta.- En el epílogo de La II República en Jaca. Una época diferente, que publicaste en 1998, explicabas que el propósito de aquel libro era ofrecer los hechos del 12 de diciembre de 1930 con el mayor rigor y objetividad posibles, cediendo la voz a los protagonistas y recogiendo las crónicas de la prensa de la época. “Las citas textuales y las comillas han prevalecido sobre la tentación de novelar los hechos”, decías. ¿Por qué ahora sí has dado ese paso?

Respuesta.- Esta novela nace de un encargo de Javier Lafuente, responsable de la editorial aragonesa Doce Robles. Si no hubiese existido ese impulso, creo que no me hubiera planteado escribir sobre la insurrección de Jaca, por diversas razones. La investigación sobre lo que ocurrió ya la hizo Esteban Gómez de una manera insuperable, y yo poco más puedo añadir, al margen de detalles menores o cuestiones de matiz, que no son sino complementarias de lo ya dicho. Cuando has investigado tanto sobre un tema y ya has escrito y publicado tienes la sensación de repetirte, de contar siempre lo mismo. Y lo que es peor, los lectores pueden acabar aburriéndose de ver siempre al mismo escribiendo de manera recurrente.

P.- ¿Cuál es la dificultad de transitar por la ficción siendo fiel a la realidad de unos hechos que son tan conocidos e inamovibles?

R.- He sido fiel a lo ocurrido, porque formaba parte del compromiso con el editor, que era el de novelar un episodio histórico, y a partir de ahí he intentado buscar un nuevo punto de vista y centrarme en aspectos menos conocidos o personajes que han pasado más desapercibidos para contar una historia que tuviera la sublevación como telón de fondo. Es parecido a eso que pone a veces en algunas películas de “basado en hechos reales”, aunque haya ido buscando resquicios para imaginar.

P.- ¿Y ocurre lo mismo con los personajes y sus diálogos? Porque todos los que aparecen citados con nombre propio son reales: los capitanes Galán, García Hernández y Sediles, Antonio Beltrán “el Esquinazau”, Alfonso “El Relojero”…

R.- Hay algunos diálogos tomados de un libro escrito precisamente por Salvador Sediles, titulado Voy a decir la verdad. Aunque sea una visión muy personal, las conversaciones que mantiene con sus compañeros de armas me parecen muy interesantes y ayudan a dibujar los personajes, con sus dudas y hasta sus registros lingüísticos. La mayor parte de los diálogos de la novela, sin embargo, son recreaciones.

A mí siempre me ha gustado mucho preguntar, he podido entrevistar a personas muy diversas y tengo la sensación de estar siempre alerta, cazando expresiones, frases hechas, sentencias de esas con las que acostumbramos en el Pirineo a cerrar las conversaciones, con ese punto somarda tan difícil de explicar. En ese sentido, más de una vez he reproducido frases que oía en casa, a mi familia, en una especie de homenaje a ese registro coloquial tan rico.

“He intentado buscar un nuevo punto de vista y centrarme en aspectos menos conocidos o personajes que han pasado más desapercibidos para contar una historia que tuviera la sublevación como telón de fondo”

P.- Vuelvo a otra de tus publicaciones. Al comienzo del librito Variaciones sobre un mismo tema (Papeles Abiertos-Librería General, 2006) cuentas, en una conversación en el despacho de Juan Lacasa, que cuando ocurrieron los hechos del 12 de diciembre de 1930, él se encontraba en Alemania y que ahí se enteró de los fusilamientos de Galán y García Hernández antes de que lo hiciera su familia. Curiosamente, en la novela que ahora publicas recurres de nuevo a aquel episodio, al viaje a Alemania del que más tarde sería alcalde de Jaca. ¿Es una mera puesta en escena?

R.- El libro del que hablas es el germen, al menos en su planteamiento, de esta novela. Y cuando buscaba en qué fecha empezar a contar recordé aquella entrevista con Juan Lacasa y me tropecé luego con una noticia en La Unión donde informaban del viaje del joven Juan Lacasa y su primo Generoso. Se produjo a finales de octubre de 1930 y fue la excusa perfecta para poner en marcha la narración, con un personaje que acude a la estación a buscar algo que trae el Canfranero desde Zaragoza, antes de seguir rumbo a Francia, ya con los primos Lacasa como pasajeros.

P.- Antonio, que es ese personaje que citas, es el repartidor de los periódicos que en aquella época llegaban en el tren: La Voz, El Debate, El Socialista, La Vanguardia, La Libertad, El Sol, El Imparcial, ABC… De esta manera, compones el mosaico ideológico y social que había en Jaca en aquellos momentos. ¿Cómo era la ciudad desde esa perspectiva en las vísperas de la insurrección?

R.- Antonio es precisamente el que va a recoger la prensa que llega de las capitales y se dedica a repartirla. Es una persona real, hablé con él cuando investigaba para mi estudio sobre la II República y me contó un montón de historietas ligadas precisamente a ese reparto de los periódicos, algunas irreproducibles por ese punto de picardía que tenía para explicarlas.

Es difícil describir cómo era Jaca en tan poco espacio pero en la sublevación confluyen algunas de las aparentes paradojas que se vivían en la sociedad de la época: una plaza militar con tres cuarteles en la que sin embargo había muchos oficiales deseosos de darle carpetazo al régimen monárquico y la dictadura que llevaba aparejada; una sociedad agraria con un analfabetismo todavía elevado en la que los obreros se organizaban para enseñar a leer y se asociaban en torno a actividades culturales; era una ciudad en la que la Iglesia tenía un peso notable (como ironizaba Baroja en la novela que dedicó a este episodio) y que ejercía de cabeza de una comarca con muchos pueblos que entonces estaban por encima de los 2.000 habitantes. Era una ciudad de provincias con aspiración de ser algo más, en la que se editaban varios periódicos, había un teatro en el que también se pasaban películas cada semana, había varias agrupaciones musicales y en la que, por lo que se puede leer en la prensa local, latía esa pugna entre unos estamentos que deseaban mantener sus privilegios y una incipiente clase obrera que aspiraba a más. Creo que es así como Jaca aparece retratada en la novela y así es como la presentaban los periodistas que vinieron desde toda España a cubrir la insurrección y los juicios posteriores de marzo de 1931.

P.- Y luego estaban los centros y establecimientos de ocio que frecuentaban unos y otros: los casinos, El Fado, La Alegría, los bares de Laín y de la Cazoleta…

R.- Nuestros vecinos de hace casi un siglo se movían como nosotros ahora, en función de sus intereses, de sus amistades, de los lugares con los que se identificaban. Para conocer el ocio en Jaca (y prácticamente toda la actividad económica) muy útil acudir a la matrícula anual de la contribución industrial, donde aparecen documentadas la dirección, las características del negocio, el titular… Está la imprenta histórica de este mismo periódico que estamos leyendo, el bar de Laín, los diferentes casinos, el hotel París, una fábrica de lejía o una pescadería. Es como un plano de esos turísticos que tenemos ahora con numeritos marcando cada establecimiento y a partir de ahí, cruzando con otras fuentes, se ve que los militares se reunían en el llamado “casino de los ricos”, que los soldados de fuera acudían al bar de La Cazoleta, que el bar de Laín era uno de los que servían de punto de reunión a los parroquianos de izquierdas, que la gente joven iba a bailar a El Fado…

P.- Los espacios y lugares donde ocurrieron los hechos narrados no son un mero decorado, sino que adquieren la categoría de ‘personajes’, es como si tuvieran vida propia. ¿Es esa la intención?

R.- Sí, desde el primer momento. Me planteé una fórmula que me gustó mucho hace años, cuando leí La vida, instrucciones de uso, de Georges Pérec. Esta novela narra el día a día en un edificio parisino y cada capítulo está dedicado a un piso, lo que permite conocer a sus moradores, ver cómo se relacionan los vecinos, descubrir qué secretos hay en la escalera y, en definitiva, deambular por el edificio e ir encontrándose con la vida que alberga.

Por eso en esta novela los capítulos son direcciones, con el nombre de la calle y el número. Porque, en lugar de un edificio de París, estamos en una ciudad del norte de Aragón, donde las diferentes localizaciones dicen mucho de sus habitantes y acaban convirtiéndose, como dices tú, en verdaderos personajes.

P.- Uno de esos espacios era la tienda de Alfonso “El Relojero”, donde se celebraban algunas de las reuniones clandestinas para preparar la insurrección. Curiosamente, los días en los que iban a tener lugar esos encuentros, todos los relojes del escaparate marcaban la misma hora…

R.- Esto es algo anecdótico, que aparece de pasada en mi relato, pero que a todo el mundo le llamó la atención en su momento, cuando se descubrió la estratagema que utilizaban los conspiradores para fijar sus citas en la relojería. Se habló mucho en la prensa de la época, aparecía en el sumario y es un detalle que todo el mundo recuerda cuando se habla de la implicación del Alfonso Rodríguez y de otros civiles, que para más inri tenía su tienda en los bajos del edificio donde vivía la máxima autoridad de los carabineros.

P.- Nuestro buen amigo Pedro Pérez, de la Librería General, propone que, al igual que existen rutas para dar a conocer el románico, los edificios modernistas, los pueblos, se podría impulsar una que discurriera por los lugares relacionados con la sublevación. ¿Qué te parece la idea?

R.- En cierto modo concebí la novela como un encadenado de travellings, ya desde la primera página, cuando Antonio recoge los periódicos en la estación y los va repartiendo por Jaca. Tengo la sensación de que en la novela los personajes pasan mucho frío y caminan mucho, tiene algo de paseo, aunque sea en circunstancias complicadas.

Por eso, la propuesta de Pedro Pérez de conocer Jaca siguiendo la estela de los acontecimientos del 12 de diciembre me parece muy buena idea. Hace algunos años, cuando editaron el libro con fotografías de Alfonso tomadas en aquellos días, los responsables de Pirineum plantearon una iniciativa similar, aunque de manera virtual y que todavía puede verse en su web.

El problema que habría que afrontar al trazar este recorrido en la actualidad es que hay lugares emblemáticos que ya no existen. La última vez que estuve en Jaca hice varias veces los recorridos que se relatan, porque quería comprobar si algunas descripciones de los lugares eran así o me las había imaginado “demasiado” desde la distancia. Estaba tan imbuido de la Jaca de hace 90 años que echaba en falta la plazoleta que debía de haber delante del cuartel de los Estudios, los descampados que había por encima del Campo del Toro o la desaparecida imprenta de Abad.

También es cierto que la Ciudadela, el cuartel de la Victoria, la calle Mayor, los hoteles Mur, La Paz y París, los porches siguen casi como entonces.

No cabe duda de que sería una buena manera de viajar en el tiempo.

P.- El 12D y la guerra civil han sido hasta no hace muchos años temas de los que apenas se hablaba en público, bien por miedo o, como se decía, “por no abrir heridas”. ¿Cómo estamos actualmente? ¿Crees que se ha alcanzado cierta normalidad?

R.- Es difícil hablar de normalización cuando ahora se plantean revisiones que pretenden igualar a los que se alzaron contra un gobierno democrático y a los que se dedicaron a defenderlo. Hay frases que suenan muy bien, del tipo “es una guerra en que perdimos todos”, pero que tienden a difuminar el origen de todo.

En este sentido, creo que lo que ocurrió en Jaca es bastante significativo. Su papel en la sublevación (aunque fuera fallido en primera instancia) granjeó unas simpatías que la convirtieron en un símbolo del periodo republicano. Y eso envalentonó a la población más comprometida con el republicanismo, sobre todo de izquierdas, que se manifestó sin miedo y se comprometió en público, incluso haciendo ostentación de sus ideas, fotografiándose sin complejos en una manifestación o postulándose para ir en una lista democrática.

Haberse “significado” tanto (como decían con temor nuestros mayores) resultó fatal para muchos de ellos y en los primeros días de la guerra fueron asesinados sin remilgos. Eso generó un temor que nuestra generación todavía vivió en forma de silencios, de palabras prohibidas, de miedo a hablar de según qué o según quién. Poco a poco nos lo hemos podido quitar de encima y hemos investigado, aunque haya todavía muchos documentos de difícil acceso. Ahora el riesgo es el de la desmemoria, me temo.

“Galán llegó a Jaca como una especie de castigo, a una guarnición de provincias alejada de los centros de poder. Pero es verdad que tejió complicidades con la población civil y con otros militares que, como él, querían que las cosas cambiasen”

P.- Galán era un militar que antes de la insurrección del 12D ya era sospechoso por sus andanzas revolucionarias. ¿De haber estado destinado en otro lugar distinto a Jaca, crees que hubiera obrado igual o influyó también que aquí encontrara un amplio apoyo por parte de la sociedad civil?

R.- La figura de Galán es muy interesante, sin pretender caer en la hagiografía. Después de participar en la guerra de Marruecos y de ser herido, vuelve a la península para restablecerse y publica una novela que denuncia lo que había visto ahí. Era difícil esconder las arbitrariedades y corrupciones que se dieron en aquellas campañas africanas. Hay otros autores como Ramón J. Sender o Arturo Barea que escribieron unas novelas de gran calidad literaria y alto valor informativo denunciando situaciones muy similares. Ese afán “revolucionario” de Galán (como lo califican despectivamente algunos autores) también puede mostrar a un militar comprometido con la democracia que quería romper con algunas tradiciones asentadas. Y ese compromiso vuelve a manifestarse en su participación en la llamada “Sanjuanada”, un levantamiento en 1926 contra la dictadura de Primo de Rivera que fracasó y terminó con él encarcelado en Montjuïc. Cumplió más de tres años de condena y poco después de ser amnistiado recaló en Jaca, donde enseguida activa sus contactos y se integra en otra llamada a la acción. A Jaca llegó como una especie de castigo, a una guarnición de provincias alejada de los centros de poder. Pero es verdad que tejió complicidades con la población civil y con otros militares que, como él, querían que las cosas cambiasen. Y en pocos meses, alimentando los contactos que tenía en Madrid y Barcelona, alineado con políticos que se habían reunido en verano para acordar el Pacto de San Sebastián, encabezó la insurrección de Jaca. Un pacto que tenía conexiones de alto nivel y en el que estaban comprometidas muchas personas que luego alcanzaron altas responsabilidades cuando llegó el régimen republicano.

Dibujos de la época. Arriba, la columna republicana en su marcha a Ayerbe y Cillas. Abajo, momento en el que los capitanes Galán y García Hernández, condenados a muerte, suben al camión para ser fusilados en el Polvorín de Fornillos (Huesca) | TINEZ

P.- ¿Jaca era en esa época más, menos o tan republicana en comparación con otras ciudades españolas?

R.- No es fácil cuantificar en qué grado Jaca era más o menos republicana que otras ciudades, pero es cierto que Galán encontró una parte considerable de seguidores entre la población civil. Unos años antes ya se había organizado en Jaca una Agrupación Socialista, había un sindicalismo más o menos organizado, en parte porque la construcción de la estación de Canfranc y el tendido del ferrocarril habían movilizado a cientos de obreros, algunos venidos de capitales con un movimiento sindical consolidado.

La ciudad estaba conectada con Zaragoza, Huesca y Francia mediante el canfranero y con los pasajeros viajan las ideas. Además, había una tradición de asociacionismo que venía de siglos atrás, no solo de republicanos de izquierdas. También había defensores de la república (o críticos con la monarquía) que venían de posiciones más conservadoras. Y había muchos soldados que venían de fuera, y oficiales que, como Galán, eran trasladados a Jaca en una especie de castigo que acababa siendo tierra abonada para que se juntaran aquí varios con aspiraciones democráticas.

Hay también un elemento que distingue a Jaca de ciudades similares en población en aquella época y es la tradición periodística. En los años republicanos llegan a coexistir en Jaca tres periódicos de distinta orientación, uno de ellos abiertamente de izquierdas, muy combativo.

Hay una serie de elementos que podríamos decir que permiten que la sociedad jaquesa tenga un plus de republicanismo si la comparamos con otras localidades similares.

“Hay muchos más ejemplos en Jaca y su comarca de que se “condenó” a personas que se habían significado “demasiado” para los gustos de los que se hicieron con el poder en la ciudad, y muchos de ellos habían tenido un papel destacado en la sublevación y en los meses posteriores”

P.- La sublevación republicana es uno de los hechos históricos más relevantes de la historia contemporánea jaquesa. Puestos a conjeturar, ¿la represión que llegó a partir del 36 hubiera alcanzado cotas tan trágicas de no haber sucedido aquel episodio?

R.- Como dices, son conjeturas, pero parece clara la relación entre ambos episodios, o como decía antes, entre la sensación de libertad que trajo la República y el deseo de erradicarla, como fuera, de los que se levantaron contra ella. Hubo gente que manifestó sus ideas sin pensar que ello supondría su condena. Hay algunos casos paradigmáticos: el de Alfonso Rodríguez “El Relojero”, fusilado en 1941, terminada la guerra y por el que intercedieron hasta las monjas; el de Luis Duch Lacasa, fusilado en Rapitán a pesar de pertenecer a una familia en las antípodas del republicanismo; o el de Desideria Giménez, “La Cazoleta”, y su padre, cuyo delito fue no haber escondido sus simpatías republicanas; el de los alcaldes Julio Turrau y Julián Mur… Hay muchos más ejemplos en Jaca y su comarca de que se “condenó” a personas que se habían significado “demasiado” para los gustos de los que se hicieron con el poder en la ciudad, y muchos de ellos habían tenido un papel destacado en la sublevación y en los meses posteriores.

P.- El 12 de diciembre de 1930 todo ocurre muy rápido y en apenas unas horas, ante el desconcierto de una población que despierta sin entender nada de lo que está sucediendo. ¿Qué te sigue sorprendiendo de aquel día, de aquella mañana tan fría de diciembre?

R.- Me hubiera encantado vivir, aunque fuera solo un cuarto de hora de aquella mañana del 12 de diciembre. Y cómo me arrepiento de no haber preguntado más cosas a mis abuelos, que seguro que anduvieron por la calle Mayor aquel día. Pero yo era un crío cuando oí por primera vez algo de lo que había ocurrido y de esas cosas no se hablaba. Después, he leído un montón sobre lo que pasó, he tenido la suerte de entrevistar a personas que lo vivieron en primera línea, he visto cientos de fotos y de periódicos y me sigue llamando la atención que se produjera esa descoordinación entre los emisarios llegados de Madrid y los militares y civiles comprometidos. Más que descoordinación, que Casares Quiroga no cumpliera con su cometido y no avisara a Galán del retraso.

Eso le dio al movimiento un carácter trágico, como si estuviera condenado a fracasar de antemano, en medio de las nevadas que cayeron los días posteriores y que hacían evidente que el retraso hubiera hecho echado todo por tierra.

Me sorprende la actividad frenética que se desplegó, la implicación de tanta gente de la calle, el compromiso de muchos civiles que eligieron de qué lado ponerse a pesar del riesgo que suponía.

“Me sigue llamando la atención que se produjera esa descoordinación entre los emisarios llegados de Madrid y los militares y civiles comprometidos. Más que descoordinación, que Casares Quiroga no cumpliera con su cometido y no avisara a Galán del retraso”

P.- ¿Piensas que el episodio de Casares Quiroga, el mensajero que tenía que comunicar a Galán que el golpe se retrasaba al día 15, no fue accidental y fruto de un descuido? Como dices, es una pieza que parece que nunca ha encajado bien en la historia, al igual que los fusilamientos de Galán y García Hernández a los pocos días y sin juicio previo.

Las casualidades de la vida han querido que en las últimas semanas mantenga un contacto frecuente con el hijo de uno de los emisarios que vinieron con Casares Quiroga, para anunciar ese posible retraso. Hemos hablado sobre ello, a pesar del mutismo que mantuvo su padre sobre el tema. Ese retraso no comunicado, la llegada desde Madrid y el hecho de que prefirieran ir a dormir al hotel La Paz en lugar de acudir hasta el hotel Mur para avisar de los nuevos planes a Galán ha sido objeto de todo tipo de conjeturas. E incluso fue utilizado a posteriori como coartada.

Sobre el juicio sumarísimo y los fusilamientos inmediatos parece claro que fue un escarmiento que quería hacer patente que al régimen no le iba a temblar el pulso a la hora de frenar los intentos de derrocarlo.

 P.- Como dice uno de tus personajes, ¿fue obra de unos locos?

R.- Ni mucho menos. En la novela eso lo dice, obviamente, alguien que no muestra muchas simpatías por los sublevados. Se acaba de enterar de que los capitanes han sido fusilados y de que el movimiento ha fracasado. Resume muy bien el sentir de la sociedad jaquesa que estaba en contra y, que, tras la sorpresa inicial, deseaba que todo fuera un episodio pasajero y que todo volviera enseguida a la normalidad.

Viendo la severidad y celeridad con que fueron juzgados y fusilados los dos capitanes, atendiendo al alto nivel de conexiones que había con personalidades de todo el arco político republicano y viendo el macrojuicio que se celebró en marzo en el cuartel de la Victoria, parece claro que era mucho más que la obra de unos locos. La repercusión que tuvo en la prensa, con corresponsales de medios franceses incluso, da a entender que algo importante se estaba moviendo y que la monarquía estaba en serio peligro. Cuatro meses justos después del 12 de diciembre cayó sin apenas resistencia.

P.- ¿Cómo fueron los meses de cárcel de las personas que estuvieron implicadas en la sublevación? ¿Cuántos serían entre militares y civiles?

R.- En la novela describo algunos pasajes que nos han llegado merced al libro mencionado de Sediles, gracias a comentarios de algunos presos o por las denuncias que hicieron desde el comité de apoyo a los presos. Las condiciones fueron muy duras, en pleno invierno, con decenas de personas hacinadas en espacios muy reducidos. Había unos ochenta militares presos y más de cincuenta civiles.

Artículo que La Estampa de Madrid dedicó a los juicios de Jaca | BIBLIOTECA NACIONAL

P.- El juicio a los militares sublevados levantó mucha expectación en la prensa española y del extranjero. ¿La sentencia era la esperada?

R.- Volvió a sobrevolar el fantasma del escarmiento y, en ese sentido, la condena a muerte de Sediles fue una nueva muestra de una aplicación rigurosa del ordenamiento. La rápida reacción de la población civil, la movilización en toda España de los colectivos y asociaciones más diversos y el temor del Gobierno a ser todavía más cuestionado hicieron que en cuestión de horas la pena de muerte fuera conmutada por reclusión perpetua. No obstante, las sentencias fueron muy duras y los numerosos condenados fueron enviados a penales militares en Figueres, Mahón o las Chafarinas.

“Viendo la severidad y celeridad con que fueron juzgados y fusilados los dos capitanes, atendiendo al alto nivel de conexiones que había con personalidades de todo el arco político republicano y viendo el macrojuicio que se celebró en marzo en el cuartel de la Victoria, parece claro que era mucho más que la obra de unos locos”

P.- ¿El indulto al capitán Sediles fue quizás el mayor triunfo de los republicanos?

R.- Fue un triunfo de la sociedad civil, incluidos los republicanos. La movilización fue impresionante, incluso el ayuntamiento se vio arrastrado a enviar un telegrama cada media hora solicitando el indulto al gobierno. La Comisión Pro-Presos hizo una labor fundamental durante todos los meses que mediaron entre el fracaso de la sublevación y el juicio. Y desde el momento en el que se anunció la condena a muerte, las reacciones fueron clamorosas en toda España. En Jaca hubo una huelga general, los ciudadanos colapsaron la oficina de Telégrafos para exigir el indulto y, a tenor de lo que explica la prensa de la época, esa movilización fue inmediata, de una punta a la otra del país.

El capitán Salvador Sediles, tras ser condenado a muerte, espera entre rejas el cumplimiento de la pena. Posteriormente sería indultado por la respuesta popular surgida en España. | ARCHIVO

P.- Incluso estuvo Pío Baroja, que más tarde escribiría una novela ambientada en aquellos días y que reconstruye muy bien cómo era la ciudad y sus gentes en aquel entonces…

R.- En mi novela Baroja aparece como personaje, acompañado de Andrés Ruiz, “Calpe”, el periodista de Heraldo de Aragón que le hizo de cicerone. Recreo una visita que debió de hacer al “casino de los ricos” porque lo describe con precisión en un pasaje de su novela El cabo de las tormentas, que situó parcialmente en Jaca y en los días de la sublevación. Hay varias descripciones muy jugosas a partir de lo que vio en Jaca en las pocas horas que estuvo. Le llamó la atención que una funeraria se llamara “El Paraíso”, ironizó con la abundante presencia religiosa, con lo anticlerical que él era; pasó por el bar de “La Cazoleta” e incorporó la ciudad de Jaca a una de sus novelas menos conocidas, pero de gran interés para los lectores de la ciudad.

P.- En el caso de Jaca, ¿cómo influyeron aquellos hechos en las elecciones del 12 de abril de 1931 y en el fortalecimiento de la Agrupación Socialista?

La candidatura republicana obtuvo más de 300 votos, y eso que los numerosos presos no pudieron votar. Ningún candidato monárquico sumó 70 votos. Parece evidente que la movilización que se produjo en las semanas previas a las elecciones municipales (y que coincidió con la sentencia del juicio, el indulto a Sediles y la marcha de los condenados a los distintos destinos carcelarios) propició ese apoyo masivo a los republicanos, muchos de los cuales habían tenido un protagonismo destacado en esas semanas de incertidumbre.

Funeral de Antonio Ara, uno de los fundadores de la Agrupación Socialista de Jaca, que falleció el 16 de marzo de 1931. Participó en la sublevación republicana |Fotografía cedida por la familia a Esteban Gómez y facilitada por E. Vicién

P.- ¿Sigues investigando sobre el 12 de diciembre de 1930? ¿Ha habido hallazgos interesantes tras las publicaciones que se realizaron a finales de los noventa?

R.- Creo que la gran investigación sobre la sublevación la hizo Esteban Gómez, dedicó muchos años y mucho esfuerzo y dejó pocos flecos sueltos, por no decir ninguno. Antes te comentaba que contacté con el hijo de uno de los emisarios que acompañaron a Casares Quiroga y me propuso revisar material relacionado con Jaca que había encontrado en el archivo de su padre. Como él vive en Madrid y yo en Barcelona, no hemos tenido ocasión de vernos por culpa de las dificultades para viajar que hay ahora mismo. No creo que pueda haber mucha información verdaderamente novedosa, pero siempre hay detalles en los que seguir buceando.

P.- ¿Hay margen para ello? ¿Hacia dónde habría que orientar las investigaciones?

R.- A mí me gustaría encontrar más ejemplares de un periódico que se llamó Jaca o Jaca 12 de diciembre, que también sale en la novela. Ha habido alguna persona que me ha dicho que ha visto una colección entera, pero yo no he logrado leer más que cuatro o cinco números sueltos y son verdaderamente interesantes, porque muestran lo que El Pirineo Aragonéso La Unión no enseñan, que es ese periodismo más popular, beligerante, combativo. No sé dónde buscar, he rastreado el fondo de la hemeroteca digital de la Biblioteca Nacional pero no ha habido manera. Y en su momento miré en varios archivos catalanes, en los que hay prensa obrera de procedencia muy variada, y tampoco encontré nada.

P.- Los sucesos del 12D que aparecen en la novela se concatenan con la vida de Juan Martínez, un personaje barcelonés que aporta cierto halo de misterio a la trama. Sin desvelar nada al respecto, ¿por qué su inclusión en la historia?

R.- Es difícil explicar algo sin hacer “spoiler”, pero Juan Martínez es un personaje real y en la novela es la única ocasión en la que la narración sale de Jaca. Hace mucho tiempo me fijé en un detalle de algo relacionado con la sublevación (que no puedo desvelar para no estropear la lectura de la novela) y he ido tirando del hilo para imaginarme varias situaciones que muestran su relación con la sublevación.

La república que madrugo

Portada del libro editado por Doce Robles

Otoño de 1930. Cualquier jacetano observador sabe que en los cuarteles de la ciudad se está preparando algo extraordinario. Al capitán Fermín Galán y a sus compañeros les llaman “los comuneros”, porque se alejan de los círculos militares y prefieren la compañía de ciudadanos que anhelan, como ellos, un cambio drástico y rápido de la democracia. En la madrugada del 12 de diciembre, los sueños republicanos se hacen realidad. Al menos durante unas dramáticas, tensas y apasionantes horas.

La república que madrugo, del escritor y editor jacetano Enrique Vicién Mañé, recrea con sorprendente minuciosidad y rigor esas horas en el que el país entero se detuvo para comprobar si la aventura republicana de Fermín Galán, Ángel García Hernández, Salvador Sediles, Miguel Gallo, Julián Bórdelas y Antonio Beltrán “El Esquinazau”, entre oros, tenía éxito. Ocurrió hace noventa años. En la novela, el autor convierte a Jaca y sus vecinos en los grandes protagonistas de una acción que pasó a la Historia.

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